Mis amistades son los amores de mi vida




“Mi bisabuelo decía que los amigos no existen. Bajo esa creencia crió a mi abuela y ella sus hijos. Yo nunca escuché.

Como muchos niños y niñas, cuando chica intentaba hacer amigos de la manera más fácil y directa: “¿Quieres ser mi amiga?”, le preguntaba a una niña cualquiera en el parque mientras hacíamos la fila para el resbalín. “Sí, seamos amigas”, me respondía, y así empezaba nuestra aventura que duraba por el tiempo que estuviéramos jugando. Luego alguna de las dos se iba, nos despedíamos y terminaba una amistad fugaz. Un vínculo que solo duraba un par de horas, pero en el que sentíamos la confianza suficiente para permitir que una empujara a la otra en el columpio.

Mi primera amistad verdadera fue a los ocho años. Estaba en tercero básico y era nueva en el colegio. Me acerqué a comer mi colación junto a una niña que estaba en la baranda. También era nueva y en ese segundo o tercer día de clases nos hicimos inseparables. Les pedíamos a los profesores que, por favor, nos sentaran juntas cuando armaban el mapa de los puestos en la sala. Nuestros compañeros se quejaban, decían que era obvio que algo habíamos hecho, pero nosotras siempre lo negamos. No era nuestra culpa que no tuvieran la misma iniciativa, como también negamos haber hecho alguno que otro arreglo para que fuéramos el amigo secreto de la otra. Nos separamos a los doce años, cuando se fue a vivir a Barcelona con su familia. Aún recuerdo una llamada que recibí con un código de teléfono raro. Era ella y me estaba avisando que había llegado bien. Nos comunicábamos por email y, cuando coincidíamos, por Messenger. Después de diez años, la vida nos volvió a juntar cuando me fui de intercambio a España por la universidad. Ambas habíamos cambiado, teníamos distintos gustos, distintas opiniones, pero nuestra amistad era la misma. Aún lo es.

El dicho popular “los amigos son la familia que uno elige” es, probablemente, uno de los más trillados, pero no puede ser más cierto. Es verdad, uno los elige, no precisamente con un casting, pero sí en base a afinidades que puedes tener con las personas; y eso ya es una elección: compartir con alguien que, en un principio, desconoce tu realidad, tus anhelos, tus miedos y tu gusto en chocolates. ¿Elegimos bien? Eso no lo sabemos. Pero creemos saberlo, usualmente después de terminar un vínculo amistoso que catalogamos como “mala amistad”, pero que en un inicio sí nos hizo sentir cálidos, en confianza y, muchas veces, se convirtió en un lugar seguro para los momentos difíciles.

No creo que romantizar la idea de que una amistad puede durar toda la vida le haga daño a nadie. Claro que por siempre vamos a querer estar cerca de personas que nos hacen sentir bien, pero no sabemos si años después terminaremos llamándolas malas amistades.

También se dice que hay distintos tipos de amigos: amigos de trabajo, de carrete, del alma, del recuerdo, y un largo etcétera. En esta ocasión me gustaría hablar de los amigos del alma, o de quienes muchas veces cumplen la función de terapeuta –por supuesto sin reemplazan la labor de un profesional de la salud mental– en una conversación casual que puede terminar en un momento revelador y sanador. Para mí un amigo del alma es alguien a quien amas porque logras una conexión especial y tan valiosa que ni siquiera se puede describir con palabras. Es quien está ahí cuando lo necesitas: para contarle que la persona que te gusta te respondió una historia en Instagram, para compartirle los días buenos y malos; para buscar un lugar de contención o de celebración.

Una vez le dediqué unas palabras a una amiga por su cumpleaños en redes sociales. Escribí, sin pensar mucho, “gracias por ayudarme a descifrarme”. Cada año que pasamos juntas le encuentro más sentido a esa frase; y también me ha permitido encontrar ese sentimiento en otras personas y darme cuenta de que yo también he sido un aporte para ellas en el mismo carril. Cada quien construye su identidad y toma sus decisiones de distintas formas, pero es tan gratificante y sorprendente cuando una amiga o un amigo te dice una palabra o una frase que hace que te replantees las cosas, y las piezas que no lograste unir por ti mismo se unan gracias a alguien que en algún momento de tu vida fue un completo extraño.

Es verdad que cómo he descrito la amistad en estas líneas parece un cliché de las series o películas, pero después de todo la vida en sí es un cliché. Los amigos no solo están para mandarles un meme que causó un ataque de risa en medio de una reunión o para contarles problemas existenciales, sino también para vivir momentos genuinos llenos de amor; de un amor que, como cualquier otro, nos puede dañar, pero también puede resultar invaluable.

Hay amistades de las que nos separamos en momentos precisos, sin darnos cuenta en el instante de que el momento fue el correcto. Sin embargo, siempre tendremos al menos algún buen recuerdo de esas personas para las que fuimos confidentes. Pero también están esas amistades del presente, con quienes nos comunicamos a diario o cada cierto tiempo. Aquellas que convierten en memorables cosas tan simples como un viaje en metro, o algunas más significativas como un logro personal.

Dicen que uno puede enamorarse varias veces en la vida. Por eso elijo enamorarme de mis amigos y amigas sin pensar en cómo o cuándo puede terminar nuestro vínculo, que puede que sea pasajero -como tantas cosas- o duradero -como tantas cosas-. Elijo un amor recíproco, de confianza, y que me haga sentir en familia”.

Valentina González Cofré tiene 27 años, es periodista y editora de libros. En Instagram es @estrafalariaa

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.