¿Por qué los chicos malos son populares?




¿Cuántas veces lo hemos visto? En películas, series, cuentos infantiles y literatura adolescente. El imaginario del chico rebelde, herido, misterioso y seductor por el cual todas las mujeres se derriten se va configurando en edades tempranas solo para ser reforzado a lo largo de nuestras vidas en múltiples productos de consumo cultural. James Dean y Marlon Brando son solo algunos de los íconos cuyas carreras se basaron, en parte, en la capacidad indiscutible de encarnar el arquetipo de “chico malo”. Tanto así, que los límites entre interpretación y sus personalidades fuera de la pantalla grande se volvieron difíciles de trazar.

Cómo olvidar al enigmático “motorcycle boy” –interpretado por un joven y sumamente atractivo Mickey Rourke– de La ley de la calle; o el bruto y agresivo Stanley (Marlon Brando) en Un tranvía llamado deseo; o el conflictivo Tyler (Brad Pitt) del Club de la pelea. Personajes como estos los hay por montones. En los clásicos del cine, en las teleseries y en los dramas románticos de Hollywood. El concepto de chico malo ha pasado a ser una categoría en sí misma que mucho se ha explotado históricamente, y que sigue siendo de las que genera más intriga.

¿Por qué a lo largo de nuestras vidas –y partiendo en la adolescencia, cuando esto pareciera materializarse–, son los hombres dañados los que suelen atraernos más? ¿Por qué, pudiendo vincularnos con personas que de base son buenas, preferimos a los malos?

Esta tendencia, según explica Patricia Vargas, psicóloga clínica de la Universidad Adolfo Ibáñez y especialista en psicología analítica junguiana –del médico psiquiatra y colega de Freud, Carl Gustav Jung–, tiene que ver con una fantasía construida a nivel colectivo y social que plantea que la mujer puede salvar al hombre de sus males, cuando en realidad los procesos de individuación y desarrollo psíquico son, justamente, individuales. “Se trata de una idea proyectada que tiene que ver con cómo fuimos socializadas y que conlleva una carga afectiva y erótica. Pero sobre todo, una motivación maternal. El arquetipo de hombre malo implica que tras la superficie de hombre sensual, agresivo y duro, hay un niño herido y frágil. En eso se basa la fantasía”, explica.

Vargas sostiene que todas las mujeres tienen un principio masculino en su inconsciente, denominado animus -alma en latín-, cuya manifestación se da en imágenes, fantasías, tendencias o proyecciones que esa mujer empieza a desarrollar desde muy chica, cuando, por ejemplo, admira a un profesor o ama a su papá. Esa imagen interna –que opera a modo de arquetipo interiorizado– la va configurando por su propia herencia emocional, pero también por factores externos. Eso hace que cuando percibe a un hombre emocionalmente dañado o conflictuado se despierte en ella una tendencia hacia el cuidado. “En caso de que sea heterosexual, hay una predisposición a querer conectarse con este tipo de hombre, pero en realidad lo que hay de base es un intento por conectarse consigo misma. Apuesta lo propio en esa otra persona, y por eso la invitación es a que ella se salve a sí misma”, explica. “El chico malo es el aspecto sombrío de lo masculino y eso siempre es atractivo para quienes no han asimilado o comprendido su naturaleza. La sombra atrae, pero después puede hundir o confundir”.

Para Tatiana Hernández, socióloga del Observatorio de Género y Equidad, en sociedades patriarcales se orienta a las mujeres para que estén al cuidado y servicio de los demás en desmedro del propio bienestar. “Para las mujeres, los mandatos de género operan como sentimientos de culpa; si no los cumplimos, nos sentimos culpables, porque la sociedad nos apunta con el dedo. Si no cumplimos con ser mujeres que cuidan y se hacen cargo, somos vistas como egoístas y desnaturalizadas. Y eso está profundamente arraigado”, explica. “La feminidad hegemónica se caracteriza por la importancia que tiene el rol de ser madre y esposa, que dejan a las mujeres en un lugar de dependencia y de subordinación. Es desde ahí que nos relacionamos con hombres que dominan o que responden al modelo hegemónico de masculinidad; viriles, agresivos y arriesgados. Y nos educan para pensar que somos nosotras las que los vamos a salvar”.

A esa construcción social de la maternidad se le suma, según explica Hernández, la idea de que si otra no lo cuidó, somos nosotras las que tenemos que hacerlo. “No creo que tenga que ver con el hecho de que sean o no hombres atractivos, sino más bien con el mandato sociocultural que dictamina que tenemos que hacernos responsables de lo que no hizo otra”, explica.

Por su lado, frente a la pregunta ¿por qué los chicos malos mantienen altos índices de popularidad –partiendo en el colegio y luego en sus vidas laborales y vínculos personales–?, la psicóloga, terapeuta familiar y directora de Nütram Salud Comunitaria, Catalina Baeza, explica que tiene que ver con cómo se construyen las relaciones de poder. “Todavía percibimos a aquellos que gritan más alto o que se muestran más agresivos como personas poderosas. Y una persona poderosa es atractiva principalmente para aquella persona que no lo es o no se ha sentido así”.

Según Baeza, las conductas de prepotencia, agresión e irreverencia nos atraen porque hay una parte nuestra que desea ser más así. “Esas personas que dicen lo que piensan sin considerar las consecuencias o que traspasan normas mínimas nos llaman la atención porque hacen lo que nosotros escondemos o no nos atrevemos a hacer. Estas personas u hombres –porque quienes llegan a altos cargos en su mayoría son hombres– tienen sin duda una manera de operar: se preocupan de rodearse de personas que agradecen tenerlos cerca, personas que le entregan algo de vuelta porque sienten que están en falta o que le deben algo. No son, por ningún motivo, relaciones simétricas, más bien se construyen desde la lógica de ‘si te quedas conmigo, vas a ganar beneficios, protección y poder’, tal como operan los abusadores. Y quienes se quedan, se empiezan a sentir en parte responsables, por lo que sienten vergüenza de hablar o sienten que algo hicieron para estar ahí. Pero es importante entender que estos papeles de mujer pasiva y hombre agresivo, o esta relación de poder, son construcciones sociales, por ningún motivo son naturales”.

Baeza hace referencia a las lógicas infantiles del colegio y las situaciones de bullying: cuando el líder del grupo empieza a maltratar para validarse, lo que buscan los demás es ser parte del grupo. Y a su vez, las agresiones de ese líder son muy dirigidas hacia aquellos que de alguna manera están vulnerados y fragilizados.

Y es que el “chico malo”, según desarrolla Patricia Vargas, tiende al egocentrismo y al narcisismo. “Su erotismo y sensualidad está mezclada con este comportamiento impulsivo y rebelde y las películas nos muestran que al final pueden ser salvados, pero esa es la imagen mítica del inconsciente simbólico. El proceso no es tan literal y la mujer debería más bien preocuparse de conectarse consigo misma más que rescatarlo”.

Comenta