Escuela libre textil: Tramar la unión entre mujeres

La conformación de colectivos de mujeres que tejen o bordan es una tendencia que en el último tiempo se ha expandido, sobre todo entre las jóvenes. Escuela libre textil es una de estas instancias, en la que a través de los hilos, mujeres de distintas edades y sectores se encuentran, aprenden de las otras y comparten sus conocimientos con la comunidad.




Son 35 mujeres desde los 20 a los 65 años las que conforman la Escuela libre textil, un espacio que comenzó en febrero de 2019, previo al 8 de marzo de ese año, a raíz de un grupo de WhatsApp de 16 trabajadoras del textil. Muchas no se conocían, pero tenían en común el amor por el tejido, el bordado, la arpillería y la costura. Sus charlas y reuniones se transmiten en vivo para que otras interesadas puedan sumarse: les interesa ser un espacio libre y abierto. “Hay un tejido entre nosotras, pero es un tejido que no nos separa de nadie. Siempre se pueden sumar nuevos hilos, lanas, colores, puntadas. Lo vemos como un tejido expansivo”, afirma una de sus integrantes fundadoras, Karen Schmeisser (35 años), gestora cultural que actualmente dedica la mitad de su tiempo al bordado.

¿Cómo han funcionado durante la pandemia?

Desde que comenzamos, en 2019, hacemos reuniones mensuales en donde mujeres del grupo ofrecen un conocimiento o experiencia para formarnos entre nosotras. Con la pandemia seguimos funcionando igual y nos mantenemos activas, porque estábamos acostumbradas a mantener el contacto de forma virtual y a abrir nuestros encuentros a través de las redes sociales para que otras se sumen. A veces se comparten textos o reflexiones que nos surgen en nuestros procesos de creación, pero también hablamos de temas, como la historia del bordado, el rol del tejido en los movimientos políticos, feminismo y tejido, el textil en los bailes latinoamericano, el oficio textil en el campo chileno, la experiencia mística y de memoria de las mujeres en el tejido, la carga simbólica que tiene. Ninguna es antropóloga, socióloga o historiadora: casi todas hablan desde su experiencia en este rubro, ya sea en el campo, en la ciudad, en el arte. Tejer o cocer en nuestros encuentros es libre y fluye de forma espontánea. Casi todas lo hacemos mientras nos escuchamos y conversamos, pero va a depender de cómo se sienta cada una.

¿Es una instancia de contención?

Sí, pero como algo súper inherente. Como todas somos mujeres es muy potente lo que se crea y siempre está esa necesidad de desahogarse, buscar apoyo. Y muchas veces no es necesario ni pedirlo, porque es un espacio de contención donde todas podemos identificarnos con las vivencias de la otra y nos sentimos comprendidas. Pienso, por ejemplo, en las arpilleras durante la dictadura. En ese sentido veo el oficio textil como algo que cada vez toma más relevancia política: pasó de ser algo doméstico, sumiso, a ser algo que se puede manifestar en la calle, como sucede en las marchas del 8 de marzo. Hay mucho poder en este oficio, y aunque ahora estemos en aislamiento y el tejido vuelva a ser algo más doméstico, el gran desafío es que sigamos construyendo comunidad entre nosotras.

¿Hay en el tejido y el arte textil un elemento terapéutico y de sanación?

Hace poco hablábamos de eso entre nosotras. Y sí, la actividad textil tiene algo terapéutico, por eso nos da la sensación de que podemos salir un poco más sanas que otras personas de esta crisis. Todas hemos cocido, bordado y tejido tanto en este tiempo que puede ser que sea una herramienta real para estar en el presente. Es un ritual de repetición. Es muy bonita la acción en sí misma y te lleva a estados de transe y meditación activa. Cuando bordo no me atrapo en mi cabeza, sino que pienso en los sonidos del entorno o conecto con otras sensaciones. Como ya llevo bordando mucho tiempo, las puntadas no necesito pensarlas y me salen solas. Mi mano fluye automática y eso hace que mi cabeza se desconecte de mis propios pensamientos y solo piense en lo que esté pasando con mi tejido. Últimamente me ha pasado que con tanta información dando vuelta me ha servido mucho repetir siempre las mismas puntadas, siendo que antes intentaba mezclar puntos. Repetir me ayuda a descansar de la reflexión constante y de la incertidumbre. Entonces me concentro en el ahora y encuentro una conexión muy profunda. Siempre me sorprendo.

¿Te conectas más con el proceso que con el resultado?

En mi caso puedo darme el privilegio de disfrutar el proceso, porque no tengo la obligación de producir piezas para vender como le pasa a muchas de mis compañeras. “Amar más la trama que el desenlace”, como dice Jorge Drexler, te da una cierta libertad, un descanso para quienes son muy autoexigentes en la vida diaria. Algo bueno que tiene el tejido o el bordado, a diferencia de otras artes, es que se puede armar y desarmar. Porque siempre se puede volver atrás.

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