Cesárea innecesaria

Imagen cesarea




Tuve un trabajo de parto de casi 20 horas, sin anestesia. No sé porqué doy este dato, quizás una parte de mí intenta reivindicarse. Me hubiera encantado que este texto relatara mi parto normal, en cuclillas, con la imagen de mí misma sacando a mi hijo para ponerlo en mi pecho. Pero no fue así. Después de varias horas de contracciones, gritadas, intensas y maravillosas, finalmente recibí a mi hijo por cesárea.

Hice todo lo que había que hacer, leí todos los libros. Aquellos que decían que el dolor del parto era una construcción cultural, con testimonios de doulas que ayudan a las mujeres en el tránsito de convertirse en madres. Fui a talleres de parto e hice yoga dos veces por semana. Tenía un embarazo sano y estaba convencida de que podía hacerlo. Hice mi plan con detenimiento, para sortear todos aquellos obstáculos que podían estresarme o sacarme de mi camino; quería poder moverme, gritar, quería la pelota de pilates, quería a pocas personas y que esas pocas me trataran con cariño. Y tuve todo eso, pero a pesar de mis condiciones idóneas y privilegiadas, por diversas razones que aún no me cuadran, por miedos, por intervenciones y procedimientos, mi hijo nació por cesárea.

Fue un niño sano, me trataron bien, qué más puedo pedir. Pero a veces me pregunto si pudo haber sido distinto, si pude haber actuado de otra forma, si las decisiones que tomé fueron las correctas. No puedo dejar de sentirme confundida entre la frustración, el agradecimiento, la culpa, la rabia y la reconciliación. ¿Nos generamos las mujeres demasiadas expectativas y autoexigencias frente al parto o nos estamos enfrentando a un sistema de salud y una cultura que ha convertido el acto de parir en algo casi imposible?

Chile es el segundo país de la OCDE con más partos por cesárea. La Organización Mundial de la Salud establece que la tasa de cesáreas ideal es de un 15% a un 20%. La de Chile fue del 53% en 2017. Más de la mitad de los nacimientos en el país son por esta vía, cifras que en las clínicas privadas llegan casi al 70%. Y es algo que no tiene relación alguna con la voluntad de las mujeres; según un artículo de Michelle Sadler, antropóloga médica, y Gonzalo Leiva, matrón y activista en el tema, el porcentaje de las que prefieren parto vaginal es muchísimo mayor al que prefiere cesárea. Pero sin duda se abusa de la técnica. Existen muchos datos que demuestran que una de las causas principales es el incentivo monetario que reciben las clínicas y los médicos con una cesaría versus un parto vaginal. El estudio Relación entre los seguros privados de salud y las altas tasas de cesáreas en Chile de Susan Murray, investigadora del University College London, da cuenta de que las cesáreas permiten más cantidad de pacientes y generan más ingresos. Para hacerse una idea: el sueldo mensual de un médico en la salud pública lo genera en una mañana, haciendo tres cesáreas, un doctor en la salud privada.

Ximena Encinas trabaja hace 30 años como matrona. Se inició en el sector público y ejerce en una conocida clínica privada. Según su experiencia, muchas de las cesáreas que se hacen son innecesarias y esto parte por la concepción de ver a la mujer embarazada como a alguien enfermo. "El trato médico en clínicas y hospitales está enfocado en el control; se ve a la mujer y su parto siempre desde algo riesgoso para ella y para la guagua", dice. "A raíz de esta concepción es que se genera una cascada de intervenciones que patologizan el nacimiento. Se estresa a la mujer, lo que no le permite dilatarse, se aplica oxitocina artificial para acelerar esa dilatación, lo que produce más dolor, y necesita más anestesia, lo cual frena sus contracciones. Como se medicaliza tanto el proceso hay más posibilidades de que esa mujer termine siendo operada". Michelle Sadler, antropóloga social especialista en estudios de género y antropología médica, y también parte de las profesionales a cargo del Observatorio de violencia obstétrica OVO, señala que, además, a las mujeres se les instaura el miedo desde los pocos meses de embarazo. Que la guagua es grande, que la pelvis es estrecha, que el cordón es corto, que el parto se viene difícil. "Y es por eso que esa mujer va a terminar accediendo a una cesárea; porque el sistema se lo instala como necesario".

¿Tienen miedo a parir?

Sentimos miedo porque el sistema instaura el parto como algo espantoso, terrorífico. Y la mayoría teme no solo por el parto, sino por sufrir violencia obstétrica. Porque muchas veces uno se asusta por el relato de parto de otras mujeres. Y el sistema, en lugar de reforzar, cuidarte, darte tranquilidad, decirte que esto se puede hacer, transmite tanto miedo que la cesárea termina siendo una forma eficaz de saltarse todo eso.

