Paula

La realidad del aborto espontáneo: una conversación que debemos naturalizar

Entre un 10 y un 20% de las mujeres que están en conocimiento de un embarazo, sufren una perdida involuntaria. La cifra es aún mayor si se considera a quienes nunca llegan a enterarse de que estaban gestando, pasando por alto un evento relevante en su historial médico. Entonces, ¿por qué hablamos tan poco del aborto espontáneo?

Socialmente, estamos acostumbradas a que el embarazo sea un tema del que conversamos con otras mujeres. Hablamos de su prevención, el miedo o el deseo de que ocurra, la felicidad cuando acontece y, afortunadamente, parece estar abriéndose espacio para compartir sin tapujos las dificultades, frustraciones y procedimientos que implican la búsqueda activa de la maternidad.

Por eso sorprende que, bajo todas esas conversaciones, subyazca un tema que muchísimas mujeres guardan en silencio: la experiencia del aborto espontáneo, una realidad profundamente minimizada. Y sorprende, sobre todo, por las cifras. De acuerdo con la Clínica Mayo, uno de cada cuatro embarazos reconocidos termina en una pérdida, sin considerar aquellos que nunca llegan a detectarse.

Entonces surgen preguntas inevitables: ¿qué pasa con el aborto espontáneo?, ¿por qué ocurre?, ¿cuántas mujeres lo viven?, ¿cómo reconocer si nos ocurre —o si ocurrió sin que lo supiéramos—?, ¿por qué es importante conocer la historia clínica familiar?, ¿cómo enfrentarlo o acompañar a alguien que lo ha vivido? Y, sobre todo, ¿por qué estar informadas sobre este tema es clave para nuestra salud?

Para abordar estas preguntas, conversamos con Dominique Truan, gineco-obstetra de la Universidad de Chile, y con María de los Ángeles Cereceda, psicóloga clínica con enfoque en género y especialista en medicina reproductiva de la Universidad Adolfo Ibáñez.

La importancia clínica

“Siempre es útil saber más sobre salud sexual y reproductiva. Pero más que centrarnos solo en las causas, es fundamental visibilizar el tema. Hablar de las pérdidas para que no se vivan en soledad y para que se consideren una posibilidad real al intentar un embarazo”, explica la doctora Dominique Truan.

– ¿Cómo se manifiesta un aborto espontáneo y de qué formas puede presentarse?

En la mayoría de los casos, un aborto espontáneo se manifiesta con sangrado vaginal, dolor tipo cólico en la zona baja del abdomen o la espalda y, en ocasiones, con expulsión de tejido. Sin embargo, también puede ocurrir sin síntomas evidentes y ser detectado únicamente a través de una ecografía.

Desde el punto de vista clínico, puede presentarse de distintas maneras. En algunos casos, el cuerpo expulsa completamente el tejido del embarazo (aborto completo); en otros, parte de este permanece en el útero (aborto incompleto) o la pérdida ocurre sin síntomas visibles (aborto retenido). También existen situaciones en que el sangrado y el dolor hacen inevitable la interrupción del embarazo, o bien se asocian a infecciones que requieren atención urgente.

– ¿Con qué frecuencia ocurre y en qué etapa del embarazo es más común?

Aproximadamente entre el 10% y el 20% de los embarazos clínicamente reconocidos terminan en aborto espontáneo. Si se incluyen los embarazos muy precoces que no llegan a diagnosticarse, la cifra puede superar el 30%.

La gran mayoría de estas pérdidas —entre el 80% y el 85%— ocurre antes de las 12 semanas de gestación. Entre las 12 y las 20 semanas son menos frecuentes y suelen asociarse a causas distintas, como malformaciones uterinas, incompetencia cervical, infecciones o patología placentaria. En estos casos, el impacto físico y obstétrico suele ser mayor y requiere estudios específicos.

– ¿Influye la edad y cuáles son las causas más frecuentes?

El riesgo de aborto espontáneo aumenta a partir de los 35 años y se eleva de forma más marcada después de los 40. En mujeres entre los 15 y los 35 años, el riesgo es menor y la causa más frecuente suele ser una alteración cromosómica esporádica. Cuando las pérdidas se repiten en este grupo etario, se recomienda realizar estudios médicos.

Entre las causas más recurrentes se encuentran las alteraciones cromosómicas embrionarias —responsables de entre el 50% y el 60% de los casos—, los factores anatómicos uterinos, las alteraciones endocrinas (como diabetes no controlada o disfunción tiroidea), las infecciones, las trombofilias y las enfermedades autoinmunes.

– ¿Existen señales de alerta que sugieran causas más complejas?

Sí. Cuando las pérdidas se repiten, ocurren en etapas más avanzadas del embarazo (desde el segundo trimestre) o se dan en mujeres con antecedentes como trombosis, infertilidad, ciclos menstruales muy irregulares, enfermedades autoinmunes, malformaciones uterinas o pérdidas tras un crecimiento embrionario inicialmente normal, es importante poner atención. En estos casos, el aborto espontáneo puede estar asociado a causas subyacentes que requieren estudio y seguimiento médico.

¿Por qué es importante reconocer una pérdida y llevar registro?

Reconocer una pérdida gestacional y dejar registro de ella es clave. Permite un manejo oportuno, ayuda a prevenir complicaciones y, sobre todo, construir un historial reproductivo real. La trazabilidad de estas pérdidas es fundamental para identificar abortos recurrentes y definir cuándo iniciar estudios específicos.

– ¿Qué ocurre con los embarazos químicos y molares?

