Enamorarse muchas veces en una misma relación

Enamorarse, desenamorarse, y volverse a enamorar varias veces –todo dentro de la misma relación– no solo es esperable, sino también saludable. Aquí, un análisis de por qué es necesario para avanzar.




Un vínculo de pareja es una relación que incluye una cuota de implicancia, de compromiso de exclusividad, y que está orientada a encontrar en el otro –de manera recíproca– una figura de apego, es decir, una persona con la que contar emocionalmente. Así lo define la terapeuta de parejas Soledad Grunert (@psicologa.solegrunert), psicóloga clínica especializada en apego adulto, buen-amor en pareja y trauma, quien explica que en la configuración de ese vínculo, inicialmente, siempre hay una fase de enamoramiento, en la que percibimos en el otro una proyección: es decir, depositamos en ese otro aquello que queremos, que anhelamos. “Esa idealización y enamoramiento inicial nos regala la oportunidad de poder acercarnos, pero a medida que esa relación transcurre y avanza y nos vamos mostrando como realmente somos, empezamos a ver no solo lo lindo, sino también lo que no nos resulta tan atractivo. Vamos experimentando una serie sucesiva de microdecepciones”, plantea.

Se trata de desilusiones –con respecto a esta idealización inicial– que no solo son inevitables, sino también necesarias. Porque es ahí, cuando la imagen proyectada e idealizada del otro, comienza a contrastar la realidad. Y es ahí también cuando viene el inevitable ejercicio reflexivo: ¿qué tan gravitante es para mí aquello que ya no me gusta del otro? ¿Eso que no me es tan atractivo atenta contra mis propias necesidades? ¿Persisten mis ganas de seguir en la relación, acompañándonos, a pesar de aquello que no me está gustando?

Son preguntas centrales. Las respuestas muchas veces se van a traducir en relaciones que llegan hasta ahí, que se terminan, y eso es saludable. Pero muchas otras veces también –plantea Grunert– tras poner sobre la balanza lo que me gusta y lo que no, hay relaciones que van a persistir. Y eso también es saludable, en la medida en que eso que no me gusta no esté atentando contra necesidades que son vitales para mí, ni contra mis principios más básicos, no contra un vínculo sano y seguro.

Desde ahí, cuando volvemos a elegir a la pareja tras esa decepción, vamos asentando una cuota de compromiso: porque el amor no solamente es ese sentimiento maravilloso que nos une, sino también aceptación. “El amor es también entender que muchas veces eso que no me gusta del otro me muestra aspectos de mí que necesito trabajar y que necesito mirar. Entonces, con esta base, el desenamorarme es sano, porque después me reencanto, me reenamoro vuelvo a elegir a esa persona, esta vez conociéndolo más”.

Por qué los conflictos son deseables

Diversos estudios han abordado el tema: parejas que discuten juntas, permanecen juntas, se dice a grosso modo, en el sentido de que las discusiones serían una de las claves para tener relaciones más felices. En 2019, un estudio de la Universidad de Tennessee abordó el tema y, tras entrevistar a 121 parejas de entre 30 y 70 años, identificó que en las parejas donde se discutía había diez veces más probabilidades de tener un buen matrimonio. “Las parejas felices tienden a adoptar un enfoque orientado a la solución, y esto es claro incluso en los temas que eligen discutir”, señaló la autora del estudio, Amy Rauer.

Como explica la psicóloga de parejas Maite Báez (@maitebaez_psicologa), la creencia de que tenemos que estar 100% enamorados de nuestra pareja y mantener ese mismo estado inicial para sentir que estamos con el amor de la vida, es una visión muy estática y poco madura en lo emocional . “Es una mirada muy superficial de las relaciones afectivas. Porque la esencia misma de los vínculos es que van cambiando, van evolucionando, se van profundizando. Querer aferrarnos a la sensación inicial, que es muy placentera, es tratar de detener la vida: quedarnos siempre con la sensación de como cuando sale el sol, y evitar el atardecer o el anochecer. Como si el no estar ‘arriba’ nos fuera a privar de cultivar verdaderamente el amor”, comenta.

En este sentido, el transitar distintos tipos de situaciones –incluidos los conflictos y pérdidas– abre la posibilidad a una pareja de fortalcerse, crecer y evolucionar. “Estudios longitudinales de las relaciones de pareja nos muestran que aquellas parejas que son capaces de sostener los vínculos, incluso cuando no se sientan en la euforia del enamoramiento, son capaces de desenamorarse y luego reencontrarse; y pueden reparar los desencuentros, sanar las heridas e ir nutriendo el vínculo en la medida que han atravesado dificultades y superado muchos conflictos. Esa es la experiencia de habernos enamorado, desenamorado y luego enamorado de nuevo de la misma persona, dentro de la misma relación”, plantea la especialista. En este sentido, si mantenemos el compromiso con el vínculo mientras pasamos por una fase de desenamoramiento  o crisis  -siempre que esa sea la decisión compartida y que no atente contra las propias necesidades– lo que ocurre puede ser muy transformador: que nos podemos volver a conectar e involucrar emocionalmente, y reconocer en una versión más profunda honesta y madura de nosotros mismos. “Se trata de reconstruir vínculos que integran lo bonito y lo difícil”, añade Báez.

Mientras que Soledad Grunert, añade que en la medida que nos decepcionamos de la pareja –en contraposición a la idealización inicial–, también aparece una nueva fase en el vínculo: si la primera fue de simbiosis o indiferenciación, esta segunda fase sería de diferenciación e individuación. “Aquí empezamos a poder ser quiénes somos, y finalmente ir hacia el buen amor en un vínculo seguro. Es decir, tener la posibilidad de ser quien soy y sentirme a salvo junto a ese otro. Imagina lo poderoso que puede ser eso: ser amada siendo quien soy. Transitar esa segunda fase es la que nos permite llegar a un tercer estado, que es el más poderoso, el de la sinergia, donde se produce la conexión más profunda y verdadera, con lo bueno y con lo malo. Y para eso se necesita el conflicto. Ya no se trata de que las diferencias, las microdecepciones o el desenamoramiento sean inevitables, sino también deseables. Enamorarse, desenamorarse y volverse a enamorar en una misma relación de pareja, habla de la sustentabilidad de ese vínculo y de su capacidad de construir un buen amor”, concluye.

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