Lux Lisbon, la virgen suicida que quería vivir




¿Por qué se suicidan las hermanas Lisbon? Ni en la novela de Jeffrey Eugenides, ni en la versión que Sofia Coppola llevó al cine en 1998 de Las vírgenes suicidas, esta pregunta termina por responderse. Porque lo cierto es que a nadie le importa realmente, porque estas cinco hermanas de entre 13 y 17 años nunca fueron tratadas como individuos, sino que siempre fueron objeto, ya fuera de cuidado para sus padres, de deseo para sus vecinos o de morbo para la audiencia.

Tanto en la historia original como en la adaptación cinematográfica, quiénes narran son unos adolescentes que viven en el mismo barrio que las Lisbon, y que están obsesionados con ellas. La razón es clara: ellos están rebosantes de pubertad y adolescencia y ellas son un completo misterio, pues sus padres son religiosos y conservadores al punto de no dejarlas usar ropa contemporánea, salir con chicos o tener una vida más allá del colegio y la casa.

Al ver en sus hermanas cómo será su futuro, Cecilia, la menor, se intenta suicidar al comienzo de la película. Sus padres organizan una fiesta entre sus hijas y los vecinos del barrio, pensando que con eso van a alegrar el ambiente, pero durante la fiesta Cecilia decide saltar por la ventana de su dormitorio. Más allá de lo que realmente haya estado atacando el alma y la cabeza de la niña, los chicos romantizan su caída e inmediata muerte: “Cuando saltó, probablemente pensó que iba a volar”.

Un año mayor que Cecilia es Lux, interpretada en la película por Kirsten Dunst, quien a mí parecer al menos es el personaje más interesante de la historia. Aunque claro, quizás lo es porque al ser la más guapa, en ella ponían mayor atención los hormonales vecinos. Lux se siente ahogada y paradójicamente quiere vivir. Quiere ir a fiestas y ser persona y no objeto, por lo menos para el chico que le gusta, pero no puede. Sus padres, sin quererlo, la convierten en algo imposible de poseer, pasando a ser un objeto de admiración y deseo para los demás. No es que su personalidad haya sido un misterio, sino que no podía mostrarla.

Y cuando por fin logra que la dejen ir a una fiesta con un chico, este confirma los temores de sus padres y después de tener sexo con ella, la abandona en la cancha del colegio. ¡El cliché! El encierro se vuelve más crudo y Lux, en sus ganas de sentir, empieza a tener encuentros sexuales con anónimos en el techo, pero estas parejas esporádicas cuentan que ella no estaba presente y que le preocupaban más los granos que encontraba en sus espaldas.

Lux y las Lisbon quieren vivir, pero esa no es vida. Quieren que los chicos las tomen de la mano y bailen con ellas. Quieren escapar pero saben que, realmente, no hay escape. Y creo que eso es algo con lo que muchas mujeres adolescentes se pueden identificar. Porque para los padres están pasando por una fase, los chicos que les gustan no han madurado lo suficiente como para verlas en tres dimensiones y están constantemente forzadas a actuar en contra de sus instintos y necesidades. Y ahí ya no hablo solo sobre la película.

Las hermanas Lisbon se suicidan porque nunca vivieron realmente, porque nunca las vieron como seres vivos. Para algunos padres de mujeres adolescentes, pareciera ser todo un desafío lograr que lleguen vírgenes al menos a la universidad, como si su pureza y castidad fuera su carta de presentación y su valor más preciado. Pero tratando de lograr eso las convierten en caricaturas y en objetivos, en premios que están sobre un pedestal.

Lux se suicida por intoxicación de monóxido de carbono, sentada en el asiento del conductor del station wagon de sus padres, con un cigarro en la mano. Escapando. Las vírgenes suicidas querían vivir intensamente, estaban desesperadas por sentir. Pero su entorno las convirtió en obras de arte, que no se mueven, no se tocan y no cambian.

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