Vagones rosa: ¿segregar en vez de educar?

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FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO


Por Alejandra Sepúlveda, presidenta ejecutiva de ComunidadMujer

La primera vez que vi los llamados “vagones rosa” fue en Ciudad de México, hace una década. Al principio me pareció una medida extrema, quizás conveniente, en una capital conocida por altísimos niveles de violencia de género. Pero, a poco andar, me convencí de que no podía ser la manera de solucionar el tema de fondo: los ataques y acoso sexual que ejercen hombres contra mujeres y niñas en el espacio público.

Frente a lo que está ocurriendo en Santiago, ¿es una respuesta efectiva proponer la segregación de las mujeres en el Metro, tal como se ha discutido estos días? Claramente no y así lo refleja la evidencia internacional. Es una medida parche que no contribuye a la comprensión, prevención y erradicación del problema.

Más bien, supone aceptar socialmente las conductas violentas de algunos hombres como parte de su naturaleza, imposible de dominar y, por lo mismo, de modificar. La manifestación del “instinto” frente al cual a las mujeres no les queda más que aislarse para evitar “provocarlos” con su sola presencia. Es decir, trasladar a ellas el problema. No pues.

Es obvio que es urgente proporcionar mayores condiciones de seguridad en el transporte público y en las calles. Las propias usuarias han creado un mapa con alertas de zonas peligrosas, que ya difunden en redes sociales, por la mayor ocurrencia de estos ataques.

A más de dos años de ser promulgada, si bien la ley de Respeto Callejero fue un hito importante, es claro que se debe profundizar su aplicación. Así, urge abordar decididamente la prevención, con iniciativas que transformen las relaciones de género que sostienen la desigualdad entre mujeres y hombres. ¡Educación no sexista ya! Para erradicar el machismo que reproduce la violencia en todas sus expresiones.

No es normal que 9 de cada 10 mujeres haya experimentado situaciones de acoso en el transporte público (Mujeres en Movimiento y CAF, 2018). Tampoco lo es que un 86,7% declare que el perpetrador fue un hombre, un 8,9% que fue un grupo de hombres, y que desde los 14 años las adolescentes sean víctimas de estas situaciones (OCAC).

El año pasado, Metro recibió 129 denuncias de acoso y en 2022 ya van 33, cifras que -sabemos- no corresponden a la frecuencia del problema, pues el 34,6% de ellas no denuncia porque “no lo considera efectivo” (OCAC). ¿Desesperanza aprendida? Es que no es fácil probar ser objeto de una mirada lasciva, un agarrón o manoseo, poner en evidencia al exhibicionista, al que persigue y desiste ante el riesgo de ser descubierto, entre otras situaciones que no permiten a las mujeres hacer uso del espacio público, perdiendo un derecho fundamental.

Ya es momento de que sean los hombres quienes levanten la voz y condenen la violencia de género que ejercen sus pares. Necesitamos oírlos claramente. Porque si la otra mitad no hace nada, difícilmente llegaremos a un cambio cultural sustancial que devuelva a las mujeres la libertad de circular sin miedo.

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