Sobriedad y prudencia



Por Gloria de la Fuente, presidenta Fundación Chile 21

No tuve la suerte de conocer a la señora Ángela Jeria, apenas la vi en algunas actividades políticas y, probablemente como a muchos, siempre me llamó la atención cierta luz propia que denotaba un estilo sobrio y comprometido. Más allá de ser la madre de la expresidenta Michelle Bachelet, era ella, Ángela, un testimonio de resiliencia, de coraje y valor para las muchas mujeres que somos jefas de hogar, a las cuales la vida las pone a veces en circunstancias extraordinarias.

No quiero hacer de esta columna un homenaje más de los muchos que merecidamente circulan por estos días, me parecería una verdadera imprudencia. Al revés, quisiera destacar los valores que ella encarnó y que se hacen más necesarios que nunca en política. En momentos donde lo que más se necesita es prudencia y sobriedad, porque estamos en una situación sanitaria, económica y social que nos obliga a aquello, abundan a ratos -y ya lo vimos también después del estallido social- las acciones y las voces que ocupan la estridencia como una forma de ganar atención, aplausos o, simplemente, desde la irracionalidad, no medir adecuadamente las consecuencias de sus acciones o palabras.

La política tiene mucho de gestualidad, no es solo lo que se dice, es también lo que se hace. Probablemente en ello consiste la más dura crítica en torno a la política hoy por hoy y, en general, la crisis que enfrentan las democracias representativas en el mundo. Muchos representantes, lejos de ser del y para el pueblo (ocupando la célebre frase del presidente norteamericano Abraham Lincoln), utilizan el poder para la defensa de ciertos privilegios de clase o de élite. Esa tendencia se profundiza en algunos casos cuando los contrapesos institucionales son débiles y los controles ciudadanos escasos y así, como señalan Levitsky y Ziblatt, es que mueren las democracias.

No se requiere demasiada agudeza analítica para entender que lo antes descrito es uno de los principales desafíos que enfrentará nuestro sistema político en el futuro. Al proceso constituyente que probablemente se iniciará en octubre, le seguirá en 2021 un superciclo electoral donde se renovará parte importante de la dirigencia política en las comunas y en el Parlamento (ante el impedimento de la reelección indefinida), desafío que culminará con la elección presidencial del año que sigue. En muchos casos, la compulsión natural después de un estallido social y de una larga crisis como la que nos dejará la pandemia, será apostar al populismo, aquel que ofrece soluciones simples a temas complejos, que horada las instituciones y que instala una lógica discursiva  de élite corrupta versus pueblo virtuoso, aprovechando los padecimientos de una ciudadanía golpeada por la crisis y la desilusión.

Gobernar el caos y el descrédito es un imperativo para los políticos, ya que el 2021 marcará una circunstancia extraordinaria para el país en las próximas décadas, lleno de eventos electorales de por sí polarizantes. Frente a actores que intentarán ofrecer “el oro y el moro” para ganar, es preciso apostar por la prudencia y la sobriedad de un país que verá un retroceso social y económico nunca visto por esta generación, donde los que perderán serán los mismos de siempre.

Proteger derechos fundamentales debiera ser el sello de la generación que tendrá que liderar el mundo pospandemia. Esto requiere un compromiso férreo con la justicia y la democracia, donde el poder es sólo un instrumento, no un fin en sí mismo. Donde la revancha tras el dolor no sea lo que inspire nuestras acciones, sino que lo que nos mueva en la lucha a construir un país mejor. Si hay algo que aprender del legado de doña Ángela y de muchos que se han comprometido en la misma senda es precisamente eso.

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