Opinión

Un legado enorme

ANDRES PINA/ATON CHILE

Les ha dado por hablar de “legado”. Pero aquellos evidentes no necesitan ser machacados día tras día, se aprecian a simple vista. Menos convincente es la vaguedad: Chile hoy está “mejor” que como lo recibimos. Provoca comentarios sarcásticos. Claro, está mejor que como lo dejaron ustedes luego de avalar la violencia del estallido, el intento de destitución del Presidente Piñera y el boicot a toda su acción durante el Covid, la crisis fiscal e inflación derivadas de la promoción de retiros de discutible constitucionalidad y de presionar por mayor gasto público. Y por cierto, mejor gracias a que perdieron el plebiscito porque de aprobarse su delirante propuesta constitucional, el país estaría en la UTI.

Algunos pueden alegar que el legado es cercano a cero comparado con los propósitos refundacionales proclamados al asumir el gobierno. Pero creo injusto decir que estos años no han dejado legado alguno. Hay uno enorme, político y cultural.

Durante decenios la sociedad chilena fue definida como culturalmente “progre”. La derecha arrastraba como penitente su pasado dictatorial. Bastaba decir “¡derecha!” para que se entendiera eso como acusación y no como descripción de postura política. Se daba por descontado un apoyo electoral mayoritario a lo que se llamó “centroizquierda”, abarcando todo lo que no cabía bajo el estigma de ser derecha. Incluso Sebastián Piñera, único candidato triunfante de derecha antes de Kast, aliviaba lastres con pasado y familia DC, más un voto No en el plebiscito de 1988.

Guste o no, el profundo legado que hoy vivimos es que eso terminó. Quince años de mala gobernanza de izquierda, sea desde el gobierno o desde una oposición inmisericorde a Piñera, empujaron a las mayorías hacia la única alternativa que quedaba: la derecha. No es que la mayoría se derechizó, sino que buscó orden y seguridad, así como garantías de prosperidad para los suyos que sabía inseparable de crecimiento y empleo. En ambas cosas la izquierda demostró no tener respuesta real. Mientras se deslizaba más y más a la izquierda vaciando el centro, solo fue consigna estéril, promesa decepcionada u oposición vociferante. Así, una ilusión de mayorías se esfumó.

Este es el gran legado epocal de esa izquierda oficial. La sociedad y el pensamiento moderado se autonomizaron de ella. El 4/S aprendieron a optar libremente. También constataron que esa izquierda no era solvente para dar respuesta a sus anhelos concretos más demandados. Ahora, sus partidos carecen de visión compartida sobre el futuro y sobre lo obrado, mientras majaderean con la unidad de lo que fracasó, única certeza que con seguridad no les sirve. Por si fuera poco, renegada la Concertación, su derrota coincide con tiempos e historias tristes en sus más notorios referentes continentales: la Venezuela de Maduro, la Cuba de 67 años de revolución sin salida, la Nicaragua de Ortega. ¡Qué desafiante legado!

Por Óscar Guillermo Garretón, economista

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