El embarazo químico es muy frecuente y corresponde a pérdidas muy precoces, muchas veces antes incluso de que la persona sepa que estaba embarazada. Se estima que representa entre el 50% y el 60% de estas pérdidas iniciales y, en general, no afecta la fertilidad futura.

El embarazo molar, en cambio, es poco común —ocurre aproximadamente en uno de cada mil embarazos— y se caracteriza por un desarrollo anormal del tejido placentario. Requiere seguimiento médico estricto por el riesgo de enfermedad trofoblástica persistente, pero con un control adecuado no suele impedir embarazos posteriores.

– ¿Hablemos del aborto recurrente y qué implica para futuros embarazos?

Se habla de aborto recurrente cuando existen dos o más pérdidas gestacionales consecutivas, independientemente del tiempo transcurrido entre un embarazo y otro. Incluso las pérdidas muy precoces, que no siempre llegan a diagnosticarse clínicamente, son relevantes para este diagnóstico.

Tras un aborto espontáneo aislado, el riesgo de una nueva pérdida aumenta solo levemente, situándose entre el 20% y el 25%. La mayoría de las mujeres logra posteriormente un embarazo exitoso.

La dimensión psicológica

Hablar del aborto espontáneo no es solo hablar de una pérdida física. Es también abrir espacio al duelo. Para la psicóloga clínica María de los Ángeles Cereceda, poner el tema sobre la mesa es clave para aliviar una carga que muchas mujeres arrastran en silencio. “Hablar sobre el aborto y hablar sobre el duelo es lo que permite eliminar la culpa y darle espacio a las emociones que son necesarias para vivir el proceso de pérdida”, explica.

Las emociones aparecen casi siempre, independiente de si el embarazo era planificado o no. El impacto suele venir acompañado de shock, tristeza, rabia y, sobre todo, culpa. “La culpa es una emoción bastante transversal”, señala Cereceda. Son pocas las mujeres que logran tener claridad, desde el inicio, de que no son responsables de lo ocurrido, aun cuando en la mayoría de los casos no existe una causa atribuible a algo que hayan hecho o dejado de hacer.

El duelo que sigue a una pérdida gestacional no responde a tiempos rígidos ni a una línea recta. Hoy se habla de duelo complicado, justamente porque no hay plazos estándar ni una forma única de atravesarlo. Puede haber momentos de mayor calma y otros en que la pena, la ansiedad o la tristeza reaparecen frente a ciertos estímulos, fechas o recuerdos, sin que eso signifique necesariamente un problema de salud mental.

Además, no se trata solo de la pérdida de un embarazo. Muchas veces lo que se quiebra es una proyección, una ilusión, una identidad que recién comenzaba a construirse. Aparece también la sensación de un cuerpo que falló, incluso cuando médicamente no sea así.

Más que apurar el proceso, lo importante es normalizar que el duelo exista. La alerta aparece cuando la culpa se mantiene o se intensifica con el tiempo, cuando el aislamiento aumenta o cuando hay cambios importantes en la capacidad de sostener la vida cotidiana. En esos casos, buscar acompañamiento psicológico especializado puede marcar una diferencia.

El rol del entorno también es clave. Acompañar una pérdida gestacional no pasa por dar consejos ni buscar explicaciones. “Lo principal es acompañar sin juzgar. Escuchar, más que comentar u opinar”, plantea la psicóloga. Validar el dolor, aunque no se entienda del todo, respetar los tiempos y preguntar directamente qué necesita la otra persona suele ser mucho más útil que cualquier frase bien intencionada.

Porque, en la práctica, este sigue siendo un duelo profundamente silencioso. Muchas mujeres se enfrentan a reacciones que minimizan o invalidan lo que sienten: comentarios como “la naturaleza es sabia”, “tenías pocas semanas” o “Dios sabe por qué hace las cosas”. Aunque suelen venir desde el afecto, terminan aumentando el malestar y la sensación de soledad.

En ese contexto, la forma en que los equipos de salud entregan la información importa tanto como el diagnóstico mismo. La alta frecuencia de estas pérdidas ha llevado, en algunos casos, a comunicaciones frías o apresuradas, que cierran el espacio para la contención emocional justo cuando más se necesita.

Cuando las pérdidas se repiten, la experiencia se vuelve aún más compleja. Si bien cada duelo es personal, puede aparecer una cierta normalización del dolor frente a abortos recurrentes, lo que no significa que duela menos. “No estamos hechos para vivir un duelo tras otro”, advierte Cereceda. La carga emocional se intensifica y, muchas veces, la ansiedad frente a un nuevo embarazo se vuelve constante, con la pérdida siempre presente como amenaza.

De ahí la importancia de la información y la educación. Para la especialista, avanzar hacia una educación sexual integral que incluya no solo lo físico, sino también lo emocional, permitiría instalar las pérdidas gestacionales como una realidad posible y comprender que vienen acompañadas de un proceso de duelo. “Eso cambia la forma de vivirlo y también de acompañar a otros”, señala.

En ese mismo camino se inscribe la Ley Dominga, impulsada por Aracelly Brito tras vivir dos pérdidas gestacionales, una de ellas a las 36 semanas, marcada por un trato médico deshumanizado. La ley busca que las instituciones de salud cuenten con protocolos claros frente a la muerte perinatal, que incluyan manejo clínico y acompañamiento psicoemocional para la madre, el padre y el entorno cercano. Además, contempla permisos laborales en casos de muerte gestacional y neonatal, reconociendo que este tipo de duelos existen y requieren tiempo.

Hablar del aborto espontáneo, entonces, no es abrir una herida: es dejar de esconderla. Y empezar a mirarla con más información, menos culpa y más cuidado.

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