Maternidad y vida en soledad

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Cuando niña siempre soñé con formar una familia, quería tener al menos tres hijos y un compañero para esta aventura que tanta ilusión me hacía emprender. Vengo de un núcleo familiar quebrado. Mi padre dejó a mi madre en búsqueda de un nuevo amor y fue tanto lo que la vi sufrir por el abandono y por ser mamá y papá a la vez, que estoy convencida de que ella hubiese perdonado las reiteradas infidelidades y malos tratos de mi papá con tal de no destruir su matrimonio.

Mi madre volcó todas sus energías en mi hermano que en ese entonces tenía cinco años. Yo y mi hermana mayor, en cambio, vivimos esto solas. "Ya eres grande, no necesitas ayuda", nos decían, y así fue como enfrenté esta situación y varias otras sin jamás pedir ayuda, en la más completa soledad. Pasaron los años y tuve amores importantes. Y por más de alguno vi el lado oscuro del desamor. Lloré cada una de mis penas siempre de noche, sin que nadie me viera, mentalizada en parecer un roble hasta que conocí al padre de mi hija. Con él, por primera vez me sentí realmente importante para alguien.

Después de seis años de pololeo, decidimos irnos a vivir juntos. Aunque al principio fue difícil adaptarme a la vida en pareja, me negaba a la posibilidad de fracasar. Yo quería mi familia sí o sí. Pasaron un par de años y quedé embarazada, algo absolutamente esperado y buscado. Por fin comenzaríamos a hacer familia, pero esa posibilidad se volvió lejana. Mi embarazo lo pasé absolutamente sola y las molestias de mi estado, que en ocasiones eran realmente invalidantes para hacer cualquier cosa, era algo que mi pareja no podía entender. Nunca olvidaré que se molestaba porque no podía comer de todo.

Mi madre fue la gran compañía a las ecografías y visitas al doctor. Creo que ella siempre supo lo que se venía, y su experiencia la llevó a acompañarme en este proceso. Nunca opinó, siempre se mantuvo en silencio, pero estaba a mi lado. Siempre. Mi pareja, en cambio, me acompañó sólo a una cita con el ginecólogo. Así pasó el tiempo, hasta que nos acercábamos a la fecha de parto y él lo único que me preguntaba era cuándo realmente nacería la guagua porque necesitaba pedirse los días de post natal. Una vez más hice como si no pasara nada.

Tuvimos una bella hija que me despertó de este adormecimiento que tenía conmigo misma. Abrí los ojos y vi la soledad en la que me encontraba, y en la que siempre estuve. Mi pareja no estaba físicamente, sólo existía en mi mente, así que decidí tomar mis cosas y con mi guagua en brazos volví donde mi madre. Mi hija tenía pocos meses. Todo lo que había planeado se cayó y ya no había vuelta atrás. Me quedé sola criando a una hija y sin tener idea de cómo lograría salir adelante. Aunque en circunstancias diferentes, sin quererlo, había repetido la historia de mi mamá, esa que tanto había rechazado siendo niña.

Han pasado los años. Mi hija ya está entrando a la adolescencia y no ha sido fácil la crianza. Y aunque ella ve a su papá de manera regular y yo tengo el apoyo de mi madre, claramente el peso cae todo sobre mis hombros: los trasnoches con resfríos y fiebre; las idas y venidas a buscar a casas de amigas; los cumpleaños, tareas, reuniones y el día a día están en mis manos. No es fácil llevar una maternidad en soledad, las deudas apremian, la vida cansa y se pone todo cuesta arriba porque no tienes a nadie más que a ti misma. No hay tiempo para uno, no tienes con quién compartir tu día a día y entras en un círculo en que eres el pilar de todo. No hay partner, ni amigo, ni compañero de vida. Pero ahora no sé si realmente quiero uno. Estás solo tú, pero todo simplemente sigue. Las cosas se dieron diferente a lo que yo esperaba, pero sé que tener a mi hija fue lo mejor que hice en la vida.

Alejandra del Pilar tiene 41 años. Es mamá de una hija y administradora de empresas.

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