Formas de amar: El apego y las relaciones de pareja




“Lo que somos se lo debemos al afecto”, dijo el Dalai Lama. Fue en la posguerra que el psiquiatra británico John Bowlby, basado en sus propias vivencias y en observaciones del comportamiento infantil, estableció que los niños necesitan una relación cercana y sostenida con su madre o con un “cuidador principal”, que les brinde protección, para desarrollarse cerebral y emocionalmente. Y así nació su teoría del apego.

A fines de los años 80, los psicólogos estadounidenses Cindy Hazan y Phillip Shaver llevaron sus postulados al terreno amoroso y concluyeron que el estilo de crianza que tuvo un sujeto determina sus futuras elecciones de pareja y la forma en que construye sus relaciones adultas. Eso significa que amamos como nos amaron.

El apego puede definirse como la “habilidad para formar un vínculo emocional y físico hacia otra persona, que da un sentido de estabilidad y seguridad necesario para tomar riesgos, crecer y desarrollar la personalidad”. Es tan importante, que un pequeño cuya primera experiencia con un “sostenedor” es confiable, tenderá a asumir que así son las cosas e irá en búsqueda de lazos funcionales, mientras que otro con una mala vivencia de apego, la reproducirá.

“Según la teoría de Bowlby, los vínculos que se forman entre el niño y sus cuidadores van organizando ‘modelos internos operantes’, que persisten a lo largo de la vida”, comenta Daniela Becerra, psicóloga clínica y fundadora del Centro Psicológico 1006. Dichos vínculos afectan la percepción que cada individuo tiene de sí mismo y de los otros. “A partir de la interacción repetida con figuras significativas, el niño internaliza creencias, que incluyen representaciones acerca de las propias capacidades para merecer cuidado y afecto, lo cual está relacionado con el grado de ansiedad que experimenta ante el abandono o el rechazo de quien es la figura de apego”, agrega. En el futuro, esto tiene un impacto en cómo los individuos se conducen en la intimidad, al igual que en la regulación de sus emociones o en el modo en que resuelven los conflictos.

Hay cuatro tipos de apego que replican las personas con sus parejas en la adultez: seguro, inseguro-evitativo, inseguro ansioso-ambivalente y desorganizado. Para Becerra, las palabras que resumen mejor a cada uno de ellos, son: “comodidad”, “hiperautonomía”, “dependencia” y “amenaza”, respectivamente.

Seguro. La figura de apego se preocupa y atiende al bebé; le transmite afecto y posibilita su autonomía. Cuando su cuidadora se ausenta, el pequeño experimenta ansiedad, pero, a su regreso, está a gusto con ella. “De adulto se siente cómodo con la cercanía e interdependencia en las relaciones, reconoce sus emociones, expresa sus necesidades afectivas y entabla vínculos duraderos; cree ser digno del amor de los otros, el cual es confiable y dependiente”, enumera Becerra. Es el tipo más saludable de apego. “Una persona con apego seguro busca la proximidad del otro como una forma de obtener seguridad y protección, mientras que aquellos con estilos de apego inseguros, desactivan las necesidades de apego para resguardarse de un potencial abandono y/o rechazo”.

Inseguro-evitativo. El niño recibe un amor deficiente, lo cual es doloroso. Su cuidador(a) considera caprichosas o excesivas sus demandas y escamotea el contacto físico. El niño crece con la idea de que no puede contar con los demás, con desilusión porque no se siente atendido ni valorado, ya que buscar a la madre para satisfacer sus necesidades significa rechazo. Se convierte en una persona huidiza, desconfiada, que vive la necesidad de afecto como una debilidad y reprime sus sentimientos. “No está cómoda con la intimidad e interdependencia de las relaciones y las personas con que se relaciona no son confiables ni dependientes”, dice la psicóloga. Cuando hay problemas o discrepancias, pone distancia y huye.

Inseguro ansioso-ambivalente. Predomina un vínculo inconsistente. Quien cuida al bebé, a veces se muestra alegre y cariñosa (o), y otras, fría (o), al punto que ignora sus necesidades. Esto implica que el infante no sabe qué tipo de respuesta va a tener y exagera para llamar la atención. El resultado es un adulto ansioso e inseguro en sus relaciones, con baja autoestima, que vive pendiente de la aprobación del otro, “cree no ser digno de su amor y teme ser abandonado”. También le resulta difícil confiar, tiene miedo al rechazo o a ser traicionado. Puede que agobie a su pareja, por la ansiedad que le provoca la separación. Suele involucrarse en vínculos altamente dependientes y los sabotea, mediante los celos o el melodrama.

Desorganizado. Es el estilo más patológico, ya que quien se encarga del niño es insensible o ejerce violencia sobre él. Y este no puede sobrevivir sin su sostenedor(a,) pero a la vez le teme. “De adulto, sus relaciones íntimas están conformadas por la agresividad, de manera que anticipa que va a ser agredido por los demás. Aunque lo que necesita es seguridad, tenderá a romper las relaciones fácilmente o bien rechazar al otro, porque lo vive como peligroso”, explica Becerra. Le cuesta identificar y regular sus emociones, “con un intenso sentimiento de confusión y dificultades para respetar los derechos y los límites del otro”. Esto, porque aprendió una forma de relacionarse en que no había respeto por lo que sentía (de niño), sino autoritarismo.

Según los estudios que realizaron Hazan y Shaver, el 56% de la población tiende a establecer un apego seguro, mientras que el estilo desorganizado afectaría a una minoría (1 a 5%). Si bien, por sus formas primarias de vinculación, el ser humano está “programado”, de cierta forma, para comportarse de una manera en las relaciones de pareja, no todo está perdido. Quien tuvo un apego inseguro en la infancia, no tiene por qué pasarse una vida enredado en vínculos disfuncionales. “Los modelos internos operantes pueden ser modificados por nuevas experiencias gratificantes y seguras con otras figuras de apego”, subraya Becerra, quien se ha especializado en terapia de pareja y familia.

No hay que perder de vista, eso sí, que las relaciones amorosasson de las experiencias de apego más significativas en cuanto a la salud mental, ya que despiertan y activan ansiedades, temores y funcionamientos psicológicos y relacionales muchas veces no conscientes para los miembros de la pareja”. Al respecto, “el autoconocimiento de los integrantes puede aportar a la construcción de una relación saludable, si cada cual identifica lo ‘propio’ (limitaciones, malestares) y hace interpretaciones de la conducta de la pareja, que sean positivas para el fortalecimiento del vínculo’ “, señala.

Bowlby, el creador de la teoría del apego, decía que ”la psique humana, al igual que los huesos humanos, está fuertemente inclinada hacia la autocuración”. Becerra recomienda consultar a un profesional si la persona observa que “hay patrones relacionales repetitivos (muchas veces disfuncionales y que no generan bienestar) y está la motivación por no repetir y explorar relacionamientos distintos”. Hurgar en los miedos, en las necesidades insatisfechas, en las formas de comunicarse. Revisar qué es lo que quedó dislocado y aún impide abrirse a una relación auténtica y segura.

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