¿Y el Estado cuándo?

anef-paro



Me entusiasma la posibilidad de que podamos darnos una nueva Constitución. Especialmente interesado estoy respecto del proceso, en la medida que el método es el mensaje; es decir, la manera y la forma en que encausemos este debate es lo que justamente dará mayor legitimidad al resultado. Debemos preocuparnos por tomar decisiones correctas, pero además debemos hacerlo correctamente, lo que no siempre es lo mismo. Sin embargo, me preocupa que la discusión sobre el Estado que necesitamos esté ausente de la discusión.

En efecto, al revisar las conclusiones del proceso constituyente llevado a cabo en la administración anterior, no es difícil advertir que muchas de las demandas y esperanzas ciudadanas están puestas en la mejor provisión de bienes públicos: cuánto debemos recaudar, cómo gastar, qué priorizar o a quién favorecer, son preguntas cuyas respuestas no estarán necesariamente en el texto constitucional. De esa forma, y cualquiera sea el resultado constituyente, es indispensable discutir sobre el instrumento que debe hacer posible su contenido; en una relación similar a la existente entre un vehículo (Constitución) y el motor que hace posible que éste avance (Estado).

Pero las dificultades son varias. Primero, se trata de un esfuerzo de largo aliento, que toma muchos años, incluso décadas, lo que no sintoniza con el ciclo político y sus urgencias. Segundo, y pese a su decisiva importancia, no se revela como un tema especialmente atractivo en términos electorales, por lo que nunca se prioriza en el discurso político. Tercero, las inercias e intereses creados hacen todavía más difícil los cambios, requiriéndose de una voluntad y coraje que no son muy habituales en la clase política. Por último, y especialmente en mi mundo político de pertenencia, la modernización del Estado ha sido tradicionalmente vista como una cuestión de tecnócratas, la que se presenta con un relato aséptico y vacío.

Pues bien, y muy por el contrario, somos justamente aquellos que concebimos al Estado como el principal agente de cambio e instrumento de transformación social, los que más interesados deberíamos estar en validarlo y prestigiarlo, pues lejos de la frialdad con que a ratos se argumenta sobre la importancia del aparato público, sostengo que la eficacia y la eficiencia son un imperativo ético de la acción política.

Entonces, creo de suma importancia que también hagamos de la modernización del Estado una prioridad, pues sólo así podremos acometer con éxito la decisión más importante que puede tomar un país es su historia, que no es otra que colectivamente definir qué derechos y bienes, y en qué calidad y cantidad, estamos dispuestos a garantizarles a todos los hijos de la República.

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