La canción que me marcó: Porque te vas, Jeanette




La primera vez que escuché esta canción no debo haber tenido más de siete años, en alguna instancia festiva junto a mi mamá y mi abuela cuando aun vivíamos todas en el mismo país. Esa vez la debo haber bailado con ellas, que seguramente la cantaban con el entusiasmo que las caracteriza, siendo ambas dos Leo –prometí anticipadamente no meter la astrología en este relato, pero se me hace inevitable destacar que justo ambas lo son y que, en general, las personas importantes en mi vida casi siempre lo han sido–, ciertamente ambas muy independientes y de carácter fuerte y hermoso espíritu aventurero.

Las debo haber estado mirando con profunda admiración, tratando de seguirles el ritmo, probablemente sin captar del todo que la razón por la que cantaban con tanto fervor era porque se sentían identificadas, así como yo, ya teniendo 30, también me veo en esa canción. Aun así, ese recuerdo es difuso y no representa más que un fragmento vago y poco articulado de lo que pudo haber sido una noche de fiesta y baile como las que solía haber en la casa de mi abuela todas las navidades, en las que se juntaba la familia extendida y todos los amigos que venían llegando del extranjero con el sueño de armar vida en esa ciudad frenética que me vio nacer.

No fue hasta la segunda vez que la escuché –quizás hubo otras entre medio pero esta es la que retengo– que realmente removió algo en mi interior. Más allá de los sonidos evidentemente setenteros y la voz dulce y casi infantil de la artista británica española, que ciertamente fueron factores decisores, lo que decía la canción resonaba en mí, quizás de sobremanera, y me llamaba la atención. Esa vez ya era adulta, viviendo en otro país y lejos de mi mamá, mi hermana, mi abuela y mis tías. Y la experiencia se dio mientras veía Cría Cuervos, película del español Carlos Saura, lanzada en 1977 y protagonizada por una Ana Torrent de niña que, en una escena ya clásica para el mundo cinematográfico, encuentra el disco, pone esta canción y empieza a bailar con sus hermanas.

Fue ahí que me detuve en las letras –o en la sensación nostálgica que transmitía la cantante al cantarlas– y fue ahí que me di cuenta que mi vida, o al menos la narrativa que había construido mi núcleo cercano, estaba marcada –entre muchas otras cosas maravillosas también– por una sensación en particular: en algún momento alguien iba a agarrar sus bolsos y partir. Y si no eran los hombres de la familia, que hasta la fecha no duraban más de cierto tiempo, iba a ser una de nosotras. Mi madre ya había vuelto a empezar múltiples veces, y desde que cumplió 15 y se fue junto a su mamá y hermana de Argentina a Nueva York, habían sido ya varios los desplazamientos por el globo. Así también mi abuela y mi tía. Y mi padre hace varios años. Y mi abuelo, que directamente no apareció más.

Por mi lado, crecí sintiendo que ese era un relato ya muy instaurado en nuestras dinámicas familiares. Y es que irse ya era costumbre. No así preguntar por qué. Así mismo se dio cuando a los 15 supe que nos iríamos de un lugar y llegaríamos a otro que yo no conocía y en el que no tenía ni amigos ni familia. Y así también cuando una vez me dijeron por teléfono ‘no te aferres a lo material, nosotras somos nómadas’. Sentí una ira profunda porque a mí nadie me había preguntado si quería serlo, simplemente fue la lógica en la que me educaron y que a ratos rechacé y resistí con toda mi fuerza, pero luego también agradecí profundamente. Y es que, como es lo que vi desde muy chica, fui creando de manera inconsciente mecanismos de defensa que me llevaron, en múltiples momentos de la vida, a hacer lo opuesto a lo que harían ellas, las mujeres movedizas de mi familia. Quise, en varias ocasiones, romper con ese relato, y no porque no quisiera partir –ese impulso estaba ahí– sino que para diferenciarme de ellas.

Quizás por eso también, me quedé tanto tiempo inmóvil y estática en un lugar y en una situación. Y es que esa idea de irse que rondaba en el imaginario empezaba a traspasar las barreras de lo familiar y afectaba a los demás; nunca voy a olvidar cuando escuché a mi ex pareja decirle a un amigo ‘siento que en cualquier minuto puede agarrar sus bolsos e irse’. Pero no me fui, y por lo contrario me quedé mucho tiempo.

Yo admiraba, y admiro, la capacidad de mis mujeres de ingeniárselas, de adaptarse, de ser recursivas, rizomáticas y estar todas repartidas en el mundo. También la capacidad de tomar decisiones difíciles como lo son irse a otro lugar –la mayoría de las veces los cambios fueron por circunstancias en las que una partida era realmente la única opción, lo que lo hacía más difícil aun–, pero yo luchaba, y hasta cierto punto sigo luchando, con eso. La tendencia está; las ganas de tener una razón y partir se asoman; la nostalgia es una constante en mi vida –por otros tiempos, otros lugares y otras vivencias, incluso las que no he vivido–, pero el miedo a que me olviden, como dice Jeanette, también está. Y de que las cosas que quedaron por decir, se dormirán.

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