Valparaíso seguirá siendo Valpo

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Así se veía la Calle Simpsons en Valparaíso durante las lluvias. AGENCIA UNO



Los problemas de la centralización de Chile son variopintos. Lo que normalmente cualquier chileno advierte es el desigual desarrollo urbano y tecnológico de cierta parte de Santiago respecto del resto del país. Sanhattan, 6 líneas de Metro, modernas autopistas subterráneas, transporte público de estándar mundial, barrios bien cuidados, un centro histórico debidamente restaurado, parques, ciclovías y la mayoría de las chocherías dignas de una capital del primer mundo, que contrastan brutalmente con las pobretonas y maltraídas capitales regionales. Culturalmente, estas diferencias se agudizan cuando las joyas regionales se pretenden museo o parque de ecoturismo de la élite santiaguina. Esto es lo que acertadamente advierte Iván Poduje en una columna titulada "Valpo está matando Valparaíso" publicada hace algunos días. Con todo, me parece que el problema de fondo es más complejo de lo que advierte el urbanista.

Desde una perspectiva institucionalista, las democracias modernas se valen de un adecuado equilibrio entre sus instituciones políticas y económicas, o si se quiere, de una sana tensión entre el poder político y el económico. Dicha tensión, al tiempo que busca ampliar las libertades de asociación política y económica, limita también sus posibilidades de acción, de modo que no existan agrupaciones capaces de monopolizar el poder para utilizarlo en beneficio propio. En concreto, la tensión se traduce en la interacción de un entramado de leyes, reglamentos, códigos, costumbres y voluntades que permiten la pervivencia de un ambiente apropiado y seguro para el emprendimiento, desarrollo económico y prosperidad social.

Teniendo esto en consideración, los problemas que emanan de la descentralización convergen a una causa primordialmente institucional. Y el problema empeora cuando quienes piensan la descentralización, la entienden infantilmente como una competencia entre la capital y su respectiva región. Para el caso de Valparaíso, la caricatura de que el santiaguino pisotea al porteño.

Una parte del problema ―la más estudiada― radica en que casi todas las instituciones en Chile, políticas y económicas, están pensadas desde una perspectiva central. Por un lado, la aplicación de normas homogéneas sobre realidades heterogéneas produce, obviamente, resultados heterogéneos. Por el otro, la concentración de poder económico y político inhibe tratar las políticas públicas con mayor especificidad. Y cuando se logra, su mayoría versan sobre los problemas de la capital.

La otra parte del problema ―la ignorada por los activistas regionales― es la distensión entre el poder político y económico. Y el caso de Valparaíso en esto es paradigmático. La élite política y económica porteña ha sido durante años un consorcio de amigos preocupados primordialmente por repartirse el poder. Por un lado, los partidos tradicionales devinieron en amplias redes clientelares repartiéndose puestitos de trabajo en la administración pública y los pocos recursos que llegan a la región. Todo entre amigos, primos y nietos. Todo esto, era de esperarse, ha sido caldo de cultivo para innumerables casos de corrupción, licitaciones truchas, un sinnúmero de malversaciones de fondos públicos y administraciones más que deficientes.

Por otro lado, la deliberación política se diluyó casi al extremo: no hay tensión entre izquierda y derecha ―haga el esfuerzo de recordar la última tensión de ideas entre, por ejemplo, Lagos Weber y Chahuán―, ni discusión propiamente política: en los últimos años la única columnista estable de la sección de opinión del principal medio de comunicación es una farandulera alcaldesa. Y es que la independencia de opinión es más bien limitada. Nadie critica a nadie. Todos se felicitan. La sociedad civil en política casi no existe. Los empresarios se acostumbraron a la lógica gremial y a uno que otro proyecto de marketing social secuestrado por operadores políticos. Pero de ideas, ni hablar, y de diseño de políticas públicas, menos. El único dilema de la región parece ser el T2 y el Mall. Y para peor, no entienden por qué el Frente Amplio está acaparando casi todas las esferas de lo político.

Los problemas de Valparaíso, los problemas de la excesiva centralización del país son un problema que excede a la élite de la capital: son también causa de la incomprensión política e institucional de una élite regional acostumbrada a que no pase nada. Y mientras eso no cambie, Valparaíso seguirá siendo Valpo.

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