Pilar Campos Núñez, luthier

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A los siete años decidí que quería ser luthier. Estaba en mi casa viendo televisión y en un programa tipo Tierra adentro o Al sur del mundo, mostraron la historia de un señor que hacía instrumentos en el sur. Quedé alucinada y decidí que quería dedicarme a eso.

En mi casa nadie tenía idea de ese mundo, ni siquiera se tocaban instrumentos -a lo más se escuchaba radio-, así que apenas pregunté sobre este oficio a los adultos de mi entorno, supe que iba a ser difícil. Dejé 'dormido' ese interés por un tiempo y mientras, me empecé a acercar a la música. Sabía que por ahí en algún momento volvería a enfocarme en ese sueño. Me metí en el coro del colegio, porque no había orquesta.

Ya en enseñanza media empecé a hablar con algunos profesores sobre la luthería. Todos me decían que era difícil, que no conocían a nadie que se dedicara a eso en Chile, pero yo sabía que si seguía por el lado de la música podría lograrlo. Un día nos avisaron que el coro de mi colegio se asociaría con la orquesta del Instituto Nacional, era la primera vez que estaría en contacto con tantos instrumentos. Comenzamos los ensayos y me pasó varias veces que cuando daban las instrucciones para cantar yo no escuchaba porque me quedaba pegada mirando cómo funcionaban. Incluso una vez el director de la orquesta me preguntó, literal, si me gustaba algún chiquillo de la orquesta; le parecía extraño que asistiera tanto y que mostrara tanto interés. Recuerdo que le respondí que lo que me gustaba era el chelo.

Así logré entrar a clases. El mismo director consiguió que uno de sus alumnos me enseñara. Terminado el colegio entré al Conservatorio y me cambié al contrabajo, pero la luthería seguía estando ahí, hasta que un día, por fin, me decidí. Empecé a averiguar y las opciones eran irme a Italia o Alemania. Opté por la última porque yo no quería aprender en una universidad tradicional, sino que a la antigua, siendo la aprendiz de un maestro. En Alemania existía esa opción. Sin saber alemán, usando traductores en internet, busqué talleres y les escribí a todos. Ahora que conozco bien esa cultura me sorprende que me haya resultado; los mails que les mandé eran de tres páginas y ellos son muy precisos.

Me compré pasajes y viajé a probar suerte. En ese viaje conocí a mi maestro. Llegué por casualidad a su taller y me enamoré de su trabajo. Lo perseguí por un buen tiempo, porque él no quería tener aprendiz, pero logré que me tuviera a prueba. Primero iba a ser una semana, pero terminaron siendo dos meses, hasta que un día le dije que necesitaba una respuesta, porque se me iba a vencer la Visa de turista y si él no me aceptaba, con el dolor de mi alma, iba a tener que buscar otra opción. Al día siguiente, cuando llegué al taller, me pidió que me quedara.

En diciembre del año pasado terminó mi formación profesional con él. En todo este tiempo, por la Visa que tenía, no podía trabajar, así que busqué ayuda de la Fundación Ibáñez Atkinson para financiar mis herramientas y materiales. Hoy trabajo en el taller de mi maestro, en Alemania. Somos colegas y estoy enamorada de lo que hago. Es duro, difícil, porque se requiere mucha fuerza física y yo soy más bien menuda, pero es hermoso. También requiere de mucha concentración. Eso me sorprende, porque de niña tuve déficit atencional. Recuerdo haberme sentado en clases en el colegio, que sonara el timbre y no tener idea de lo que habían hablado esas dos horas. Mi mamá siempre se tenía que conseguir los cuadernos con la vecina, porque tenía muchos problemas de concentración. Pero ahora cuando trabajo no escucho nada de lo que pasa a mi alrededor; me pongo a trabajar y me concentro tanto que nadie me saca de ahí.

Llego al taller todos los días a las 9:50 de la mañana, porque diez minutos después prendo la lámpara y empiezo. Hay días que los dedico a la construcción y otros a la restauración. Soy muy organizada para trabajar, me gusta optimizar el tiempo. Cuando me han ido a ver familiares o amigos dicen que es impresionante vernos trabajar porque estamos todo el rato haciendo algo, no paramos. Obviamente conversamos y nos reímos mucho, pero es harto trabajo. Me voy a mi casa todos los días a las 18:30.

Nuestros clientes son muy variados. Hay de la Orquesta Filarmónica de Hamburgo, de Berlín, de Múnich, entre otros. También hay solistas y muchos son estudiantes. En general construimos sólo a pedido, porque la luthería se ha especializado mucho, y nuestro fuerte es la reparación.

Otro público importante son los niños. En Alemania hay muchas escuelas y academias y una cantidad enorme de niños que estudian instrumentos. Desde los dos o tres años ya empiezan con ese interés. No todos quieren ser músicos, pero yo estoy convencida de que el aprender un instrumento les entrega disciplina y herramientas para enfrentar la vida de otra forma. Creo que la música y la danza, por su rigor, les da a las personas una visión distinta. Y los alemanes tienen muy incorporado eso. Es común que en casi todas las casas haya un piano, que todos toquen al menos algún instrumento.

Nosotros también arrendamos instrumentos, y eso es lindo, porque los niños van, los escogen y los vamos chequeando cada cierto tiempo. Hay una niña que llegó cuando tenía diez años y la he visto crecer. Ahora es adolescente y está por cambiar su chelo por uno de adulto. Eso es muy lindo, estar en contacto con gente y nunca dejar de aprender de ellos también.

Aunque me titulé con honores, siento que me queda mucho. No podría pensar en tener mi propio taller aun, me sentiría muy patuda. Y es que veo toda la experiencia de mi maestro, cómo enfrenta los problemas rápidamente, y siento que me falta por aprender. A mi aún me cuesta un tiempo llegar a deducciones. Todos los instrumentos son diferentes, una fisura no es lo mismo que otra, hay que saber identificar por qué se produjo, cómo voy a trabajarla y qué influencia va a tener mi decisión en el sonido. Parece sencillo, pero en este oficio los detalles importan mucho y lo que yo haga encerrada en mi taller, puede repercutir en el resultado de la presentación de una orquesta.

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