Por Giorgio JacksonGato por liebre

“Sé que habrá voces que digan que este proyecto favorece… (traga saliva) a los que más tienen. Esa objeción no resiste los datos”.
Así respondió el Presidente Kast, en cadena nacional, al presentar su proyecto de Reconstrucción Nacional. El momento performático merece dos comentarios. Uno sobre el gesto y otro sobre los datos. Del gesto, cada quien con sus nervios, pero ciertamente no transmitió la seguridad y firmeza por la que millones de chilenos se inclinaron a su favor en la segunda vuelta presidencial. De los datos, lo único que se puede aseverar es que dicen exactamente lo contrario de lo que el presidente afirma.
Partamos por el nombre. Reconstrucción Nacional, que más allá de su referencia al documento elaborado en 1974 por la junta militar tras el primer año de dictadura, evoca la urgencia que viven las familias damnificadas, las zonas arrasadas y los barrios por levantar. Cuestiones transversales en las que probablemente conseguirá 100% de unanimidad en el Congreso.
Pero la mayor parte del articulado no tiene relación alguna con los incendios o la reconstrucción. Siguiendo las lógicas legislativas de Milei y de Trump, bajo un mismo paraguas que genera empatía social se incorporaron la reducción del impuesto corporativo a las grandes empresas, la reintegración del sistema tributario, una norma de invariabilidad que amarra las manos a los próximos cuatro gobiernos, la rebaja al impuesto a las herencias para quienes más tienen, la exención de contribuciones a los grandes patrimonios —desfinanciando a los municipios que más lo necesitan— y una nueva ventana de repatriación de capitales con tasa más baja que la que pagaron quienes declararon hace apenas dos años. Una serie de reformas tributarias estructurales dentro de un proyecto que lleva el nombre de emergencia y sufrimiento humano. Acá es bueno aclarar que todos queremos reconstrucción, pero no gato por liebre.
¿Y los datos? Lo primero es que cerca de cuatro de cada cinco pesos que deja de recaudar esta reforma van a ser devueltos a los bolsillos del 1% más rico de la población. Lo segundo es que no hay evidencia en el mundo que respalde la tesis de que el aumento de crecimiento producto de una rebaja de impuestos compensará la recaudación fiscal. Lo tercero es que el subsidio al trabajo propuesto no garantiza la creación de empleo, porque está dirigido a subvencionar la planilla del “stock” actual de trabajadores, y no a fomentar la creación de nuevos puestos de trabajo. El resultado: cada uno de los 1.500 contribuyentes de mayores ingresos del país recibirá, en promedio, beneficios anuales superiores a 400 millones de pesos, un regalo sin ningún tipo de justificación y que no garantiza la creación de ni un solo empleo.
Mientras tanto, más de la mitad del país verá anualmente beneficios inferiores a un almuerzo de la Junaeb. A sólo meses de conocer las históricas cifras de inversión en el país durante 2025 —lo que indica que no son precisamente incentivos tributarios los que le hacen falta a nuestra economía—, estamos ante la presencia de la reforma tributaria más regresiva desde la implantada en plena dictadura. Esos son los datos.
Cada peso que se deja de recaudar es un peso que se deja de invertir en otra cosa y que nos aleja aún más del balance fiscal. Con los cerca de 3.500 millones de dólares que este proyecto regala cada año al 1% más rico de nuestro país a cambio de absolutamente nada, Chile podría financiar cerca de 45.000 viviendas sociales adicionales a lo que viene realizando el Minvu regularmente cada año. Esa es la magnitud del intercambio. La posibilidad de terminar dentro de la próxima década con el déficit de viviendas o regalarles miles de millones de dólares a quienes tienen tanto dinero que no serían capaces de gastar los ingresos que generan en un año.
Esto no es una discusión teórica sobre si en 20 años más esto tendrá potencial retorno, sino una decisión política sobre prioridades del Chile de hoy. El Presidente Kast sabe que los datos que no mostró, pero que invocó para intentar cerrar el debate, sencillamente no existen. Y ocupar a las víctimas del incendio para pasar un gato por liebre de estas magnitudes, en cadena nacional, seguro que a cualquiera lo haría ponerse nervioso y tragar saliva.
Por Giorgio Jackson, ex ministro de Desarrollo Social.
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