Con ropa cómoda nos vemos mal

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A propósito del confinamiento, la semana pasada en una videollamada de viernes por la noche con mis amigas comentamos cuál había sido nuestro look de cuarentena. La mayoría no salía de las calzas o buzo, poleras anchas, un moño desordenado y cero maquillaje. Nos reíamos imaginando qué pasaría si el tipo con el que están saliendo -las que aún son solteras- las viera con ese look. En eso, la conversación evolucionó a la ropa de ellos. 'No creo que se vistan tan distinto a como solían hacerlo antes de estar encerrados', dijo una. Ante eso, mi primer comentario fue: 'Es que en el caso de los hombres la ropa da lo mismo. Nosotras nos fijamos más en su personalidad que en cómo se visten'.

Apenas solté esa frase, me quedé pensando lo injusto que era lo que acababa de decir. ¿Por qué deberíamos medir con distintos patrones físicos a hombres y mujeres? Pero lamentablemente es así. Ya no recuerdo cuántos años tenía la primera vez que usé un zapato con taco incómodo o que me puse un vestido con el que a penas me podía mover. Pero sé que lo he hecho miles de veces. Mi marido, en cambio, en su clóset tiene dos pantalones, tres poleras y un terno que ha usado los últimos 15 años cada vez que ha tenido un evento un poco más formal. El último matrimonio al que fuimos le dije que por qué no se compraba uno nuevo, un poco más ondero. Su respuesta fue '¿Para qué? Y claro, tiene razón.

En estos días de encierro me ha dado cuenta de que todos los rituales de belleza que tenemos las mujeres son sociales. Y por supuesto la ropa es uno de los más relevantes. Salimos de la casa como si estuviésemos entrando en un personaje de una obra de teatro. Dependiendo del lugar al que vayamos armamos un look con el objetivo de robarnos las miradas. Que la gente diga, 'qué bien se viste -y se ve- esta mujer'.

A los hombres en cambio, eso no les interesa. Y no les interesa porque en realidad nadie les exige vestirse bien. La sociedad ha sido permisiva con ellos en ese aspecto. Está el típico caso del hombre con un look deslavado, que pareciera que no se baña; que usa poleras con hoyos y el mismo pantalón todo el año, y que todas encontramos mino y ondero. Mi reflexión no va por el lado de que todas y todos deberíamos vestirnos formales siempre. Todo lo contrario. Encuentro increíble lo que se ha dado estos días, en que la ropa ha pasado a segundo plano. Mi tema tiene que ver con la desigualdad. ¿Se imaginan a una mujer que anda con la polera toda rota o sucia y el pelo enredado? Cuando estaba en la universidad tenía una compañera que se vestía así y la mayoría de hombres y mujeres hablaban de ella como si fuese cochina. Incluso ahombrada.

Las mujeres hemos estado históricamente amarradas a prendas de vestir que lo único que han hecho es coartar nuestra libertad y comodidad. Si nunca nos sacamos el maquillaje, ¿cómo podrán los otros descubrir nuestra belleza natural? O si no nos sacamos los tacos, ¿cómo podremos saber qué tan lejos podemos correr?

Pienso que este encierro es una buena oportunidad para cuestionarnos cómo nos vestimos y para quién nos vestimos. Mujeres y hombres. En la mitad de una pandemia que ha puesto en riesgo el futuro de todas y todos, debemos darle a la ropa el lugar que tiene. No sé si es el que históricamente le han dado los hombres, porque ellos aunque no se preocupen de su ropa, si se han preocupado siempre de la nuestra. Las cosas van a cambiar cuando realmente esto no sea un tema para nadie. Ni para ellos, ni para nosotras.

Andrea (36) es publicista.

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