Aprendiendo a estar conmigo misma




“Si alguien me hubiese dicho hace cinco meses atrás que iba a pasar un periodo de tiempo totalmente sola y que además no iba a sentir la necesidad de estar con otra persona porque iba a disfrutar de mi propia compañía, no les habría creído. A mis 33 años, pocas veces he estado realmente sin pareja o sin la certeza de que iba a emprender un nuevo desafío amoroso. No es que haya pololeado muchas veces, pero he tenido relaciones largas que terminaba únicamente cuando estaba segura de que iba a poder empezar otra con facilidad. Suena fuerte, lo sé, pero hasta hace poco, esa había sido la única forma que conocía.

Mi última relación se terminó en enero de este año. Y por primera vez no tenía a alguien en la mira. Pero no me preocupaba, porque sabía que no me demoraría mucho en reactivar algún viejo amor, alguna historia inconclusa o alguna que nunca fue, pero que tuvo el potencial de ser. Ese era mi modus operandi. Si terminaba una relación, me daba una o dos semanas para procesar lo que había pasado y automáticamente, como si fuese un acto impulsivo y no premeditado, mi cabeza y mis pensamientos emprendían la búsqueda. Mis dedos se ponían a teclear y la ansiedad se apoderaba de mí. No concebía –o no era algo que me acomodara– la posibilidad de que quizás lo que realmente necesitaba era tomarme un tiempo para volcar la mirada hacia adentro.

Creo que en el fondo esa posibilidad me aterraba. Porque también sabía que si finalmente lo hacía, no habría vuelta atrás. Tendría que enfrentarme a mí misma, enfrentar mi historia, mis decisiones pasadas y las futuras, y eso es algo que había logrado, con todas estas estrategias de evasión, postergar con bastante éxito. Porque en la medida de que no volcara la mirada hacia adentro, todo estaba supuestamente bien y mis pololos, parejas, relaciones y dinámicas, cumplían una función. No es que no los haya amado. Cada uno de ellos me aportó en algo y todas fueron relaciones sanas y en las que pude crecer. Pero también me facilitaban la tarea de seguir postergando un proceso que debí haber empezado hace tiempo.

No digo que sean cosas absolutamente excluyentes. Conozco a muchas personas que han emprendido caminos de autoconocimiento estando acompañadas. No creo que una tenga que estar necesariamente sola para conocerse bien. Tampoco creo que una no pueda disfrutar de la soledad y además querer estar con alguien. Pero en mi caso en particular, estar acompañada servía de excusa para no hacerlo. Porque mientras estuviera acompañada, era más comprensible que mi atención se volcara hacia la relación. Desde que tuve mi primera relación larga, a los 17 y que duró seis años, nunca he estado más de cuatro meses sola.

Había un anhelo, medio escondido aun, de conocerme en otras instancias. De dar paso a una búsqueda nueva, de no incurrir nuevamente en lo mismo. Nunca había estado conmigo realmente y esa idea me empezaba a intrigar. Porque en el fondo, no me conocía tanto. Me conocía en función del otro; cuando pololeé con un hip hopero en mi adolescencia, también lo fui. Asumí la ropa, la música y las actitudes, y realmente las sentí propias. Cuando estuve con el que hacía deportes extremos al aire libre, ahí estaba yo con los palos de trekking. Y cuando conocí al espiritual, empecé a leer sobre los chakras. No siento que hayan sido situaciones negativas. Ellos me aportaban así como yo también a ellos. Pero creo que se trataba de una situación en la que adoptaba sus creencias –que por cierto tenían ya bastante configuradas y arraigadas– por miedo a dar a conocer las mías. O quizás porque no tenía idea cuáles eran las mías. Nunca había tenido tiempo para formularlas.

Pero la pandemia vino a cambiar eso, entre muchas otras cosas. Terminé mi última relación en enero y en febrero ya sentí la necesidad de poner en práctica mi plan. Ansiosa, pero disimuladamente, empecé a escribirle a algunos amigos, a coquetear, a subir más historias de lo habitual a mi Instagram. Siempre enfocada en lo mío, porque nunca he dejado que estas cosas se acaparen de mi atención al 100% –me gusta mucho mi profesión y sigo estudiando y cultivándome a diario–, pero con más ansiedad de la cuenta. Hasta que en marzo, todo se vio interrumpido. Mis planes para conocer a alguien o retomar una vieja historia para seguir en ese estado que ya conocía bien, fueron fútiles frente a la magnitud de lo que estaba pasando. Desde entonces, he empezado un proceso de autoconocimiento que no sé muy bien cuánto durará ni qué vaya a salir de ahí, pero ciertamente ha sido algo nuevo.

No niego que en estos meses he sentido la necesidad de buscar o ser buscada. Es un estímulo que me ha costado dejar. Sé que suena torpe y desesperado, pero a veces me encuentro subiendo historias a mi Instagram que en realidad no se condicen con lo que quiero dar a conocer, pero lo hago con la intención de que ese alguien me escriba. Pero de a poco aprendiendo a soltar eso.

Me di cuenta de que más que no haber estado nunca sola, se trataba de no haber soltado nunca el control. Porque siempre sabía, en cierta medida, lo que iba a pasar en ese ámbito de mi vida. ¿Qué gracia tiene eso? ¿Acaso sentía que podía desafiar el azar o el destino? Todo eso lo he pensado en estos meses de cuarentena, en los que aproveché el impulso y decidí, por primera vez, dedicarme únicamente a esta nueva relación: conmigo misma. Una que nunca había tenido.

Me he preguntado mucho también por qué a veces nos sentimos más cómodas estando acompañadas, aunque sea una compañía que no aporta mucho, que estando solas. También me he cuestionado por qué le hemos otorgado una connotación peyorativa al “estar sola”. Por qué lo asociamos a algo malo, triste o desolador. Lo que me ha servido es entender que esa connotación negativa es una construcción social y cultural, pero que en realidad no tiene nada de negativo. Al contrario, si lo vemos como una posibilidad para estar con una misma, es bastante maravilloso. Es estar con el propio mundo interior y es una oportunidad para conocerlo, profundizarlo y reforzarlo”.

Rocío Aldana (33) es cientista política.

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