“Me pude enfocar en la esperanza de lo que venía después del cáncer porque soy una privilegiada”




“Siempre he dicho que cuando me den de alta del cáncer, voy a hacer una gran fiesta con mis amigos y mi familia. Durante la enfermedad he tenido ese horizonte, me he propuesto pensar en el futuro con mi hija y mi pareja; en cuando esto se acabe.

Pero esta no es una opción que todas las mujeres con cáncer pueden tomar. Yo pude hacerlo en parte por mi personalidad –soy una optimista–, pero principalmente porque he sido una privilegiada.

Me enteré de que tenía cáncer en enero de este año. Meses antes, en agosto de 2021, un día estaba trabajando, sentada en la mesa de comedor de mi departamento. Recuerdo que miré por la ventana y fue ahí cuando tomé consciencia de que estaba llevando una vida poco sana: trabajaba mucho y no tenía tiempo para estar con mi hija, en ese entonces de 2 años, ni con mi pareja; tampoco me estaba dando el tiempo para ir al doctor y tenía un dolor de guata hace meses.

En ese mismo instante renuncié a una pega –era independiente, entonces tenía varios trabajos– y pedí hora al dentista y al ginecólogo.

Al salir de la consulta el ginecólogo me dijo que tenía algo en la pechuga izquierda. Dijo que podría ser un quiste de agua o tal vez otra cosa, pero en ese momento era algo chico, yo no lo había sentido de hecho. Me mandó a hacer una mamografía, pero sin apuro. Había hora para enero, pero como no era urgente, esperé. A esas alturas había crecido un poco ese poroto. Llegué a la mamografía pensando en que no sería nada.

La ecógrafa llamó a la doctora y me dijo que era probable que fuera cáncer. Salí de ahí tranquila, porque en general frente a situaciones así reacciono bien. Llamé a mi pareja, también a mi mamá, pero a ambos les dije que había que seguir el tratamiento y todo estaría bien. Una amiga de mi mamá consiguió hora con un oncólogo que la había atendido a ella y ese doctor me dijo “esto es cáncer”. Me explicó que había que biopsiar para saber qué tipo y grado, pero que ese era mi diagnóstico.

Me fui a la Católica, donde me hicieron la biopsia. El resultado llegó recién a mediados de febrero y decía que mi cáncer era de los más agresivos. El doctor me dijo que lo habíamos encontrado a tiempo, pero que tenía que empezar la quimio urgente, a más tardar la primera semana de marzo. Hasta ahí yo seguía tranquila. Soy muy racional y me fijé en las estadísticas que mostraban que un cáncer como el mío, si se trataba a tiempo, tenía buenos resultados. Eso, hasta que me llegó el presupuesto. Teniendo Fonasa y además un seguro en el hospital de la Católica, para mí era un tratamiento imposible de pagar: solo la cirugía costaba casi 4 millones y las primeras quimio 2 millones cada dos semanas, eso sin contar todo lo que venía después.

Ahí se me cayó el mundo encima. Estábamos en la casa de mis suegros, recuerdo que cerré el computador y no pude parar de llorar. Llegó mi pareja y le dije que no podíamos pagar eso, que teníamos dos semanas para conseguir 5 millones, que era imposible.

Yo en paralelo había activado el GES para poder hacer el tratamiento en el hospital, pero eso demora. El doctor me había dicho que no podía esperar un mes más, y en el hospital ni siquiera me habían dado hora. Pensé que me iba a morir.

Afortunadamente tengo unos tíos a los que les va muy bien. Ellos me dijeron que no me preocupara, que me pagarían todo. Acepté y estoy agradecida para siempre con ellos, pero les dije que a penas me dieran hora en el hospital yo me iría para allá y entonces ya no necesitaría pagar.

El 3 de marzo me operaron y al día siguiente comencé la quimio en la Católica. A finales de abril terminé mi primer ciclo de quimio, que fue la más dura. Un día estaba tomando desayuno con mi pareja en casa cuando recibí el llamado del hospital. El doctor me dijo textual: “te llamo para decirte que tu cáncer es muy agresivo, si no sigues el tratamiento ahora te vas a morir”. Él sabía que yo ya estaba en quimio en el sistema privado. “Te lo digo con esta claridad para que tomes todas las medidas que sean necesarias para no morir, haz lo que tengas que hacer. Pero nosotros no tenemos hora de quimio hasta al menos tres meses más y a esa altura tú ya deberías haber terminado la quimio”, agregó.

A esto me refiero cuando digo que soy una privilegiada. No estamos hablando sólo de que la gente pobre no puede pagar un tratamiento como éste; nadie puede hacerlo. Entonces que te llamen y te digan “paga porque si no te vas a morir”, es indigno.

Haber tenido la posibilidad de que familiares se hicieran cargo económicamente de mi tratamiento y tener la mejor atención, oportuna y de calidad, fue lo que me permitió concentrarme en el futuro. Tener la tranquilidad de que me iba a mejorar y vivir este proceso con optimismo. Y no solo en términos económicos, sino que también emocionales y prácticos. Mientras duró la quimio, que me hacía todos los jueves, mis amigas venían a buscar a mi hija los días viernes, sin falta, y se la llevaban a distintos panoramas para que yo pudiera descansar –después de la quimio quedaba mal– y para que ella no me viera en ese estado. Otros amigos venían al departamento durante la semana a cocinar, o a acompañarme a caminar, y mis mejores amigas me hacían una comida rica los miércoles, antes de las quimio. En mi trabajo me dieron todas las facilidades, respetando mis tiempos y apoyándome económicamente. Mi mamá ha estado disponible para mí 24/7, al igual que toda mi familia (hermano, primos, tíos, abuela) y la de mi pareja. Me llegaron tantos mensajes y solidaridad de gente que ni siquiera conocía, o que había dejado de ver hace tiempo. El cáncer es una enfermedad que no se puede vivir sola, y en eso también fui una privilegiada porque todo el tiempo me sentí rodeada, acompañada.

Entonces cuando digo que me concentré en el futuro, en la esperanza de lo que venía después del cáncer, lo hago consciente de mis privilegios, económicos y sociales, algo que por supuesto debería ser un derecho, la base para cualquier mujer, para cualquier persona”.

Beatriz Michell es periodista y tiene 39 años.

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