Paula

Marzo y vuelta a clases: la presión silenciosa por “verse bien”

El regreso a clases no solo trae rutinas nuevas. Para muchos niños, niñas y adolescentes también marca el retorno de una exigencia menos visible: la sensación de que el cuerpo debe llegar “mejor” al reencuentro con otros, en una cultura que sigue confundiendo salud con control.

Marzo siempre llega con la promesa del orden: horarios, rutinas, metas y cuadernos nuevos. Pero para muchas personas —niñas, niños, adolescentes y también universitarios— el regreso a clases trae otra carga, mucho más silenciosa: la sensación de que el cuerpo debería haber llegado “mejor” a esta altura del año. Más controlado. Más pequeño. Más aceptable.

No se trata de una inseguridad individual ni de falta de autoestima. Es el resultado de un sistema social y de salud profundamente pesocentrista que, desde edades cada vez más tempranas, enseña que el cuerpo es un problema que debe corregirse antes de volver a ocupar espacio.

Quienes crecimos en los 90 y los 2000 lo aprendimos pronto. Revistas para adolescentes que hablaban sin pudor de “dietas para volver a clases”, de “cómo gustarle a tu chico”, de “bajar los kilos de las vacaciones”. Era parte del paisaje cultural. El cuerpo —especialmente el de las niñas— siempre parecía estar en deuda.

Hoy esas revistas ya no están en el kiosco, pero el mensaje sigue intacto. Solo cambió de formato. Ahora aparece en redes sociales: reels, publicidad, rutinas de skincare que no corresponden a la edad, desafíos exprés para “resetear el cuerpo”, comparaciones constantes disfrazadas de motivación. La lógica es la misma, pero más rápida, más invasiva y más difícil de esquivar.

Mientras el discurso insiste en corregir, el cuerpo hace lo que tiene que hacer. Durante las vacaciones descansamos más, comemos distinto, nos movemos diferente. En la infancia y adolescencia, además, el cuerpo crece. No se desordena. No falla. Se desarrolla. Sin embargo, ese crecimiento, en lugar de ser comprendido, suele leerse como una amenaza.

Así, marzo se transforma año tras año en temporada alta de control corporal.

En muchos colegios, volver a clases implica volver a la balanza. Pesar y medir estudiantes en educación física sigue siendo una práctica habitual, pese a la evidencia que demuestra su daño. No es solo un número: es una escena pública de evaluación corporal que transmite un mensaje persistente. Tu cuerpo está bajo sospecha.

A esto se suma un sistema de salud que, lejos de amortiguar el impacto, muchas veces lo refuerza. Profesionales que restringen la alimentación de niños y adolescentes para “bajar de peso” sin considerar etapas de crecimiento, salud mental ni contexto. Colaciones eliminadas, planes insuficientes, miedo instalado frente a la comida. Niños y niñas que llegan al colegio con hambre, cansancio y dificultades para concentrarse. Y luego nos preguntamos por qué les cuesta aprender.

La evidencia es clara: una nutrición adecuada es clave para el desarrollo cognitivo, la memoria, la atención y el rendimiento académico. El cerebro en crecimiento necesita energía, nutrientes y regularidad. El hambre no educa. El miedo tampoco.

En la adolescencia, este escenario se vuelve aún más complejo. Como explica la psicóloga clínica especialista en problemas alimentarios Consuelo Mujica, el grupo de pares se convierte en el principal referente. La opinión —real o imaginada— de otros influye profundamente en la imagen corporal y la identidad. La comparación se vuelve constante y dolorosa, centrada en el cuerpo y en conductas asociadas a una idea estrecha de “salud”.

El miedo al juicio social se ha transformado en una de las principales fuentes de ansiedad que hoy se observan en consulta. Muchos adolescentes temen ser percibidos como flojos o descuidados si su cuerpo cambia, y sienten que deben compensarlo.

La presión tampoco termina en la sala de clases. Aparece en talleres de danza, ballet, gimnasia rítmica y otras disciplinas donde, desde edades muy tempranas, se exige cierto tipo de cuerpo para “servir”. Niñas que aprenden antes a vigilar su tamaño que a disfrutar el movimiento. El mensaje es persistente: tu cuerpo es aceptable solo si no molesta.

Nada de esto ocurre al azar. El cuerpo deja de ser un lugar habitable y se convierte en un proyecto permanente de corrección.

Frente a este escenario, el hogar puede funcionar como un espacio de resistencia. No como solución mágica, sino como contrapeso: hablar de diversidad corporal, reforzar el valor personal más allá de la apariencia, desplazar el foco desde la imagen hacia otros intereses y vínculos. También implica acompañar el consumo digital de infancias y adolescencias y fomentar pensamiento crítico frente a las redes sociales. Sobre todo, implica no enseñar que la felicidad depende de un cuerpo validado por likes.

Conviene decirlo con claridad: quienes viven esta angustia no están fallando. No les falta fuerza de voluntad ni disciplina. Son el resultado de un sistema que prioriza el peso por sobre la salud, el control por sobre el bienestar y la apariencia por sobre el desarrollo integral.

Si de verdad nos preocupa la salud de niños, niñas y adolescentes, la pregunta no es cómo lograr que vuelvan “en forma” a clases. Es cuándo vamos a dejar de enseñarles que su cuerpo es un obstáculo para aprender, moverse y existir.

Volver a clases ya es suficientemente desafiante. No debería implicar también volver a tener hambre, miedo o vergüenza.

Tal vez este marzo, más que exigir cuerpos más pequeños, deberíamos preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando enseñamos a crecer con culpa.

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