Ser o no ser
El viejo dilema. Una de las razones que hacen de Koljós una novela excepcional, entre muchas otras, es que entrega insumos valiosos para entender el dilema de Rusia. ¿Cuál de todos? El de siempre, el que atraviesa varios siglos de su historia: alinearse con el Occidente modernizador —como parecía posible hace 20 años, cuando el Kremlin coqueteaba con Europa— o atender al atávico llamado eslavófilo, que concibe al país atrincherado y de cara a Oriente.
Lo asombroso no es que sean caminos completamente divergentes. Lo asombroso es que la opción se repita en Rusia una y otra vez. La vivió Pedro el Grande, la vivió Catalina y la vivieron los últimos zares. Después, la revolución bolchevique canceló todo atisbo de apertura. El dilema también alineó a Tolstói y Dostoievski, que apelaron —como santones— al alma de la Rusia campesina, mientras Turguénev, en cambio, desde la Costa Azul se la jugaba por la occidentalización. Más recientemente, hubo años en que Putin se puso una máscara europea, hasta que, con la invasión a Ucrania, se la sacó.
El conflicto de las dos almas de Rusia está muy presente en el libro de Carrère. Su madre, historiadora y experta en asuntos rusos, siempre creyó que la facción modernizadora iba a triunfar, que el país, de alguna manera, iba a llegar a la democracia. Ciertamente se equivocó. Lo de los últimos años es una franca regresión autoritaria, aunque en esta trenza nadie puede estar seguro de tener la última palabra. Si bien Koljós orilla los bordes de la identidad rusa, en lo básico es un emocionado tributo a la figura potente de la madre —irrigado por el cariño, pero también por la crítica de un hijo que muchas veces la contradijo— y un rescate de la figura bastante menos glamorosa, más secundaria, del padre. La madre siempre estuvo en la luz; el padre, en las sombras.
“La desgracia y la infelicidad —ha dicho Carrère— forman parte de una cierta autorrepresentación rusa, según la cual cuanto más infeliz seas, más ruso eres. Esto explica los sentimientos muy ambivalentes de los rusos hacia Europa”: temor, envidia y desprecio simultáneamente.
Muy cool. De El drama, que actualmente está en los cines, el espectador no sale creyendo haber visto gran cosa, pero sí de haberse entretenido un buen rato. La cinta, dirigida por un cineasta nórdico en Estados Unidos, está construida sobre una premisa que no falla: todo lo que puede salir mal debe —por ley de la fatalidad— terminar en desastre. De otro modo, no habría película.
Descontada esta arbitrariedad, el relato se defiende con su mirada urbana a una pareja cool, estilosa y modernilla; con su fotografía de Boston, y con apuntes generacionales sobre bares, cafés y celebraciones. Hay una buena actuación de Robert Pattinson y, más que una actuación, una presencia de Zendaya, un rostro que quizá con el tiempo llegue a merecer su fama. Obviamente, en el relato nada es casual y todo está al servicio de un efectismo patológico. Pero, al menos, queda la tranquilidad de que aquí no hay fantasmas ni distopías, y de que los personajes no sacarán pistolas ni se pondrán a volar. En estos tiempos, no es poco y se agradece.
Multiculturalismo. El conjunto de ensayos de sir Roger Scruton reunidos en Defensa del Estado nacional (recién publicado por editorial Katankura; 147 pp, con prólogo de Miguel Orellana Benado, alumno de Scruton en la Universidad de Londres) es un severo ajuste de cuentas con la noción, aparentemente inofensiva, de “multiculturalismo”. Para Scruton, filósofo y ensayista conservador británico, muerto a comienzos de 2020, el concepto envuelve un esfuerzo por pluralizar lo que en rigor es estrictamente individual: nuestra identidad como seres sociales.
Elegir valores o culturas como quien escoge manzanas en la frutería es, precisamente, no tener cultura ni valores. Es, según él, tener un concepto errado de la tolerancia. Tolerante no es quien piensa que todo vale y nada importa, sino quien soporta lo que desaprueba para evitar el conflicto civil. Para Scruton, la tolerancia se ha desgastado porque —a su juicio— no hay nada más intolerante que el multiculturalismo que se dice tolerante.
Sorpresa. Vaya novedad: a pesar de ser una cinta latinoamericana, no es una cinta gimotera ni victimista, y tampoco de reivindicación de minorías. La colombiana Un poeta pone el foco en un personaje capturado por la poesía, que podrá ser una calamidad como hijo y como trabajador y, no obstante, resulta entrañable y dueño de una dignidad infinita.
La cinta tiene una mirada satírica sobre el poeta y su mundo: su decisión de hacer clases en un colegio y de estimular a una chica —que no muestra ningún interés por la poesía— a que cultive el talento lírico que él cree ver en ella. Aunque hacia el final el relato decae y se descentra, por así decirlo, Un poeta es mucho más de lo que uno espera (y teme). Protagonizada por Óscar Restrepo y dirigida por Simón Mesa Soto —que acaba de estrenarse en España—, obtuvo reconocimientos en Una Cierta Mirada de Cannes y en San Sebastián. Es más que recomendable.
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