Paula

No es maña, podría ser un desorden alimenticio

En la infancia y adolescencia, muchas conductas relacionadas con la comida suelen minimizarse bajo la idea de que es una “maña”. Sin embargo, detrás de esa aparente selectividad extrema puede esconderse el ARFID, un trastorno de la conducta alimentaria que, a diferencia de los más conocidos, no tiene relación con la imagen corporal ni con el deseo de bajar de peso.

El Trastorno de Evitación o Restricción de la Ingesta Alimentaria o ARFID por su sigla en inglés, se clasifica como un trastorno de la conducta alimentaria, sin embargo, su motivación no tiene relación con la imagen corporal ni con el deseo de bajar de peso, como ocurre en otros trastornos alimenticios.

Se trata de una condición en la que la persona evita o restringe de forma persistente ciertos alimentos a causa de falta de interés, características sensoriales o incluso miedo a consecuencias fatales al comer. A diferencia de una simple “maña”, este trastorno impacta la nutrición, el crecimiento, la salud mental y la vida social.

Un reciente estudio publicado por Springer Nature Link, plantea que, de acuerdo a diversas investigaciones, el ARFID afecta entre el 0,3% y el 15,5% de la población general, con mayor prevalencia en niños, pero con importante presencia también en adultos.

No es un problema de voluntad

Laura Rivera, terapeuta ocupacional especializada en selectividad alimentaria, neurorehabilitación e integración sensorial infantil, explica que, “cuando una persona presenta un trastorno evitativo y restrictivo de la ingesta alimentaria, la alimentación puede transformarse en una experiencia sumamente desagradable, y sobre todo angustiante”.

Esto ocurre porque “el cerebro procesa ciertos estímulos sensoriales respecto a la comida, tales como la textura, el olor, los sabores, los colores e incluso las temperaturas de una manera mucho más intensa, generando respuestas de rechazo que son completamente reales y, por supuesto, no son voluntarias”, dice Laura.

Lo más común en quienes padecen este trastorno es un rechazo marcado a determinadas consistencias de los alimentos, generalmente frente a aquellos que son blandos, húmedos o presentan mezclas de textura, como los guisos. Esto suele manifestarse físicamente a través de arcadas, náuseas o incluso vómito.

Otro síntoma común en pacientes con AFRID es sentir temor a atragantarse, vomitar o experimentar sensaciones corporales desagradables al momento de ingerir ciertos alimentos. Laura Rivera señala que esto “aumenta totalmente la ansiedad y, por supuesto, refuerza esta evitación frente a la alimentación”.

Carolina Melcher, nutricionista especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) plantea que hay varias señales que nos pueden hacer sospechar. Por ejemplo, cuando la lista de alimentos aceptados es extremadamente reducida, cuando hay mucho malestar o ansiedad frente a alimentos nuevos, o cuando comer empieza a interferir en la vida diaria.

“También vemos niños o adolescentes que evitan cumpleaños, restaurantes o convivencias escolares porque sienten angustia frente a la comida”, señala. Desde lo físico, pueden aparecer bajas de peso, dificultades de crecimiento, fatiga, mareos o déficits nutricionales.

El impacto puede ser importante si no se trata a tiempo, especialmente cuando se presenta en etapas de crecimiento. La nutricionista explica que, dependiendo del grado de restricción, se pueden presentar síntomas como déficit de energía, proteínas, hierro, calcio, vitamina D, zinc y otros nutrientes fundamentales para el desarrollo físico y neurológico. Lo cual influye en el crecimiento, la salud ósea, la pubertad, la concentración, la regulación emocional y los niveles de energía.

“A veces se piensa que mientras el niño coma algo no hay problema, pero el cuerpo y el cerebro necesitan una variedad y suficiencia nutricional mucho mayor para funcionar adecuadamente, y mientras más tiempo pasa, más rígido puede volverse la relación con la comida, por eso la intervención temprana es tan importante”, agrega Carolina.

Más que solo comer

Ambas especialistas coinciden en que la alimentación va más allá de lo nutricional. “Comer no es solo nutrirse. También es una experiencia social, cultural y emocional. Entonces, cuando una persona siente miedo, ansiedad o rechazo intenso hacia muchos alimentos, eso termina afectando espacios cotidianos súper importantes”, dice Carolina.

Por su parte, Laura señala que “comer es una actividad profundamente humana, que involucra autonomía, participación social, placer y vínculos afectivos. A través de la comida compartimos, entonces cuando una persona presenta una alimentación muy restrictiva o selectiva no solo se afecta su estado nutricional como tal, sino que también su posibilidad de integrarse plenamente a estas experiencias”.

“Algo importante es que muchas familias reciben comentarios como ‘déjalo con hambre y va a comer’, cuando en realidad estamos frente a un cuadro mucho más complejo y no a una simple falta de límites”, agrega Carolina y señala que “no ocurre porque el niño quiera manipular, sino porque su sistema nervioso realmente está reaccionando con alerta frente a ciertos alimentos o experiencias sensoriales”.

Desde su experiencia, Laura comenta que recibe muchos pacientes a los cuales sus padres les obligan a comer utilizando métodos como el castigo o la recompensa para incentivarlos. “Estas son las estrategias que suelen aumentar la ansiedad y por supuesto consolidar totalmente la evitación”, dice.

Cómo abordarlo

Desde la terapia ocupacional, Laura sugiere que la mejor estrategia es “validar la experiencia sensorial de la persona, respetar sus tiempos y ofrecer oportunidad de probar sin presión”. La especialista explica que habitualmente las terapias comienzan simplemente con integrar el alimento a la mesa, luego poco a poco se observa, se toca y se huele. “Con el tiempo la persona puede probarlo y eventualmente incorporarlo a su alimentación habitual”. En paralelo, Laura explica que se trabaja la modulación sensorial y la regulación emocional: “Debe haber una disminución gradual en la ansiedad que se asocia a la comida”.

Por su parte, Carolina señala que es muy comprensible que la familia actúe desde la preocupación y el miedo, sin embargo, esa presión suele empeorar la relación con la comida. “El abordaje tiene que ser mucho más comprensivo, gradual y respetuoso. La idea no es obligar ni transformar la mesa en un campo de batalla, sino construir seguridad alimentaria y trabajar en equipo con profesionales capacitados”, finaliza.

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