Mi principal motivación para depilarme era la vergüenza, pero en cuarentena la vencí




Cuando estaba en cuarto básico en mi mochila del colegio encontré una máquina rasuradora envuelta en un papel que decía ‘aféitate'. De pura vergüenza la guardé rápido y me fui llorando a escondidas. No le conté ni a mi mamá. Tenía 9 o 10 años, y fue una experiencia que me marcó para toda la vida. Desde entonces me relaciono con mis pelos desde la vergüenza. Soy súper peluda, mucho más de lo ‘normal', así que después de ese episodio me empecé a depilar a escondidas y luego mi mamá me compró una máquina de cera, porque por la cantidad de pelos que tengo no puedo afeitarme, ya que me salen muchos más.

De más grande, no quería que la gente me tocara el brazo, porque cuando empieza a crecer el pelo, se siente. También me daba vergüenza que me vieran mis amigas. Jamás me atreví –como muchas lo hacían– a pasearme sin ropa delante de ellas. Recuerdo que a veces se armaban pijamadas improvisadas y si yo no estaba depilada, prefería no ir. Me perdí muchísimas cosas por este tema, así que cuando fui más grande y autónoma, andaba con mi máquina de cera para todas partes. Y es que tampoco me atrevía a ir a cualquier lugar a depilarme por miedo a que me miraran raro o me dijeran algo.

Me acostumbré a vivir así. Pero hace 10 años me separé y comencé un proceso complejo y muy largo de volver a quererme, de preocuparme de mí antes que el resto. En ese periodo conocí a varias amigas de mis hijos –tengo hijos grandes, el mayor tiene 26 años– que no se depilan. Cuando hablaba con ellas admiraba su libertad y lo poco que les importa la opinión del resto. Me daban ganas de ser así, pero no es fácil, hay que hacer un cambio de switch profundo, porque –y ahí recién lo entendí– mi principal motivación para depilarme era un tema de vergüenza.

Desde que comenzó la cuarentena he estado encerrada. Al comienzo, como no tenía que salir, no me depilé tan frecuentemente como antes. Los primeros días todavía hacía calor y una tarde hijo adolescente me invitó a ver una serie juntos, nos sentamos en el sillón y él apoyó su cabeza en mis piernas. Cuando las iba a poner, pensé en taparme como lo hubiese hecho antes, pero respiré profundo y dije no tengo por qué hacerlo. Fue como la primera prueba.

Y me sentí cómoda. Claro que estar encerrada en mi casa, solo con mis hijos ayudó muchísimo, porque se trata de mi espacio seguro. Pero días más tarde, me encontré algo extraño en una pechuga y tuve que ir al doctor. Antes, cuando me tocaba control ginecológico me depilaba hasta la lengua y después me pasaba la mano para asegurarme de estar suave y no pinchar. Pero esta vez decidí ir así. Reconozco que al comienzo fue raro, pero creo que hice un trabajo psicológico tan fuerte antes de salir, que tampoco fue tan extraño como pensé que iba a ser. Al parecer ya estaba preparada. O quizás por fin había vencido mi vergüenza.

También me ha servido conocer a personas inspiradoras y seguras de sí mismas que de cierta manera obligan al resto a acomodarse a ellas y no son ellas las que se acomodan al resto. Pero es un trabajo de años. Mentiría si digo que un día lo pensé y al otro día lo hice, ha sido parte de un proceso largo de aceptación en el que hay días en que uno se siente mal y retrocede, pero que son parte del proceso. Esta cuarentena ha sido un periodo de muchos aprendizajes y podría decir que recién ahora, a mis 46 años, por primera vez me empiezo a sentir cómoda con mi cuerpo. Y si un día me quiero volver a depilar, no va a ser por cumplir un estereotipo, sino porque quiero.

Daniela Soto Navarro es decoradora de interiores y tiene 46 años.

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