Cómo mi perro se convirtió en mi mejor compañero de encierro

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Antes de que estallara la pandemia del coronavirus en Chile, tenía pensado irme de la casa de mis papás. No porque nos llevemos mal, sino porque soy consciente de que ya estoy en edad de hacerlo. Tengo veintiocho años, ya trabajo y obviamente quiero mi independencia. Además, estamos en un punto en el que, si seguimos compartiendo bajo el mismo techo, las cosas podrían ponerse mal. Yo me altero por situaciones como que no respeten mis horarios, y ellos por lo mismo conmigo. Los entiendo, son sus reglas. Sin embargo, ésta es otra historia más de un plan fallido, obligado a ser postergado producto de este virus.

Llevo diez días encerrada junto a mis papás, mi hermana menor -aún universitaria- y mis dos perros. Aislamiento que, debido a que mi papá es adulto mayor y por lo tanto población de riesgo, estoy obligada a respetar a cabalidad. Así, de la noche a la mañana, un acto tan cotidiano como ir al supermercado pasó a ser considerado peligroso, de una exposición innecesaria y repentinamente prohibido.

Aunque me duela decirlo, reconozco que, paradójicamente, nunca me había sentido tan sola. Y es que la forma que cada uno eligió para poder soportar el aislamiento hace que la convivencia sea cada día más distante. En mi casa no hay noches de películas, juegos familiares, ni hemos cocinado algo todos juntos. La realidad es que cada uno hace lo suyo.

Mi papá está obsesionado con que la muerte lo alcanzará y eso lo tiene dejando todo claro y ordenado, aprovechando los almuerzos para darnos lecciones de cómo debemos actuar en caso de que circunstancias hipotéticas se presenten y él no esté para aconsejarnos. Mi mamá, probablemente traumada por los vaticinios constantes de su marido, se descarga a través de la limpieza. Acá, el sonido de la aspiradora es una constante. Al igual que el olor a cloro.

A mi hermana menor, en cambio, el coronavirus la pilló en medio de la pasión del primer amor. Los días que lleva sin ver al pololo han sido una dolorosa eternidad. La entiendo, yo fui igual, pero extraño que no podamos conversar de otra cosa que no sea sobre él. Y detesto que cada vez que logro cambiar el tema, comiencen sus relatos sobre la falta de solidaridad del resto de la población. Los sermones respecto al deber ser hacen que nuestras escasas reuniones parezcan más un encuentro de ética que una junta familiar.

En este contexto, agradezco más que nunca contar con mi propia pieza y el espacio de tranquilidad que me entrega. Pero lo que más agradezco es la enorme e incondicional compañía de mi perro Hugo. Hace 5 años que es mi cómplice en esta casa, pero durante estos días ha sido crucial para no volverme loca. Y es que tener a alguien que te mueva la cola, te pida que le hagas cariño y se ponga feliz porque le das un abrazo, es un privilegio cuando te sientes sola.

Antes de la cuarentena dormía afuera, pero ahora no hay noche en la que no lo pase a mi cama. Me gusta sentirlo al lado y hasta me relaja escuchar su respiración. Seguirla, de hecho, se ha convertido en mi mejor ejercicio de mindfulness. Aunque ronca. Y fuerte. Y a pesar de que pone su cara, con un aliento no muy agradable, al lado mío; me trata de abrazar con sus manos, me rasguña y deja mis sábanas llena de pelos, no me importa. Yo soy feliz con ese bruto de 40 kilos sobre mi cama.

Todavía no llego al nivel de hablar con él, pero tampoco lo descarto. Y es que siento que, por el momento, me entiende sin que yo tenga que hacer un esfuerzo por lograrlo. Es como si tuviese identificados mis gestos y expresiones. Si me ve alegre, mueve su cola. Si estoy alterada, gira su cabeza hacia al lado como preguntándome 'qué te pasó ahora', y si estoy triste se apoya en mis piernas y me mira hacia arriba. Y cuando me derrito de amor, que sé que es su estado favorito, lo abrazo fuerte para que entienda lo afortunada que me siento a diario con su presencia. Le pido que no me deje y le doy a entender lo fundamental que es para mí todos los días.

Gracias coronavirus por, al menos, no querer llevarte a mi Hugo.

Catalina tiene 28 años y es abogada.

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