Valiosa actitud en materia educacional

El hecho de que el ministro de Educación haya reconocido que fue un error el cierre prolongado de los colegios es una señal positiva, que releva la importancia de saber corregir una postura cuando la evidencia así lo indica.



Es valorable que el ministro de Educación haya reconocido que fue un error haber mantenido cerrados los colegios durante dos años, porque además de asentar un diagnóstico que ya resulta inequívoco -el grave daño socioemocional que ha provocado en muchos alumnos la ausencia de clases presenciales-, supone también una actitud abierta a la crítica y con disposición a rectificar cuando la evidencia así lo exige.

La autoridad formuló estos comentarios a raíz de los múltiples casos de violencia escolar que se han observado este año, donde una de las variables que podría estar incidiendo en ello es la pérdida de socialización. Hizo presente que mientras en lugares de Latinoamérica los colegios permanecieron cerrados por más de 70 semanas -fue el caso de Chile-, en Europa y otras regiones la restricción osciló entre 35 y 40 semanas.

Resulta positivo que a nivel de gobierno ahora parezca existir mayor conciencia sobre el daño que supone el prolongado cierre de colegios, algo que aunque parezca en este momento evidente, es un hecho que en el pasado reciente no fue así. El propio ministro, antes de asumir, puso en entredicho la posibilidad de un pronto retorno a clases, y fue el entonces presidente electo Gabriel Boric quien rectificó e hizo ver que las escuelas serían las primeras en abrir y las últimas en cerrar, línea que desde entonces ha sido defendida por el actual ministro.

Cabe no perder de vista que parlamentarios del actual oficialismo impulsaron una insólita acusación constitucional -que no logró prosperar- en contra del anterior ministro de Educación, precisamente cuestionando los intentos de la autoridad por el pronto regreso a clases. En ello había una clara connivencia con el Colegio de Profesores, que ha sido un duro detractor de la presencialidad, y que lejos de defender el derecho a la educación de los estudiantes, privilegió visiones ideológicas y cortoplacistas. Como era de suponer, el gremio salió al paso de las aseveraciones que ha hecho el actual ministro, insistiendo que las condiciones de la pandemia justificaron estos largos cierres.

A partir del reconocimiento que ha hecho la actual autoridad, hay interesantes lecciones que desde ya se pueden extraer. Por de pronto, cabe esperar que en el futuro -y sobre todo considerando que la pandemia aún está lejos de haber concluido- se asiente como política educacional que la presencialidad ha de ser la regla, y los cierres de colegios sean solo en caso extremo. La coalición oficialista, por su parte, haría bien en tomar este ejemplo y valorar la importancia de saber escuchar distintas opiniones tal de enmendar el rumbo cuando la realidad así lo exige -en esa línea, sería importante que se reconociera la improcedencia de la acusación constitucional contra el anterior ministro de Educación. Sobre todo para un gobierno que recién está partiendo, y que ha de enfrentar escenarios desafiantes, una actitud bien dispuesta a corregir sería una buena señal, algo que en todo caso la clase política en general haría bien en emular.

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