Los tuyos, los míos y los nuestros

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Cuando me estaba separando de mi ex pareja tomé la decisión de mandar a nuestra hija Fernanda a la casa de mis papás en el sur. Hace tiempo que ya no estábamos realmente juntos, pero seguiamos viviendo en la misma casa. Mientras tomara la decisión, entonces, la mejor opción era que Fernanda, que en ese entonces tenía 6, estuviera con sus abuelos en Pitrufquén.

Cuando se fue, de las primeras cosas que hice fue llamar a Claro para que fueran a instalar el TV cable, para que mi hija y sus abuelos pudieran ver tele juntos. Me dijeron que el día de la instalación, me llamaría el técnico. Llegado el día, me llamó mientras trabajaba y no alcancé a contestar. Como no podía devolver el llamado, agregué el número a Whatsapp y le escribí por ahí. Le avisé a mi mamá que el técnico iba en camino y me desligué.

Tres días después, en el metro, mientras miraba mis conversaciones en el celular, me dieron ganas de escribirle. No sabría explicar racionalmente ese impulso, porque fue, de hecho, una corazonada. Sin darle muchas vueltas le puse: "Hola Nelson, tengo un reclamo con la instalación", como para dar paso a una conversación. Él me respondió diciendo "imposible, dejé todo ok". Con esa respuesta tan cortante me dio vergüenza y no le hablé más. Al otro día me habló él. Y desde ese día de enero del 2014, no dejamos de hablar.

Pasaron dos meses en los que hablamos todos los días. Nunca nos habíamos visto –yo había sido una mera coordinadora a la distancia de la instalación del cable–, y tampoco habíamos visto fotos nuestras, pero había una conexión superior. En un principio, partí explicitándole mi situación. Yo estaba emparejada en términos prácticos pero ad portas de tomar el paso de terminar definitivamente esa relación. Él se había separado recientemente, también de una relación prolongada, y había arrendado una casa en la que tenía pocos muebles y dormía solo con su perro. Estábamos en una situación similar y nos entendíamos. Y siempre, desde el primer minuto, nos hablamos desde la honestidad.

A finales de febrero, mientras yo volvía a mi casa del trabajo, Nelson me escribió y me preguntó si quería viajar al sur a conocerlo. Él tenía ganas de llevarme al Salto de la princesa. Le dije que estaba loco y que aún no estaba lista para tomar ese paso. Pero le seguí dando vueltas en mi cabeza durante todo el día. Era la propuesta que necesitaba para dar el paso y tomar una decisión. Esa misma noche pesqué mis cosas, conversé de manera definitiva con mi ex pareja y viajé al sur. Nelson me estaba esperando en el terminal de Temuco.

Fue un fin de semana maravilloso y fuimos, efectivamente, al Salto de la princesa. El domingo yo tenía que volver a Santiago porque al día siguiente trabajaba, pero no me devolví. Fui, en cambio, a la casa de mis papás y decidí quedarme ahí por un tiempo junto a mi hija. Al menos hasta que resolviéramos qué hacer. Mis papás aun no sabían que había pasado el fin de semana con alguien que apenas conocía.

Durante esos meses me quedé entre la casa de mis papás y la casa de Nelson. De a poco la fuimos amoblando con la idea de que eventualmente ese sería nuestro hogar. Viviríamos juntos él, mi hija y yo. Su hija Javiera, que vive con su mamá, vendría cada 15 días. Al poco tiempo yo me puse a trabajar y después a estudiar técnico en enfermería. Todo esto apoyada por Nelson, quien insistió que estudiara. De a poco, entonces, fuimos conformando la casa y la familia. Y mi hija pasó a vivir con nosotros.

Pero no fue fácil. Como todo en la vida, al principio hubo más caos e incertidumbre que otra cosa. La familia de Nelson creía que él se había separado de la madre de su hija por mí y no estaban dispuestos a aceptarnos. Mi familia, por su lado, tampoco confiaba tanto en él –más adelante lo incluirían en todo y pasaría a ser un integrante más en nuestro núcleo cercano– y, como si fuera poco, nuestras hijas tampoco se llevaron bien en un comienzo. Había celos muy propios de la edad (Fernanda tiene 12 y Javiera 10) y poca disposición. Era como si todos se nos hubiesen puesto en contra justo en el minuto en el que tomamos la decisión de dar vuelta la página y crear una vida juntos desde cero. Muchas veces me cuestioné si esta movida tan radical correspondía, si valía la pena y si iba a perdurar en el tiempo. Todas dudas que se hacían cada vez más frecuentes pero que supimos llevar bien. A todos nos tocó adaptarnos.

Cuando llevaba dos años estudiando quedé embarazada, contra todo pronóstico. Ya llevábamos un tiempo en esta dinámica familiar y Javiera y Fernanda se estaban acercando cada vez más. La llegada de Mateo sirvió para fortalecer más el vínculo, porque ahora andan a todas partes con él como si fuese un muñeco. Una lo baña, la otra lo viste y juegan todo el día. Y desde que nació, Nelson y yo nos hemos preocupado de enseñarles a los tres que no porque no sean hermanos de sangre, no son familia. Porque en definitiva, se están criando juntos y hemos vivido todos los procesos propios de una familia.

Pensándolo en retrospectiva, me doy cuenta de lo riesgosa que fue mi movida. Pero por suerte en su minuto no dejé que el miedo me inmovilizara y opté por la aventura. Estoy consciente de los riesgos, pero también fue hacerle caso a mi instinto. Ya llevábamos dos meses hablando y yo sentía que lo conocía. En ese tiempo dimos paso a una complicidad que yo pocas veces he sentido, incluso con personas que conozco de toda una vida. Y por lo mismo, agradezco haberme lanzado, porque de no ser así, ambos seguiríamos con nuestra vida sin sentido que teníamos antes. De no haberme atrevido, no habría conocido el amor. Porque lo que tuve antes fue una ilusión, pero con Nelson conocí el amor en el sentido amplio de la palabra. Muchas veces me acuerdo del minuto en el que me dije a mí misma: "si no lo hago ahora, me lo voy a cuestionar toda la vida". Si no me arriesgaba, perdía una oportunidad.

Siempre pienso que con Nelson nos conocimos en el minuto que más necesitábamos conocernos, sentimental y emocionalmente. Ambos estábamos con carencias afectivas y nos hemos preocupado de sanar nuestros traumas juntos. Han pasado seis años y hemos conformado una familia entre los suyos, los míos y los nuestros, con todos lo hermoso y a ratos difícil que eso conlleva.

Genoveva Prieto (27) estudia técnico en enfermería y es mamá de Fernanda y Mateo.

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