Cómo sentir vergüenza nos destruye




En los diccionarios, la definición de vergüenza se plantea como un “sentimiento de pérdida de dignidad causado por una falta cometida o por una humillación o insulto recibidos” y también como un “sentimiento de incomodidad producido por el temor a hacer el ridículo ante alguien, o a que alguien lo haga”. La primera, apela al sentimiento que nos nace después de habernos comportado de mala manera y la segunda, a ese sentimiento que solemos asociar a nuestra forma de ser y que no nos permite mostrarnos tal y como somos por miedo o timidez. Como el típico ejemplo de quien no se atreve a hablar en público porque siente vergüenza.

En ambas, se suele mirar este sentimiento como pasajero, es decir, vemos la vergüenza como algo que sentimos en un momento específico y que después pasa. Pero para la psicóloga y magíster en afectividad y sexualidad, Francisca Burgos, se trata de algo mucho más profundo y que tiene una conexión compleja con nuestra autoestima. “La vergüenza es una emoción que surge para prevenir la desconexión con otros, para evitar el sentimiento de rechazo y el desprecio que solemos esquivar a toda costa”, dice. Explica también que a ratos se confunde con la culpa y que por eso es necesario diferenciarlas.

“La culpa se relaciona a una acción concreta, en cambio, la vergüenza a una forma de ser. Por ejemplo, si hacemos algo mal, la culpa nos hace decir que lo que hicimos fue estúpido, sin embargo, la vergüenza nos hace creer que somos nosotros los estúpidos”. Y es complejo, porque la tendencia a la culpa nos permite reparar los errores y mejorar nuestras relaciones, en cambio investigaciones han demostrado que las personas con tendencia a la vergüenza muestran mayores índices de depresión.

Francisca aclara que en las personas vergonzosas hay un tema de temperamento, pero también de crianza. “Cuando nos dicen desde niñas o niños que somos irresponsables o tontos, en vez de decirnos que algo que hicimos fue muy irresponsable o tonto, de alguna manera vamos internalizando que hay algo malo en nosotros, que quizás no valemos la pena o no tenemos el derecho a la conexión con otros o a sentir que merecemos ser queridos”. Esta emoción nos hace cuestionar y criticar nuestra propia forma de ser, al sentir que alguna parte de nuestra identidad nos hace más vulnerables al rechazo.

Y hay muchas razones por las que sentimos vergüenza: porque no me considero lo suficientemente linda, lindo o inteligente, porque no me siento capaz, porque no creo ser graciosa o gracioso y un largo etcétera. “Tiene que ver con que hay ciertas características sociales que puedo tener, que he internalizado como “malas”, porque la sociedad me ha dicho que no son deseables. Puede ser que lo haya escuchado directamente o que lo entendí así. Por ejemplo, si a alguna amiga de nariz fina le dicen que su nariz es linda y yo tengo la nariz ancha, podría ser que después me avergüence por ese rasgo físico; o si me dicen que las relaciones heterosexuales son lo “normal”, puede ser que si yo soy homosexual, quiera esconderlo”, explica y dice que de esa manera vamos internalizando que équis parte nuestra está mal y la empezamos a vivir con vergüenza.

Porque nos conecta con el más profundo miedo al pensar que si alguien me conociera realmente se alejaría o me mostraría su desagrado. “La vergüenza se alimenta del secreto, del no mostrarnos y escondernos. Nos deberían criar con la idea de que solo por el hecho de existir ya somos seres queribles y que no necesitamos alguna característica en particular para que nos acepten”, dice Burgos. Y plantea también que el enemigo número uno de la vergüenza es justamente la exposición vulnerable, por eso es importante que las personas busquemos un espacio seguro para mostrar quiénes somos y liberarnos del miedo al rechazo y la soledad.

Y concluye: “Deberíamos darle más valor a este sentimiento, reconocerlo y buscar en lo más profundo de nuestro ser qué es eso que me hace sentir que no soy merecedor de cariño o admiración. Es decir, no pensar que, por ejemplo, si no me atrevo a hablar en público es simplemente porque soy tímido, sino que quizás detrás de esa vergüenza escondo la idea de que no me siento lo suficientemente bueno o capaz de hacerlo. Y probablemente no lograremos que la vergüenza se vaya de nosotros de un día para otro, pero si empezamos a analizar y poner foco en ella podremos entender qué hay más allá y superarlo”.

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