La penalización invisible: lo que cambia en el trabajo después de tener hijos
En nuestro Consultorio Legal abordamos la historia de Victoria, quien al volver del postnatal empezó a notar cambios en su trabajo: proyectos en los que quedó fuera y decisiones que comenzaron a tomarse sin ella. Una experiencia que, según el Estudio Mujer y Trabajo 2026 de Cadem y ChileMujeres, siente el 59% de las madres.
El otro día conversábamos con Victoria, quien nos contaba que volvió de su postnatal con una mezcla extraña de culpa y ansiedad. Había pasado meses sosteniendo a otro ser humano día y noche, aprendiendo a reconocer llantos, horarios imposibles y esa sensación permanente de estar alerta incluso cuando el cuerpo ya no da más. Pero el miedo más grande no era el cansancio, era volver distinta ante los ojos de un sistema que, muchas veces, no perdona la pausa ni la entrega al cuidado.
La primera semana nadie le dijo nada de forma explícita, pero empezó a notarlo detalles como reuniones que antes lideraba y ahora observaba desde atrás, decisiones que se tomaban sin incluirla, proyectos que “prefirieron dejar en otras manos”, bajo una empatía cuidadosamente formulada: “para que no te sobrecargues”. Y entonces entendió que la maternidad había aparecido en su currículum como una advertencia silenciosa.
Victoria no está imaginando cosas. Según el Estudio Mujer y Trabajo 2026 de Cadem y ChileMujeres, el 59% de las mujeres con hijos siente que su carrera se vio afectada por la maternidad. En los hombres con hijos, esa cifra baja al 27%. Una brecha de 32 puntos que no se explica por capacidad ni por compromiso, sino por un sistema que sigue distribuyendo el costo del cuidado de manera profundamente desigual.
Pero quizás lo más revelador no es lo que ya vivieron mujeres como Victoria. Es lo que anticipan quienes todavía no son madres: el 85% de las mujeres sin hijos cree que la maternidad afectaría su desarrollo laboral. Generaciones completas creciendo con la sensación de que maternar implica inevitablemente ceder algo: un ascenso, un proyecto, independencia económica o una parte de la propia trayectoria. Y lo más triste es que no están exagerando.
Durante años, el derecho laboral avanzó en mecanismos de protección: fuero maternal, permisos, estabilidad laboral mínima. Son conquistas indispensables. Pero también es cierto que, cuando la discusión se agota únicamente en “proteger a la madre”, el sistema termina reforzando una idea que puede ser peligrosa, y es que contratar a una mujer implica asumir un costo, una eventual ausencia o una disponibilidad incierta.
La contradicción es brutal. Socialmente seguimos esperando que las mujeres sean madres presentes, emocionalmente disponibles y profundamente involucradas en la crianza, pero laboralmente seguimos premiando al trabajador que actúa como si no tuviera hijos, ni cargas, ni vida doméstica detrás.
¿Qué dice la ley?
Como abogadas de familia, vemos esa desigualdad todos los días, aunque a veces llegue disfrazada de acuerdos aparentemente razonables. Mujeres que dejaron trabajos porque “era más práctico”; mujeres que flexibilizaron horarios hasta desaparecer profesionalmente; mujeres que durante años absorbieron la logística completa de la vida familiar mientras la carrera del otro seguía avanzando intacta.
Lo que muchas no saben es que la ley intenta, en distintos momentos de sus vidas, reconocer ese daño. Pero lo hace de manera fragmentada. Y ahí está el problema.
Mientras la mujer está dentro del trabajo, el fuero maternal, regulado en el artículo 201 del Código del Trabajo, la protege del despido. Y si la excluyen de proyectos, le sacan jefaturas o la van corriendo del centro, bajo el disfraz de la empatía, eso también puede ser perseguido legalmente: la acción de tutela laboral, establecida en los artículos 485 y siguientes del mismo Código, existe precisamente para esos casos en que la maternidad se convierte en una razón encubierta para discriminar.
Pero cuando esa mujer termina saliendo del mercado laboral porque se fue achicando su espacio hasta que ya no cabía, el derecho de familia intenta hacer otra reparación. La compensación económica del artículo 61 de la Ley de Matrimonio Civil reconoce el menoscabo que sufrió quien postergó su desarrollo laboral por dedicarse al cuidado. Y , por último, la Ley N° 20.680 establece que la corresponsabilidad parental no es una opción: es un deber legal compartido por ambos padres.
Son normas distintas, en códigos distintos, pensadas para momentos distintos de la vida de una mujer, pero todas están respondiendo a lo mismo: el costo que sigue pagando ella sola por el hecho de maternar.
Quizás por eso tantas mujeres viven la maternidad atravesadas por una sensación contradictoria: el amor más grande de sus vidas, junto al miedo silencioso de empezar a desaparecer en otros espacios.
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