Una sociedad sin Dios



Por Álvaro Pezoa, ingeniero comercial y Doctor en Filosofía

Una sociedad sin Dios. La fe y la religión han ido quedando confinadas a la conciencia personal individual; en el mejor de los casos, al ámbito privado de la existencia. La cultura contemporánea parece idealizar una vida social donde Dios no se manifieste, en la que Él no tenga nada que enseñar a los hombres. En esto el Occidente cristiano parece llevar la delantera. Como muestra de profundo simbolismo, ya hace años en países europeos las cruces han sido prohibidas por ley en los espacios públicos. El proceso de “dilución” de lo divino comenzó siglos atrás y ha tenido momentos deístas, laicistas, agnósticos, nihilistas, habiendo llegado a establecerse un generalizado agnosticismo práctico, transitando abiertamente hacia el ateísmo vívido. Fenómeno que afecta a amplios grupos, incluyendo a muchas personas que han sido bautizadas en una confesión determinada. Chile, donde hay predominancia católica, no ha quedado al margen de este derrotero, siendo evidentes los signos de gradual desaparición de la fe en la esfera común. A tal punto que cada vez se habla menos de ella y los creyentes paulatinamente evitan voluntariamente hacerlo. Extraño para quienes afirman confesar una creencia en la que la plenitud (la santidad) propuesta se encuentra íntimamente asociada al apostolado (testimonio y propagación) universal.

Este asunto posee variadas y hondas aristas. Entre éstas, sacar a Dios de la vida en común implica perder en ella la referencia por excelencia a lo absoluto, especialmente a la verdad y el bien. Este hecho conduce a una doble realidad. Por un lado, a que todo pueda ser considerado como relativo y, por tanto, mudable y debatible; es decir, no habría verdad ni bien que pueda alegar un carácter inmutable. Y, de otro, a que, en el afán humano por trascendencia, el vacío dejado por el absoluto divino sea llenado por sucedáneos. El mundo moderno ha conocido varios: el Estado, el mercado, el poder, la riqueza, el placer. Todavía hay una tercera consecuencia: la fe religiosa amagada por el abandono de Dios es reemplazada por una religión civil. Aquella que anima la mentada “corrección política”, esto es, los (cambiantes) absolutos que ciertas corrientes ideológicas van imponiendo en la opinión pública, no obstante, la imposibilidad teórica que, por otra parte, se arguye para sus existencias.

En fin, una sociedad que abandona a Dios (especialmente si Éste es modelo de perfección para el ser humano), queda expuesta a una serie de consecuencias muy prácticas y concretas. Es fácil validar en ella la muerte voluntariamente producida (el aborto, la eutanasia), el uso de la violencia criminal como instrumento político, el trato irrespetuoso a las personas, la mentira (difamación, fake news), corrupciones varias y más. ¿Cuánto de lo señalado es aplicable a Chile? Una posible reflexión para Semana Santa.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.