Paula

Semáforo alimentario: lo que realmente aprenden los niños cuando clasificamos alimentos

Cuando la comida se enseña desde el miedo, la culpa o la prohibición, la relación con ella puede empezar a deteriorarse mucho antes de que alguien lo note.

Hace unos días una seguidora me mandó una foto que tomó en el jardín infantil de su hija. Era una actividad titulada “semáforo de la alimentación”. Arriba, fondo verde: frutas, verduras, pescado. Abajo, fondo rojo: papas fritas, dulces, pizza, golosinas. Todo clasificado como si no existieran matices. Y no, no es algo ajeno. A mis hijos también les tocó. El mensaje se entiende incluso antes de saber leer: esto sí, esto no. Y ahí es donde empieza a enredarse todo.

En consulta esto aparece más de lo que una pensaría, sobre todo en personas en tratamiento por trastornos de la conducta alimentaria (TCA). Se nota en recuerdos de haber contado calorías demasiado temprano o en lo que madres y padres cuentan sobre lo que sus hijos e hijas están aprendiendo en el colegio.

En la primera infancia no existe una comprensión real de nutrientes ni de salud metabólica. Lo que empieza a instalarse es más bien la idea de que hay maneras correctas e incorrectas de comer. El problema es que esa lógica que puede parecer simple y fácil de enseñar, termina reduciendo algo profundamente humano a una especie de lista moral. Y la comida, nos guste o no, nunca ha sido solo comida.

En Chile, la educación alimentaria forma parte del currículum escolar. Se aborda en ciencias naturales, educación física y distintas iniciativas de salud pública que buscan promover ciertos hábitos. Eso no está en discusión. Lo que sí vale la pena revisar es cómo esos mensajes terminan aterrizando en la sala de clases.

Porque para enseñar rápido, ordenar contenidos o volverlos más comprensibles, muchas veces se simplifica demasiado. Y en ese intento van quedando fuera aspectos fundamentales como el placer de comer, lo social, lo cultural y lo cotidiano. Todo aquello que también forma parte de nuestra relación con la comida.

No se trata de una crítica a los colegios ni a quienes enseñan, que muchas veces hacen lo que pueden con los recursos y lineamientos disponibles. Pero que la intención sea buena no significa necesariamente que el resultado también lo sea.

Como señala la nutricionista infantojuvenil Jacinta Legarreta, especialista en TCA: “Muchos niños desconocen el origen de los alimentos, lo que evidencia una importante falla en la educación nutricional infantil. Esta no debería centrarse en generar miedo, sino en fomentar la variedad alimentaria. Para eso se recomiendan experiencias prácticas que conecten a los niños con el origen y la cultura de los alimentos, como huertos, actividades sensoriales y cocina. Además, clasificar los alimentos como ‘buenos’ o ‘malos’ es una estrategia obsoleta que puede dañar la relación con la comida”.

Esto en consulta se repite una y otra vez. Parte en niños que sienten culpa al comer, sigue en adolescentes que esconden ciertos alimentos y termina en adultos que todavía se incomodan por algo tan básico como disfrutar una comida. No aparece de un día para otro sino que se va instalando lentamente, a través de mensajes que parecen inofensivos: que hay que controlarse, que ciertas cosas es mejor evitarlas, que el cuerpo no siempre es confiable.

Y hoy eso está ocurriendo cada vez más temprano.

Niños que ya hablan de “engordar”, que negocian alimentos o que sienten culpa después de comer. Nadie se los enseña de manera explícita, pero igual lo aprenden. Y ahí es donde empieza a tomar forma algo que después vemos en consulta con nombre y diagnóstico.

Visto así, no parece tan neutro como a veces creemos. Porque cuando un alimento se prohíbe o se carga de tanto significado, no desaparece: muchas veces se vuelve todavía más atractivo. Eso después se ve en cumpleaños y celebraciones, en niños que comen rápido o a escondidas, como si fuera una oportunidad que no se puede perder. Tiene sentido si esos alimentos se viven como algo limitado o “incorrecto”.

No es una discusión cómoda, porque cuestiona algo que solemos asumir como cierto, y es que toda educación alimentaria necesariamente ayuda. Pero no siempre funciona de la manera en que creemos. Cuando la comida se enseña desde el miedo, la culpa o la prohibición, la relación con ella puede empezar a deteriorarse mucho antes de que alguien lo note.

Los TCA no tienen una sola causa, pero el entorno importa. Y la forma en que hablamos de comida, y cómo la enseñamos, también va moldeando esa relación, especialmente cuando hoy vemos estos trastornos aparecer a edades cada vez más tempranas.

Necesitamos una educación alimentaria que incluya contexto, experiencias y pensamiento crítico, no solo listas de lo permitido y lo prohibido. Porque al final, el problema no siempre empieza de forma evidente. A veces se instala en silencio, en ideas pequeñas que parecen inofensivas, pero que con el tiempo pueden volverse profundamente difíciles de reparar.

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