Actriz chilena en Estados Unidos, Amara Pedroso: “Estoy consciente de que el cuerpo que habito es un cuerpo específico y mi desafío es que tenga un espacio en las narrativas sociales”




Cuando Amara Pedroso (22) estaba en sus últimos años del colegio y ya se había decidido por estudiar teatro, fantaseaba con ganar un Oscar, pero en esa fantasía, se imaginaba de otra manera y con otros rasgos. Recién ahora, cuando imagina ese momento, logra visualizarse a sí misma, en su cuerpo y con su pelo rizado, aceptando el reconocimiento. “Creciendo en Chile y siendo de esas niñas que veía tele todo el rato, nunca vi a personas como yo en un rol protagónico. Entonces nunca imaginé que alguien con mis rasgos podría ganar un Oscar. La falta de representatividad limita mucho y tiene impactos fuertes en la auto percepción. Yo pude buscar otras alternativas y me vine a estudiar a un país en el que sentía que tendría más espacio, pero muchas y muchos no pueden hacer eso”, reflexiona.

Amara es hija de padre cubano y madre chilena. Dentro de su árbol genealógico hay también sangre palestina y española, y creciendo en Chile siempre se asumió que era de otro lado. Cuando la veían le preguntaban de dónde era, a lo que ella respondía que era chilena. La reacción solía ser ‘¿pero de dónde eres realmente?’. Luego, cuando llegó a Pittsburg, Pensilvania, donde actualmente se encuentra cursando su último semestre de actuación en la Carnegie Mellon School of Drama, sus compañeras le dijeron que no era negra. Siendo la única internacional en todo el programa de teatro, Amara comenzó una búsqueda; no había interactuado con gente de rasgos similares a los de ella en Chile, y creció permitiendo que le tocaran el pelo, pero tampoco nunca había tenido que adueñarse de una identidad. En Estados Unidos la estaban desafiando. “Tuve que aceptar una mezcla que en realidad siempre di por hecho pero nunca había explorado del todo. En una comida que organizan los afroamericanos de la universidad, porque históricamente han sido pocos, me tocó escuchar sus relatos y ahí me di cuenta de que lo que viven ellos es una discriminación a diario. Ser afrodescendiente en Estados Unidos es una vivencia muy particular y ciertamente la mía no había sido así, pero sí me pude identificar con algunas cosas”, explica. “Escuchar esas realidades te abre y te hace adquirir consciencia respecto a las injusticias. Se vuelve muy evidente como una cosa lleva a la otra, como una micro agresión lleva a algo mucho mayor. Fue bueno escuchar esas historias porque no hay vuelta atrás y también porque me di cuenta que me había perdido en una identidad que no necesariamente era la propia, pero que no por eso había que quedarse con los brazos cruzados”.

Desde entonces, Amara ha sido parte del Comité Antirracista y del Comité de Salud Mental de su universidad. El verano pasado, junto a profesores internacionales y otros compañeros, creó un programa explicativo sobre racismo que ahora todos los estudiantes de primer año tienen que cursar. Esta ha sido su manera de transitar –y explorar– su multiculturalidad. Hasta ahora nunca había imaginado que eso podía implicar una desventaja, pero en Estados Unidos se dio cuenta de que para muchos lo había sido, especialmente en la era de Trump. “Es una época en la que están pasando muchas cosas y es hora de que cambiemos todo lo que se nos ha enseñado que ha sido dañino y nocivo. Siendo la única internacional en este programa también me tocó levantar la voz cuando se hablaba de que ‘acá somos todos americanos’, algo que pasa mucho en Estados Unidos. Yo ahí decía ‘perdón, pero no todos’. Esta, en parte, ha sido mi búsqueda”.

Hace unos días Amara se encontró con una publicación en Instagram que decía que la importancia de la representatividad radica no solo en el hecho de que más niños se van a ver representados, sino que en el hecho puntual de que todos los niños van a entender que otros niños también tienen sus historias. “Estoy consciente de que el cuerpo que habito es un cuerpo específico, y mi desafío es que tenga un espacio en las narrativas sociales para que el día de mañana una niña se pueda sentir identificada”.

