Una capitulación de excepción

El Presidente Gabriel Boric inauguró Cesfam en Alhué.

Foto: Cristóbal Escobar / Agencia Uno.




Por Jorge Acosta, investigador del Instituto Res Publica

Hemos presenciado una derrota dolorosa para el Presidente Boric: capitular frente a su férrea convicción de no decretar el estado de excepción en La Araucanía y el Biobío. No se han cumplido 100 días desde el inicio del gobierno y ya se enumeran varias situaciones en las que el Ejecutivo ha decidido cambiar radicalmente su posición.

Cuando consistentemente empieza a parecer que las sentencias del exdiputado –vistas con ojos de hoy– serían las más ácidas contra sí mismo en el rol de Presidente, vale la pena preguntarse si esto es una mera adecuación política frente a los porfiados hechos –que merecería ser felicitada por la habilidad de saber leer el momento– o si, quizás, permite constatar que hay algo más profundo que la simple incongruencia en las convicciones.

Los temas en cuestión han sido de fondo: ahora son malos los retiros de pensiones para la economía y las personas, los ahorros previsionales son de los trabajadores y no deben ser del Estado, Wallmapu es una palabra inadecuada y poco precisa, el diálogo no es capaz –en sí mismo– de resolver todos los conflictos, se debe aplicar la Ley de Seguridad Interior cuando así se requiera, la violencia perjudica la democracia y daña a las familias irreparablemente, no existen presos políticos en Chile, se puede aplicar del estado de excepción para controlar la inmigración en el norte, así como para resguardar la seguridad en el sur o cuando se necesite.

En nueve semanas se reconoció que la propiedad –aquel resumidero de todos los males, para una amplio sector de la izquierda– es un principio tan arraigado en la ciudadanía que debe ser resguardado incluso constitucionalmente, se proclamó a la violencia como dañina para la democracia, se concedió legitimidad al Estado para resguardar el orden y la seguridad utilizando cada una de las herramientas disponibles. En suma, se abandonan aquellos pilares de inspiración revolucionaria presentes en el discurso de fondo y que se habían albergado en el corazón de muchos frenteamplistas.

Pareciera ser, entonces, que no solo estamos ante a un simple cambio de posición, sino que presenciamos una especie de capitulación ideológica de excepción –y no por lo acotada o restringida, sino por lo destacada y notable– de algunos de los principios más arraigados en esta nueva izquierda generacional.

La duda que surge ahora, pero que solo se responderá con el tiempo, es si esta rápida lección sobre los errores doctrinales que chocan con la realidad –y que también históricamente han quedado demostrados– será suficiente para que el Presidente y su base política sean capaces de evolucionar estratégicamente y no solo tácticamente, así como lo han hecho tantos otros sectores de su raigambre ideológica. Aquellos han registrado distintos niveles de éxito, pero sin duda han experimentado menos errores no forzados o, quizás, no tan dolorosos ni estridentes como los vistos hasta hoy.

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