Quizás por esta misma realidad, sumado a los altos índices de violencia obstétrica que existen en Chile, tanto en hospitales como en clínicas privadas existe una tendencia a querer "mamiferizar" el parto lo más posible; que sea un momento con menos intervención médica y más respeto y confianza en la mujer. La psicóloga Agustina Bosio, autora del libro Crónicas de una mamá de carne y hueso, quien atiende a mujeres en su etapa de puerperio, dice que esta corriente "nace como respuesta al parto medicalizado, que le ha quitado a la mujer la posibilidad de elegir cómo quiere vivir esa experiencia y de creer en que ella es capaz de parir".

¿Y qué pasa con estas mujeres?

Muchas intentan ser las protagonistas de sus partos, pero no siempre les resulta y eso a veces puede ser doloroso. Pero no se trata solo de que las expectativas no se cumplan. La mayor parte de las veces las mujeres se quedan con la sensación de que les arrebataron el parto, de que fueron utilizadas frente a un equipo médico que se impuso amenazándolas de que si no hacían una cesárea iban a tener complicaciones o algo terrible iba a pasar. Eso tiene una consecuencia grave en la salud mental de la madre. No es lo mismo la cesárea que te salva de un riesgo real que la que te hacen porque la "guagua es demasiado grande". Siempre va a estar la duda. ¿Pude haber hecho algo? ¿Debí haber insistido más?

Michelle Sadler agrega que la mayoría de las mujeres que tuvieron cesárea, además, se sienten profundamente culpables. "Se reprochan no haberse informado lo suficiente, no haber elegido el equipo médico correcto, no haberse impuesto. ¡Pero qué más podría haber hecho esa mujer! Y una vez más, como mujeres volvemos a sentirnos responsables de todo".

Le dan la decisión a la mujer en un momento en el que uno está sumamente vulnerable.

Es que ponen a la mujer en una posición que no corresponde, porque ella debiera estar de parto, entregada y fundida en ese proceso y no sentir que se la están embaucando todo el tiempo, que es lo que pasa ahora. Estamos ante una desconfianza absoluta en el sistema, en que se le responsabiliza a la usuaria de tener que saber todo para poder tener un parto que debiera ser un derecho. Es terrible que tengamos que ser nosotras las que tengamos que defendernos de eso.

En la otra cara de la moneda, de tanto estudiar y prepararnos nos generamos la presión de tener un parto perfecto, natural, poderoso, respetado, místico.

Claro, en este darse cuenta y tomar conciencia, hay una sobreexpectativa para las mujeres de que tienen que tener partos vaginales y que tienen que ser súper empoderadas, antisistema, ver la luz en el parto, conectarse con el espíritu. Y ahí de nuevo se cae en una idealización de lo femenino y se esencializa a la mujer, como si estuviera hecha para parir de esa manera y para tener estas sensaciones extracorpóreas. Además, se crea la idea de que eres una mejor mujer o más power si tuviste un parto vaginal. Y si no lo logras es porque no te la pudiste. La idea es tratar de liberarnos, no agregarnos más presiones.

¿Qué falta para lograr esa liberación?

Formación de los profesionales, ética, valores. El estallido social tiene mucho que ver con esto. No puedes tener privilegios pecuniarios ni intereses económicos en temas tan importantes como la salud. Necesitamos que cada mujer se sienta profundamente respetada, que la cuiden. Y no se trata de satanizar la cesárea; si la mujer quiere una y está bien informada, entonces bien, también es su derecho. Pero no estamos aún en ese lugar. Las mujeres todavía no tenemos esa autonomía ni esa libertad de decisión.

¿Fue mi cesárea innecesaria? Probablemente nunca logre saberlo. Lo cierto es que fui privilegiada dentro del sistema de salud en el que estamos insertas. La gran mayoría de las mujeres se ve frustrada no solo por el resultado y las dudas de los procedimientos, sino por el trato de violencia obstétrica que reciben. ¿Tenemos las mujeres expectativas muy altas? Puede ser, pero la autoexigencia está siendo nuestra única forma de defendernos de un sistema hostil y de poder cambiarlo. Nos generamos altas expectativas porque estamos luchando para que las cosas sean distintas. Lamentablemente, toda la responsabilidad está recayendo sobre nosotras. Nos estamos llenando de presión y de culpa, y esa es otra forma de arrebatarnos la experiencia. Hay que perdonarse, encausar las responsabilidades hacia donde corresponden y, en la medida de lo posible, reconciliarse con nuestro parto. Porque no somos mujeres pariendo libres, no aún. Por ahora seguimos viviendo en una cultura y en un sistema al que todavía le falta mucho por mejorar. Y en ese contexto, las mujeres estamos haciendo lo que podemos.

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