Desplazar el foco, de las agredidas a los agresores




Hace unas semanas se viralizó en redes sociales una reflexión del educador, cineasta y especialista en masculinidades y violencia de género, Jackson Katz, recitada en versos por la autora y poeta Christi Steyn. Y decía así: “Hablamos de la cantidad de mujeres que fueron violadas el año pasado, pero no de los hombres que las violaron. Hablamos de cuántas niñas fueron acosadas en el colegio, mas no de cuántos fueron los niños que las acosaron. Hablamos de cuántas niñas y adolescentes quedaron embarazadas en el estado de Vermont, pero no de los hombres y adolescentes que las dejaron embarazadas. Es este el claro ejemplo de que la voz pasiva tiene un efecto político. Porque esa voz traslada el foco desde los hombres hacia las mujeres. Incluso el concepto ‘violencia en contra de las mujeres’ es problemático, porque no hay un agente activo ahí. Es como si se hablara de algo malo que simplemente le ocurre a las mujeres. Sin autor y sin responsable. Sin hacer mención a esa persona que realiza el acto violento”.

Y es que en su charla TED titulada ‘Violence Against Women; it’s a Mans Issue’ (Violencia en contra de las mujeres, es un tema de hombres), Katz, quien ha dedicado gran parte de su carrera profesional a la articulación de programas educativos en pos de la prevención de la violencia de género –utilizados actualmente por el ejército de Estados Unidos y varias organizaciones deportivas–, argumenta que se trata esencialmente de un tema de hombres que la cultura se ha encargado de mal denominar ‘tema de mujeres’, como si las involucrara solamente a ellas, o como si se tratara de algo que les ocurre, sin agentes activos ejecutores, tal como lo dice su poema. Y es que más allá de que las víctimas y principales afectadas sean mujeres, cuando se habla de violencia de género se suele creer, erróneamente, que es una problemática ajena o que no le corresponde a la otra mitad de la población. Muchas veces justificando, como explica Katz, la falta de atención que le entregan; “No son temas exclusivos a la mujer, son intrínsecamente temas de hombres que encuentran su raíz en la masculinidad hegemónica y una sociedad altamente machista y misógina. Si los categorizamos como temas de mujer, como suelen diferenciar los medios de comunicación, les damos una razón a los hombres para que no pongan atención. Decir eso justifica que ellos no quieran involucrarse”, explica en su charla. Y es que lo que propone Katz es una perspectiva distinta, que cambia el paradigma hasta ahora erguido con tanta solidez, y que busca desplazar el foco de las víctimas a los victimarios. De las agredidas a los agresores. Porque, lejos de desconocer que son ellas las que sufren las consecuencias, se trata de asumir e instaurar que son los agresores los que deberían ser escrutados. Es ahí donde debería estar puesto el foco.

Vivimos en sociedades en las que todo, incluso a nivel discursivo y de semántica y lenguaje, está dado para que el foco –y por ende responsabilidad– recaiga en las mujeres, más que en los perpetuadores del acto. Se trata, como explican los especialistas, de una cultura de la violación, una dentro de la cual se articulan una serie de actos, comentarios, conductas y acciones cotidianas y aparentemente inocuas que a la larga ha servido para reforzar un relato que establece que las víctimas son finalmente responsables de haber sido agredidas, acosadas o violentadas. Una cultura que naturaliza la violencia hacia las mujeres, al punto de aceptar no solo que ocurre, sino que en gran parte por algo que ella debe haber hecho. Porque es más fácil hablar de lo que hizo o no la víctima para prevenir ser agredida, que del agresor o el delito en sí.

La socióloga del Observatorio de Género y Equidad, Tatiana Hernández, explica que a nivel cultural hemos generado distintos repertorios que se divulgan y refuerzan mediante la socialización –a través de la familia, la educación, los medios de comunicación y productos de consumo cultural– y que reproducen un imaginario en el que, por un lado, los hombres son violentos por naturaleza, como si se tratara de una condición inherente a su biología y, por otro, que las mujeres son perversas y mentirosas y por ende casi siempre responsables de lo que les ocurre. “Mediante ese imaginario, se legitima que los hombres ejerzan violencia como una manera de construir su identidad. Lo importante es mirar y sostener que la dinámica de violencia puede ocurrir dentro de dos o más personas, pero esencialmente obedece a una causa estructural. La violencia siempre es un acto de dominación”, explica.

Por su lado, la psicóloga forense especialista en violencia de género, Guila Sosman, explica que la palabra de la mujer siempre ha tenido menos peso y valor en la sociedad. Se trata, como explica la filósofa británica Miranda Fricker, de una justicia epistémica, por la cual solo algunos –en su mayoría hombres blancos– han tenido la posibilidad de dar a conocer sus relatos y por ende han sido mayormente partícipes del proceso de construcción de conocimiento, no así las mal denominadas minorías que no han contado con esa posibilidad y cuyas historias, por ende, no se han escuchado ni validado. Esas palabras, en cambio, se ponen en duda. “Así lo vemos en los tribunales, cuando la mujer habla de violencia psicológica por ejemplo, y no hay pruebas físicas, es muy difícil que se le crea. O se le cree únicamente si cumple con ciertos requisitos. A su vez existe una nueva victimización por parte de los hombres, que dan vuelta la historia y la relación de los hechos. Porque el machismo siempre encuentra una manera de adaptarse a los tiempos”, reflexiona. “Hay varios estereotipos e imaginarios sociales a la base de esto, uno de ellos siendo la idea de que las mujeres son más emocionales y los hombres más racionales, por ende se cree que la palabra de la mujer va estar manchada por la emoción o el descriterio. Somos más delicadas, se dice, o más sensibles, y así van justificando que no se nos escuche. A su vez, las mismas víctimas, como mecanismo de defensa, también tienden a responsabilizarse, y eso tiene que ver con el sentir que tienen o podrían haber tenido el control de la situación. Una seguridad que es ilusoria. Y ese sentimiento de culpa se agudiza porque existe todo un sistema que las revictimiza y las hace responsables de lo que les pasa, de cuidarse y de haber o no provocado la violencia. Eso es lo que le saca la responsabilidad a los hombres y es lo que permite que hayan sido ellos los que dominen el espacio y el discurso público”.

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