Llegaste a Estados Unidos hace cuatro años, justo para el triunfo de Trump, y lo que vino después fue una época muy compleja a nivel político y social. ¿Cómo lo viviste siendo migrante?

Llegar justo en esa época fue como dejar de idealizar tanto a este país. Yo tenía una imagen muy errada de la libertad que había acá y eso se me cayó por completo. También sentía que las personas como yo, de papás de distintas razas y colores, estaban representadas, pero pude ver que tampoco es así, siguen faltando referentes y espacios. En estos cuatro años pude ver cómo ha ido cambiando esta cultura y este relato social. El primer año que llegué me tocó vivir el tiroteo que hubo en una sinagoga a cinco minutos de la universidad. A las tres de la mañana mis compañeras me explicaron qué había que hacer en estos casos; acá te preparan para un tiroteo como a nosotros nos preparan para el terremoto.

Fue difícil ver el nivel de discriminación que siempre ha habido en este país pero que solo aumentó durante el mandato de Trump. Pero a su vez, eso dio pie a que resurgieran ciertas luchas y movimientos sociales, que implicaron que se adquiriera mayor consciencia respecto a muchas cosas; nos fuimos dando cuenta de acciones que eran nocivas pero que estaban totalmente normalizadas.

Para mí también fue particular porque acá entré en una búsqueda. En Chile siempre me sentí distinta pero sin tener que reclamar nada, pero acá me empecé a cuestionar realmente sobre la identidad. Acá sí me pregunté ‘quién soy y de dónde’. Pero fue bueno abrirme a esa interrogante. Cuando entré a este programa no sabía nada, era una anomalía al sistema. Había habido solo dos personas internacionales en los últimos 10 años y muchas veces me sentí sin voz. Al no ser de acá era riesgoso ponerme a hablar, pero después también entendí que mi voz era necesaria, que podía usarla justamente porque no era de acá. Así se aprende a navegar las líneas delgadas, para ver dónde una tiene cabida y cómo usar la voz.

También llegaste en un momento en el que se empezaron a destapar prácticas nocivas y violentas que habían sido normalizadas en la industria del cine y la actuación.

Fue muy interesante ver cómo el movimiento MeToo empezó a tener incidencia en los ensayos y en las maneras de estudiar esta carrera. Nosotros ahora tenemos un coordinador de intimidad para cada obra. Hay profesores que se han especializado en esto y enseñan a pedir permiso, a establecer límites, a respetarlos. Si estamos en una escena y nos sentimos incómodas, hay una palabra que decimos y con eso la escena se detiene. Sin hacer preguntas ni cuestionar nada. Son prácticas que existen hace tiempo solo que recién ahora se están masificando, y en eso mi universidad fue muy vanguardista y las implementaron de inmediato.

Como estudiantes también nos empezamos a dar cuenta de cosas, como que todos los estudiantes negros siempre tenían el mismo monólogo, o que los profesores no tenían un repertorio amplio de obras escritas por mujeres. Todo eso empieza a adquirir relevancia.

Y la tuya es una generación que tiene las herramientas para hacer algo al respecto.

Mi generación creció con el internet y de cierta manera tenemos la capacidad de informar y esparcir esa información. Muchas veces se piensa que somos hipersensibles o que nos ofendemos, pero la verdad es que lo que estamos viviendo es ofensivo y es fuerte. Y el solo hecho de que se haya hecho así durante años no significa que esté bien. Es nuestro rol seguir cuestionando y mantenernos firmes en eso. Y hacer que todos nos responsabilicemos. A mí me ha tocado ser la voz que dice ‘eso no está bien’ en reuniones familiares. Se trata de un aprendizaje en conjunto, y de extender la mano para que todos puedan ser parte. Cuando se nos dice que somos muy sensibles, es una manera de invalidarnos. Son años en los que se han normalizado prácticas y conductas que no lo son.

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Fue encontrada tallada en la pared de un foso de 10 metros de ancho en la Ciudad Vieja de Jerusalén.