Dormir y soñar




Una vez soñé que estaba sentada en la arena mirando el mar y de repente una enorme pared fría, gris y húmeda se cruzó cerca de mis pies, tapando lentamente el horizonte. Unos segundos más tarde, un perfecto ojo –en lo que yo creía que era una pared– me hizo entender que esa enorme mole gris era en realidad una ballena. En mi sueño sentí las chispitas de humedad y el movimiento de las olas del mar. Nunca he visto una ballena, pero ese sueño me hizo sentir lo que sería verla pasar por delante.

He tenido sueños rarísimos en mi vida. Y cuando me terapié (sí, por supuesto que he ido a terapia) mi sicóloga les daba mucha importancia. Yo encontraba que era muy aburrido contárselos, porque tratar de hacerlo es de las cosas más extrañas y surrealistas que pueden existir. Pero como a veces no sabía de qué hablar, terminaba hablando de mis sueños y, sin quererlo, inventado la mitad.

Ahora sueño poco, porque para soñar hay que dormir y yo cada vez duermo menos. No le voy a echar la culpa a la maternidad ni el estrés; duermo poco porque me encanta estar despierta. Me gusta leer en la cama, con un guatero, cuando los otros duermen; me gusta tomar desayuno temprano en la cocina y ver cómo amanece. Además, siento que no necesito tantas horas de sueño y cuando duermo más de seis o siete ando como atontada y me da jaqueca.

Hace unos días empecé a leer un libro: Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh, autora estadounidense a la que no conocía. Encontré genial el título y me lo compré sin tener idea de qué se trataba. Lo tenía hace más de un mes en el velador (junto a varios más) y no lo había podido empezar a leer, cosa que me pasa muy seguido producto de mi hambre literaria y el poco tiempo para saciarla. He amado a la protagonista, quien decide hibernar por un año después de la muerte de sus padres y la nula necesidad de trabajar con la cuantiosa herencia recibida. Cualquier descripción del personaje serviría solo para odiarla: por guapa, por millonaria y, sobre todo, por floja. Pero es adorable, porque, aunque lo suyo es un sueño químico y totalmente empastillado, hace que uno piense en dormir: en esa sensación deliciosa de estar acostada, acurrucada en la cama, sillón, o lo que sea, y dormir hasta el hastío. Y despertar para seguir durmiendo. Yo no me atrevería a flojear así, ni aunque tuviera la economía resuelta, por eso leer a alguien que se atreva ha sido una entretención que me he devorado.

Dormir es un placer y mejor si es en una cama: buscar las partes que siguen frías cuando hace calor o taparse hasta las orejas si hace frío; llenar de almohadas o sacarlas todas. Nada mejor que sacudir la migas de pan y dormir después del desayuno, sin culpa. Flojear es una desfachatez; quedarse dormido, una vergüenza; cabecear en la micro, un descuido fatal; pero no hay nada tan rico, ni tan individual, ni tan reponedor, como sumergirse en un sueño profundo sin más pretensión que abandonar un rato el cuerpo, sin siquiera darse cuenta de cómo pasa el tiempo.

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