La (otra) pareja de mi pololo me salvó la vida




“El martes 26 de julio, poco antes de medianoche, recibí un DM por Instagram de una chica desconocida, quien me contaba que hasta ese día, llevaba dos o tres meses de pareja con mi pololo. Me decía que hasta ese momento ella no tenía idea que él estaba pololeando porque se supone que tenían una relación exclusiva y que de haber sabido, jamás habría estado con él, ya que para ella la sororidad es importante y por eso mismo me estaba escribiendo. Por si yo también estaba siendo engañada.

Me contó que él ya le había admitido que tenía pareja después de que ella le pilló una incongruencia. También me dijo que en ese momento lo echó de su casa y de su vida. Ellos se habían juntado a ver una serie como cada martes cuando él me decía que estaba en actividades laborales. Serie que luego llegaba a ver de nuevo a nuestra casa, calentito y abrazado a mí.

Al principio pensé que ese mensaje era una estafa online, he leído cosas similares, así que le contesté amablemente pidiéndole pruebas. Pero no era una estafa. Mientras mi estómago se apretaba y mi corazón se aceleraba, ella me fue entregando información y contestando todas mis preguntas. Y yo hice lo mismo de vuelta.

Cuando tuve la información necesaria fui a su pieza –vivíamos en la misma casa, pero cada uno tenía su espacio– prendí la luz, lo desperté y le dije que Camila (su otra pareja) me había contado todo. Yo estaba completamente en shock. Sentía diez mil cosas al mismo tiempo y las imágenes y recuerdos se me agolpaban hasta marearme y darme náuseas. En ese momento empezó un malestar horrendo en mi pecho del que aún no me deshago.

No sé cuánto tiempo estuve gritándole, preguntándole cosas, exigiendo explicaciones, mientras él balbuceaba, lloraba y me pedía disculpas. Honestamente no creo que se haya arrepentido de lo que hizo, sino de que lo hubiese pillado. Ese momenro fue horrible, eterno, traumático, doloroso y humillante. Ví como mi vida se derrumbaba junto al precioso futuro que estábamos preparando, junto a mi hogar, junto a mi paz, junto a la alegría que sentía por nuestra relación de ya dos años y varios meses.

Cuando no tuve nada más que gritarle y sentí que seguir en el mismo espacio con él no tenía ningún sentido, volví a mi pieza, le avisé a Cami que también lo había encarado y me quedé un rato chateando con ella. Qué cosa tan extraña encontrar refugio en una desconocida cuando quien pensabas que era el amor de tu vida y el futuro padre de tus hijos te desgarra el corazón con su crueldad.

En paralelo le escribí a algunas amigas para pedirles ayuda porque al otro día, apenas despertara iba a empezar a desarmar el departamento para irme. A otra amiga le pedí que me recibiera pues justo su roomie se iba de su departamento. “Gestioné” porque es lo que mejor sé hacer ante una emergencia. Me tomé una pastilla y me fui a dormir deshecha y aullando de dolor contra la almohada para que no se escuchara y no despertar ni asustar a mis vecinos.

Al otro día desperté temprano. Quienes han pasado por algo así, saben cómo es el momento donde llega ese primer recuerdo que te dice que no fue una pesadilla y todo el horror que sentiste vuelve a instalarse. Esperé mientras me deshacía en llanto a que él se fuera a su pega y ahí me levanté, me duché, me preparé un café enorme y empecé a empacar.

A las 10 am empezaron a llegar mis amigas y desde ahí no volví a estar sola. Llegaron con bolsas, carros, cajas, cosas para envolver, vinos, chocolates y tiras de clotiazepan. Otras me llamaron, me escribieron, se hicieron presentes como pudieron. No me dejaron desmoronar, me sostuvieron cada vez que sentía que me iba a caer. El amor que sentí esos dos días de mudanza es algo que nunca voy a olvidar y este relato es también un homenaje a cada una de ellas. En medio de todo el dolor sentí que algo bueno debí haber hecho para merecer amigas así.

No comí nada en todo el día, quizás un par de los bombones que me llevaron. No he podido volver a comer con normalidad. Nada pasa, ni una taza de té completa ni un vaso de “chelada” (que me encanta). La angustia y el malestar físico que siento me lo impiden hasta hoy.

Con el paso de los días me fui enterando de más cosas horrendas, como que era mentira cuando me decía que se quedaba con uno de sus amigos que lo estaba pasando muy mal, porque en realidad se quedaba con ella. O una vez que se fue de viaje el mismo viernes que a mí me echaron de mi pega. Esa vez le pedí por favor que se quedara conmigo esa noche y que se fuera al día siguiente en la mañana. Esos días también estuvo con ella.

