Miedos en el amor: “Dejamos de relacionarnos por temor a que nos hagan daño, pero eso no es algo que se pueda evitar”




“Hace unos días, en una conversación casual con amigas, una de ellas contó su más reciente historia de desamor y terminó diciendo que a veces se exponía demasiado, pero que al final no se arrepentía porque de qué se trataba, si no, vivir la vida. Esa declaración me quedó dando vueltas y unos minutos después, incluso cuando ya nos habíamos pasado a otro tema, balbuceé en voz alta mis pensamientos: ‘yo, en cambio, me encapsulo y me protejo’. No me di cuenta que lo había dicho realmente y mis dos amigas se quedaron en silencio. Supieron detectar que se trataba de algo que me estaba inquietando, y por eso me dieron unos segundos para desarrollar la idea. Me miraron con contención, y yo me sentí lo suficientemente segura como para seguir. ‘Y creo que me he perdido de muchas oportunidades por eso’, dije finalmente. No lo iban a decir ellas, pero en eso último estábamos todas de acuerdo.

Y es que, efectivamente, a lo largo de mi vida adulta, me he enfrentado a las situaciones amorosas y afectivas desde el miedo. Y el miedo solamente inhabilita e inmoviliza. En vez de hacer, ir y buscar, te hace permanecer en lo que hemos definido como nuestro espacio seguro. Y si fuese por el miedo, nos mantendríamos ahí por el resto de nuestras vidas.

No sabría identificar muy bien la causa de esta manera de actuar, porque cuando me he puesto a mirar hacia atrás veo un historial sano, libre de grandes dolores o traumas. Tuve dos relaciones más o menos largas y saludables, en las que creo que realmente pude abrirme, crecer y aprender mucho. Pero de ahí en adelante –la última fue hace dos años– en cada pseudo intento de conectar con alguien, no he logrado liberarme de ese gran y tormentoso miedo, que me acecha y está ahí omnipresente. Casi como si quisiera retenerme. Por lo mismo, pongo en duda cuántos de estos últimos lazos han sido sinceros, porque de base, no me he mostrado realmente como soy por un miedo profundo a abrirme, quedar expuesta –como dice mi amiga–, entregarme del todo y finalmente ser rechazada. Por un miedo infundamentado a ser herida. O por mostrarme y no ser querida tal cual como soy.

Por ende, lo que he hecho hasta ahora en mis relaciones recientes ha sido saltarme todo eso, relacionarme desde la cautela y preocuparme de mantener el control. Pero esa es una manera superficial de relacionarse; poco sincera y poco acorde a la vida misma. Porque la vida es incontrolable y pensar que se la puede disciplinar y moldear a la pinta de una, es totalmente ilusorio. Esta manera de relacionarme (o no relacionarme, en definitiva) ha hecho que pierda muchísimas oportunidades. De conocer, de entregarme, incluso de sentir dolor y finalmente, de crecer. He perdido posibilidades de conectar con personas que incluso me han gustado y con los que quería crear un vínculo, todo por miedo a que saliera mal. Y eso, cuando lo pienso, me da mucha pena. Porque al final no me estoy dando la oportunidad a mí misma. ¿Por qué me hago esto? Por tratar de evitar un posible dolor, me autoboicoteo y termino cerrándome frente a la posibilidad de vivir experiencias nuevas, con todo lo que eso conlleva; sí, quizás puede haber dolor y sufrimiento, pero quién sabe, también puede haber alegría, risa, autoconocimiento y aprendizaje.

Los miedos en lo afectivo, cuando se trata de un miedo a quedar expuesta y mostrarse vulnerable, finalmente terminan bloqueando y perdemos la posibilidad de conectar desde algo más genuino y profundo. Porque yo me imagino que la base de toda relación sana está justamente en mostrarse vulnerable, pero incluso sabiéndolo, no hay nada que me genere más temor que eso. Y erróneamente creo que al asumir esta postura reticente y poniendo murallas invisibles puedo evitar el dolor, pero eso no es así.

Si una se cierra frente a la eventual posibilidad de salir herida, lo que realmente está haciendo es cerrarle la puerta a la vida misma. Porque el dolor, en definitiva, es inevitable. Es parte de, y lo que me toca asimilar ahora –ya lo sé, pero tengo que ponerlo en práctica– es que no pasa nada mucho si es que nos hacen daño. Es un aprendizaje más. La alternativa a eso es quedarse encapsulada por el resto de la vida, pero esa no es manera de vivir”.

Sofía Castello (34) es bióloga.

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