Maternidad y amor

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Hice todo muy rápido en mi vida. Me casé y tuve mi primer hijo a los 23 años, a los 24 tuve a la segunda, y al tercer año de matrimonio, nos fuimos a vivir afuera. La relación en un comienzo era de película, compartíamos los mismos planes a futuro y nuestra primera prioridad era formar una familia. Disfrutábamos la mayoría de las cosas que hacíamos juntos y nos encantaba la idea de ser papas jóvenes, con energía. Proyectábamos que a los 45 años íbamos a tener un reencuentro e infinitas lunas de miel, con la tarea lista y las niñitas más independientes.

Desde el primer embarazo nos vimos inmersos en una nube de amor que duró un par de años. La relación, con altos y bajos, se sentía bien. Me sentía querida y tenía toda la fe en que iba a ser el papá que yo quería para mis hijas. Pero me empecé a dar cuenta de que nadie más en mi familia lo veía de esa forma, de hecho, todos se oponían a la relación y la veían como un fracaso seguro. Yo no entendía; ¿Era su color de piel? ¿Les importaba que fuera colombiano? ¿No les gustaba su familia?

La prisa, los cambios y las crisis las vivimos intensamente. Irnos a vivir afuera fue un desafío para mí, porque pasé de ser una mujer independiente y realizada en lo profesional a ser dueña de casa. Disfruté cada segundo con mis hijas, pero sentía que algo me faltaba. Y desde entonces todo empezó a cambiar. Mi pareja se volcó a su desarrollo profesional y yo me veía sola, entre pañales, comida en el suelo y monitos animados. Eran dos mundos que pocas veces se encontraban. Y me cansé de eso. Me preguntaba qué hacía en un país sin redes de apoyo, sin mi familia y con un hombre que había dejado de importarle todo lo que no fuera trabajo. Tuvimos infinitas conversaciones al respecto, pero ninguna llegaba a puerto. Él no entendía cómo yo no le daba la oportunidad de desarrollarse profesionalmente, y yo no entendía cómo era tan difícil para él colaborar desde el "ser padre".

Decidí separarme a los 27 años. Y me vi en un abismo sin salida. Tenía por un lado a mis amigas treintañeras de fiesta en fiesta, en un espacio en el que yo no calzaba; y por otro estaban mis amigas casadas, con maridos e hijos recién nacidos que salían tarde mal y nunca de la casa y que, centradas en la crianza, no estaban interesadas en socializar.

¿Quién iba a querer involucrarse con una mujer que a los 28 años había vivido como una de 40? ¿Sería capaz de encontrar a un hombre que quisiera a mis hijas de la misma manera que las quiero yo, como sangre de mi sangre? Todos esos pensamientos iban y venían, mientras estaba inserta en una sociedad donde sentía que no tenía cabida.

Tuve un pololo con el que estuvimos juntos por casi un año, pero era una relación en la que mis hijas prácticamente no existían. Salíamos una vez por semana, era divertido, pero no había visión de familia. Él no estaba interesado en ser papá por el momento, así que di un paso al costado. Y aunque no había proyectos en común y mis hijas tenían que ser no solo parte, sino prioridad para quien decidiera estar conmigo, esa relación me hizo volver a sentirme mujer, lo que no es menor después de dos hijas. Pero no era suficiente.

Después de un tiempo, y sin siquiera estar buscándolo, encontré lo que nunca me imaginé que podía existir: un hombre que añoraba ser papá más que nada en el mundo, que amaba lo que hacía y era sensible y comprensivo. Nos conocimos en mi lugar de trabajo, donde siempre juré que nunca mezclaría las cosas y finalmente decidimos vivir la vida juntos.

Desde un inicio decidimos que conversaríamos todo: lo que buscábamos, lo que nos molesta, lo que nos hiere y lo que nos hace sentir amados. Ambos compartíamos que no habíamos tenido una vida fácil. El perdió a su esposa de 8 años por un cáncer de mama y sabía absolutamente lo que valía y no valía la pena en la vida. Por eso tratamos siempre de enfocarnos en hacerle un bien al otro, en sumar, en ser constructivos, en entregar.

De las cosas que más me conmueven hasta el momento es verlo completamente realizado con mis hijas. Él está más pendiente que yo respecto a lo que comen, en quiénes van a venir a sus cumpleaños y en si debiéramos o no empezar a ahorrar para su universidad. Y su familia me conmueve aún más. Ellos las han acogido como si fueran parte de su vida desde siempre. Nunca me había tocado verlas relacionarse tan cómodamente con personas que no fuéramos yo o mis padres. Las llevan a tomar helado y gozan con cada foto que les compartimos en el chat familiar.

Algo que me costó entender fue el compartir tareas de las niñitas. Tenía tan incorporado que era mi obligación bañarlas, darles de comer o llevarlas a la plaza, que al comienzo ver a alguien que quisiera hacer eso y más, me parecía raro. ¿Cómo no me di cuenta antes que esto es lo que hace un verdadero padre? ¿Quién me hizo creer que eso era tarea mía y de nadie más? Recuerdo que hace poco tiempo me enfermé y él hizo absolutamente todo; me cocinó sopitas de pollo, las entretuvo, limpió la casa y las hizo dormir. Para mí era inédito.

Gracias a este amor me di cuenta de que era un error sentir miedo de rehacer mi vida o creer que no me lo merecía. La culpa me hacía daño y no me estaba dejando avanzar. Ser madre era una condición que, en vez de restarme puntos, me hacía aún más completa. Tenía ahora más experiencia, sensibilidad e intuición. Desarrollé mucho más mi empatía y mi tolerancia a la frustración, porque cuando eres madre, funciona un poco así, sabes todo y no sabes nada a la vez. Por todo esto es que sentía que merecía un hombre que estuviera a mi altura, que me entendiera y me quisiera con mi pasado, mi presente y nuestro futuro. Y me siento bien al no conformarme con menos que eso. Si alguien pretende querernos, nos va a querer a nosotras y a todo lo que eso conlleva. Porque así es como funciona el amor, sin condiciones.

Macarena (29) es enfermera y mamá de dos niñas.

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