El arte de tomar decisiones: Cómo y por qué elegimos lo que elegimos




El autor y profesor de ciencias administrativas y políticas públicas en la Ohio State University, Paul C. Nutt, pasó gran parte de los años setenta, ochenta y noventa analizando qué caracterizaba los procesos de toma de decisión de las grandes corporaciones estadounidenses. En una primera etapa de su investigación, le preguntó a los altos mandos respecto a las decisiones que habían tomado en el último tiempo y cómo habían sido sus deliberaciones. Cuando volvió a verlos años después, se dio cuenta que aquellos que se habían tomado el tiempo de explorar distintas opciones antes de tomar la decisión final, habían quedado mucho más conformes con ella que los que la habían tomado en base a un primer impulso o instinto.

La decisión en sí no era lo relevante porque muchos –incluso tras un arduo proceso de deliberación– terminaron optando por la opción que sintieron correcta en una primera instancia, de manera impulsiva e instintiva. Lo que marcaba la diferencia era haberse dado el tiempo y haber incurrido en un proceso reflexivo en el que se evaluaran todos los posibles desenlaces. En definitiva, los que estaban conformes con sus decisiones años después eran aquellos que se habían dado el tiempo para examinar. Nutt explicó en sus libros posteriores que esas decisiones no habían sido “wether or not decisions” (sí o no), más bien habían sido “which one decisions” (cuál).

Es esto lo que plantea el escritor e investigador científico Steven Johnson en una conferencia en la que presenta su último libro Farsighted: How We Make the Decisions That Matter the Most (2018), una suerte de manual que busca entregar herramientas que nos permitan percibir la problemática en toda su complejidad –y desde distintas aristas– antes de tomar una decisión. Para no caer, como él mismo dice, en tomar decisiones en base a lo que “nos dice la guata”. Su mayor obstáculo es, sin embargo, que sabe que se está metiendo en un terreno personal, en el que no hay una manera correcta o errónea. Lo que sí sugiere es que veamos una manera de imaginar todos los puntos ciegos que a menudo no logramos ver para dar paso a un proceso de deliberación integral. Independiente de cuál termine siendo la decisión.

Y para eso propone tres etapas: “Mapping”, en la que se evalúan todos los factores sin prejuicios y se exploran todas las posibles alternativas; “Predicting”, en la que tratamos de imaginar cosas que nunca nos han ocurrido –la mayoría de las decisiones son determinantes de escenarios que aun no conocemos–; y finalmente “Deciding”, en la que tomamos la decisión. Pero aun así, es difícil volver un proceso tan personal –en el que inciden tantos factores– en una ciencia cierta.

Como explica el psicoanalista y académico de la Universidad Diego Portales, Felipe Matamala, son muchos los factores que inciden en un proceso de toma de decisión. Partiendo, están nuestras experiencias tempranas, nuestra historia, el cómo fuimos conformando nuestra vida y las expectativas que los demás depositaban en nosotros y que eventualmente –y muchas veces de manera inconsciente– tuvieron una incidencia en nuestra vida y nos fueron moldeando. “Si bien muchas decisiones las tomamos de manera consciente –incluso el cómo nos queremos proyectar a nivel laboral, si queremos o no tener hijos, lo que comemos en la mañana– gran parte de las decisiones se articulan en un ámbito ligado al inconsciente y tienen que ver con cómo fuimos interpretando los deseos que tenían los otros (nuestros padres o cuidadores primarios) con respecto a nosotros. Y cómo esos deseos fueron traspasados por ellos de tal manera que nosotros tratamos de cumplirlos”, explica. “En ese sentido, las grandes decisiones que tomamos, muchas veces encuentran su origen en nuestra infancia y etapas formativas; lo que vimos, pensamos, intuimos cuando fuimos pequeños”.

Por otro lado, según explica Matamala, se encuentra la cultura en la que vivimos, que termina marcando la pauta respecto a lo que es aceptado o no. “La cultura en la que estamos insertos fija ciertas cosas, y a su vez restringe nuestros deseos. Es la que logra mediar entre lo que se espera de nosotros a nivel social y qué tanto desarrollamos nuestro deseo. Muchas veces esos deseos no los podemos cumplir y eso genera en nosotros frustraciones que a la larga se transforman en motivaciones inconscientes que nos llevan a poder tomar decisiones”.

Según la psicóloga y académica de la Universidad Diego Portales, Albana Paganini, siempre estamos eligiendo, desde que despertamos hasta que nos acostamos. Es un mito pensar que no tomamos decisiones a cada rato. Lo complejo, explica, es la disyuntiva o el dilema que implica la elección, porque esa elección supone implícitamente una pérdida. Y esa pérdida está a su vez sujeta a cierta temporalidad. “La pérdida tiene que ver con el orden del tiempo: mientras estamos en la duda y no tomamos una decisión, existe la sensación de que tenemos el control sobre el tiempo, de que es infinito. Por lo contrario, tomar una decisión es darse cuenta de que hay un tiempo finito. La temporalidad asociada al acto de elegir es lo que nos angustia”, explica. “Entonces, más que si decidimos lo correcto o no –que ese es un forzamiento de una pregunta que se hace el “yo” como una instancia psíquica–, lo que está en juego es que toda decisión implica asumir la dimensión de una temporalidad y de algo que es irrevocable e irreversible en el tiempo. La finitud de algo”.

Según la especialista, este es un conflicto imaginario, porque en realidad siempre estamos sujetos a la dimensión de la temporalidad y hay pérdidas en todo. “En esa duda hay cierta idea de que podemos controlar todo, o controlar el tiempo. Pero esa es una proyección imaginaria”, señala. En ese sentido postergar la toma de decisiones es postergar –o querer controlar– el tiempo.

Los seres humanos siempre estamos tomados por un conflicto inherente a la subjetividad. Según explica Paganini, estamos en constante disyuntiva entre el ser y el hacer; qué hacemos, quiénes queremos ser, qué recibimos y qué damos. “Ese conflicto forma parte de la subjetividad, el tema es que hay que vivir con ello. A veces nos damos todo tipo de vueltas para no decidir porque pensamos que así aun tenemos el control. Nos sostenemos en la duda. Y cuando alguien trata de forzarnos a que tomemos una decisión, surge la agresividad y el enojo”, termina.

Lo importante, según explica Matamala, es identificar desde dónde surgen las decisiones que tomamos; si tienen que ver con un deseo propio o con cumplir las expectativas de los demás. “No está mal querer cumplirlas, pero si solo tomamos decisiones en base al deber ser, entraremos en un conflicto psíquico. Eso es lo positivo de ir conociéndose. Cuantos más elementos tengamos de nosotros mismos a nivel consciente e inconsciente, más posibilidades de tomar una decisión –independiente de si es buena o mala– que se condiga con nuestra propia historia. La mejor decisión para nosotros mismos”.

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