Violencia autodestructiva

Marcha

Un vehículo policial es incendiado durante una protesta esta semana en Santiago. Foto: Juan Farías



A excepción de un grupo minoritario de violentos que parece saber muy bien lo que hace y lo que quiere, hoy en Chile todo el mundo está improvisando: desde un Presidente de la República que decide en segundos quién será su ministro del Interior hasta los parlamentarios oportunistas que piden un juicio político contra el Mandatario o el líder empresarial iluminado que ahora se muestra dispuesto a "meter la mano en el bolsillo hasta que duela", cuando antes se oponía a las reformas.

La violencia trata de sacar partido de esta confusión, irrumpiendo con descaro para sembrar el caos y generar condiciones que exacerben el conflicto, que es el lugar donde los radicales se sienten cómodos. Ellos aspiran a que la rebelión devenga en revolución, con el objetivo de que, como escribió Jacques Barzun, se produzca "una transferencia violenta de poder y propiedad".

La tentación del horror resulta seductora para algunos sectores que han romantizado la violencia como la "partera de la historia". Por lo mismo, resulta urgente que la sociedad entienda lo que se pone en juego cuando se enfrenta a grupos decididos a usarla para alcanzar sus objetivos. La historia de Chile está jalonada por episodios violentos que solo provocaron dolor y divisiones muy difíciles de reparar, en medio de un clima de sufrimiento, odio, y ánimo revanchista.

El estallido social en el que nos encontramos ofrece condiciones propicias para la acción de los violentos, pues ha debilitado aún más unas instituciones que ya estaban muy desprestigiadas y ha desnudado una pasmosa falta de autoridad. En un ambiente así, se hace imposible que el gobierno funcione como un freno efectivo para las pasiones humanas, como sostenía Burke.

Por eso es tan importante que las instituciones y sus encargados recuperen la templanza y puedan comenzar a gobernar. No es tarea sencilla, especialmente si consideramos la legitimidad cuestionada de los liderazgos actuales y la obsesión de estos por anteponer el interés propio al común.

Así, todo indica que todavía queda sufrimiento antes de recuperar la normalidad. Es probable que el cansancio que ya muestra parte relevante de la población con los exaltados siga creciendo y que ello genere una reacción social adversa, en especial a medida que la población perciba en carne propia las consecuencias de la ola destructiva. El exceso nihilista de los violentos siempre termina siendo su peor enemigo y abriéndoles los ojos a los demás.

La reacción de rechazo a la violencia debería ser aprovechada por los sectores que extrañan el orden y la normalidad. Para ello, deben reconstituirse, dejar de improvisar y ponerse a tono con las demandas sociales que han emergido detrás del reclamo de que "Chile despertó".

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