Una de las cosas que hace más terrible esta historia es que habíamos empezado la conversa de formar una familia juntos. Él me dijo que quería ser papá y yo le expliqué que no era el momento porque poco antes había tenido una tremenda crisis con mi madre y mi idea de la maternidad estaba profundamente herida. Al tiempo empecé a sentirme mucho mejor y a sanar esa crisis que me tenía bastante deprimida, y las ganas del futuro que siempre hablamos volvieron a mí. Iniciamos una terapia de parejas para ello, para hacerlo bien y ser capaces de hablar de todo.

En varias ocasiones en que nos sentábamos a conversar largamente sobre la crisis de nuestra relación en torno a lo de los hijos, le pregunté si estaba seguro de querer seguir juntos, le pregunté si había conocido a alguien más porque se alejó un poco de mí; le pedí que si pasaba lo conversáramos con honestidad y calma, porque podíamos: ambos éramos personas capaces de diálogo. Sobre todo recuerdo la vez que le pedí que por favor no me “hiciera hacer el loco” si es que conocía a alguien más. Que todo era conversable. En cada ocasión lo negó y me reafirmó cuánto me quería y me dijo que nunca había tenido una compañera como yo.

En las últimas semanas y habiendo tenido una o dos sesiones de terapia, nuestra relación de a poco se veía más sana, más feliz, con más cercanía e intimidad, más cariño, más regaloneo. Y volvimos a tener citas que nos hacían recordar a nuestros primeros días pinchando. Estábamos contentos, él me miraba a la cara y me decía que me amaba. De hecho el último fin de semana que estuvimos juntos, fuimos a Valparaíso, ya que él tenía una reunión allá y aprovechamos de escaparnos a regalonear. Llegamos el lunes pos reunión y el martes se acabó todo.

No me resulta humanamente posible entender que pase algo así. Que alguien te mire, te abrace y te diga que te ama y que quiere estar contigo y superar los problemas, y en paralelo tenga una relación con otra mujer, una buena mujer, que además venía saliendo de una depresión gigante después de un evento traumático.

Qué clase de trastorno podría explicar tanta capacidad de engañar, tanto descaro, tan poco respeto, tanta crueldad. Pues si hay una cosa de la que estoy segura –sobre todo después de que se me pasó la estupidez del ‘¿qué hice mal?’ o ‘¿qué pude haber hecho de otra forma?’– es que yo lo había amado profundamente, lo había cuidado, deseado y admirado. Y es que, según yo, lo teníamos todo. Éramos ‘millonarios’, como yo le solía decir. Teníamos pegas que amábamos, una casa linda, buena salud, familias cariñosas que se llevaban bien entre ellas. Compartíamos una visión política que nos unió, una idea de país que nos hizo salir juntos tantas veces a la calle. Teníamos sueños, proyectos y planes. Teníamos los medios. Teníamos tiempo.

Y él, en pleno uso de sus facultades y a sus casi cuarenta años, decidió echar todo por la borda, y de paso, destrozarnos a Cami y a mí.

Este tiempo he hablado mucho de Cami con mis amigas, porque al final, ella me salvó la vida y le voy a estar eternamente agradecida. En medio de todo su dolor, su decepción y su rabia, encontró un espacio de generosidad para escribirme y advertirme.

Sí. La pareja de mi pololo me salvó la vida.

Podría haberme enterado embarazada, podría haberme enterado con un hijo o hija en común. Pero fui solo yo y un departamento y una vida literalmente hecha bolsas. Sé que hay gente que ha vivido cosas mucho peores. Esto es solo lo que me tocó a mí.

Ahora me estoy rearmando, el departamento con mi amiga está quedando bello, tengo varias ofertas de trabajo porque ahora recuerdo después de sentirme tan poca cosa, que soy buena en lo que hago. Ya puedo tomarme una taza de café entera y casi un plato de comida al día. Ya pude volver a bañarme, a lavarme el pelo y hacer esas cosas de adulta funcional sana que parecen cosas mínimas pero que para mí se sienten como una hazaña.

Comparto todo esto porque odio la idea tóxica de que solo lo bueno se comparte y lo malo se vive en soledad. Quizás alguna chica lo lee y se siente acompañada. Quizás solo escribo porque me resulta terapéutico. Lo importante es que sé que sigo siendo millonaria: tengo amigas, familia, salud, trabajo y fuerza para salir adelante. No podría pedir más”.

Daniela Watson Ferrer tiene 33 años, es comunicadora y feminista.

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