Aprender a estar soltera después de una vida pololeando: “Pensaba que no sería capaz de valérmelas por mí misma”




“Mi primera relación de pareja un poco más oficial, si es que se puede decir eso, fue a los 16 años. Al menos ahí hubo un proceso de deliberación y elegí estar emparejada, no como los pololeos infantiles anteriores, en los que básicamente le dije al chico que me gustaba ‘vamos a pololear’. Fue una relación que duró un año y estuvo marcada por todos los componentes propios de una relación adolescente. Mucho drama, exacerbación de los sentimientos, shows en espacios públicos y una preponderante sensación de que si se acababa –obviamente en algún minuto se iba a acabar, si éramos tan chicos– iba a ser el fin del mundo. Pero eventualmente se acabó y no se terminó el mundo. Cinco meses después, conocí al que sería mi segundo pololo. Desde ahí en adelante, no he dejado pasar más de siete meses entre una relación y otra.

Mi segunda relación fue un poco más adulta, menos tortuosa y bastante tranquila. Ambos aprendimos, nos potenciamos y, cuando terminamos con 19 años, no hubo rencores ni malos sentimientos. Simplemente dos jóvenes yéndose por distintos caminos. Y por más que cuando terminé esa relación me propuse darme un tiempo para estar conmigo misma, sin mayores ansiedades, a los seis meses ya había empezado un nuevo vínculo afectivo. Y después otro y otro. Y así fueron seis relaciones, algunas más largas que otras, desde los 16 hasta los 29. Terminaba una, por distintas razones, y al poco tiempo empezaba otra. Y siempre me proponía darme un tiempo para mí, pero no parecía lograrlo. Hasta que me empezó a pesar.

Cuando tenía 27 e iba en mi quinta relación, me empecé a dar cuenta que no me conocía si no era en función de un otro. Más que no conocerme a mí misma –me parece que conocerse es un proceso continuo y constante– me estaba faltando conocer lados de mí que aparecen únicamente cuando una se de el tiempo y el espacio para experimentar con una misma y enfrentarse a situaciones de soledad. Y por un tiempo extendido. Porque ninguna de mis relaciones fue absorbente ni agobiante, en todas me di el espacio necesario y tenía mis propios proyectos, amigos y situaciones. Pero siempre con la seguridad de que igual en el fondo estaba emparejada. Estaba ese pilar. Y eso es lo que empecé a sentir que tenía que perder para conocerme en otro formato. Para realmente despojarme de ciertas cosas. Eso yo nunca lo había experimentado y me estaba empezando a hacer falta. Al menos para indagar en un lado mío hasta entonces desconocido.

Y como todo, cuando se siembra la semilla, por más que cueste, no hay vuelta atrás. El año pasado, en plena pandemia, tomé la decisión de terminar mi sexta relación. Era abril, no podría identificar una razón específica del quiebre, pero ya no daba para más. No podía seguir evitando algo que sabía que tarde o temprano iba a ocurrir. Tampoco me podía seguir engañando a mí misma o a mi pareja. Me daba miedo, porque esta vez no había un futuro pretendiente, nadie a la vista y estábamos en plena pandemia, por lo que las posibilidades de salir y conocer a alguien eran reducidas. Pero no iba a dejar que el miedo me inhabilitara e impidiera hacer algo que hace mucho tiempo tenía ganas de hacer. Algo que yo misma me estaba pidiendo a gritos, pero no encontraba la forma de materializar.

Es curioso porque en estos años de formación me he cuestionado todo lo que en algún minuto sentí impuesto; me cuestioné el modelo de amor romántico, cuestioné los formatos normativos de relaciones de pareja y cuestioné la maternidad como única opción y como fin último de la mujer, pero por alguna razón no había logrado estar sin pareja. Por alguna razón me sentía más segura con alguien a mi lado. Algo había ahí, de base muy enraizado, que por más que yo quisiera avanzar y dejar ir, no me permitía estar sola. O me hacía pensar que quizás valdría menos estándolo. No de manera tan directa, porque confío en que siempre supe que mi valor no dependía de eso, pero quizás en cierto nivel inconsciente pensaba que era mejor estar emparejada y contar con esa seguridad. Quizás en algún nivel pensaba que no sería capaz de valérmelas por mi misma.

Esa era una contradicción que no tenía del todo resuelto, pero me perdono, porque las contradicciones son inherentes al ser humano. Solo que ya me sentía incómoda. Nunca había estado más de cierto tiempo sin un hombre a mi lado y me parecía que por lo bajo, debía darme la posibilidad de experimentar otra opción. Por último para ver qué pasaba.

Ahora llevo más de un año soltera. He salido, he pinchado, pero no he entablado una relación o un vínculo mayor. Me he enfrentado a situaciones a las que nunca antes me había enfrentado y he descubierto cosas propias de las que no tenía idea. Y eso siempre es fascinante. Y en plena pandemia, cosa que mis amigas no dejan de recalcar; ‘tenías que hacerlo justo en el año más difícil’, me dicen a veces entre risas. Pero así es; cuando se decide, se va con todo.

No encuentro las palabras para explicar el profundo deseo que sentía –y siento– por conocerme. Y además, que nadie nos engañe, no es que por terminar una relación se está sola. Sola se puede estar cuando estás mal acompañada. Yo estoy rodeada de amigas y acompañada por mí misma, con la que al fin estoy pudiendo interactuar”.

Irasí Ramos (30) trabaja en publicidad y es acuarelista amateur.

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