Que aprender a discutir no nos haga olvidar cómo conversar




El psicólogo estadounidense Marshall Rosenberg desarrolló en los años setenta la Comunicación no violenta (CNV), una metodología comunicacional que buscaba mejorar la comunicación entre emisor y receptor y que apelaba al hecho de que todos los seres tienen la capacidad de ser compasivos y recurren a la violencia a falta de otras estrategias más efectivas para satisfacer sus necesidades. El foco del proceso, que a la fecha se sigue enseñando y es un modelo a seguir para mejorar las habilidades de diálogos, estaba puesto en tres factores claves: la auto-empatía, la empatía y la auto expresión honesta.

Lo que buscaba Rosenberg, como explica el psicólogo clínico, especialista en terapia familiar y docente de la Universidad Adolfo Ibáñez, José Ignacio Salazar, era dar cuenta de que detrás de cada comentario u acto había un ser vivo que tenía necesidades. “Por supuesto que hay matices, pero se trata de una visión ecológica de la vida; lo vivo tiene un motor propio y necesidades que lo movilizan. Si me relaciono con esa parte del otro, me relaciono mucho mejor que si me relaciono solo con lo cognitivo”, explica.

En tiempos de crisis y mayor incertidumbre, en los que afloran las emociones y se da el escenario idóneo para dejarse llevar por la efervescencia propia del instante, se vuelve difícil congeniar con esa idea. Se trata de periodos que nos despojan de nuestros funcionamientos habituales y surgen situaciones que nos tensionan a tener que resolver situaciones inesperadas, cambiar formas de vida , no planificar y tener que incurrir en nuevas coordinaciones. “Muchas de las pautas de comportamiento provistas por la cultura ya no rigen, por lo que nos sentimos más ansiosos y angustiados y con temores, y frente a esa angustia nos vemos obligados a buscar nuevos ajustes y maneras de relacionarnos con los demás”, explica Salazar.

En muchos casos, esos nuevos ajustes se han traducido en iniciativas vecinales, cabildos e instancias de diálogo y reflexión desde la sociedad civil, abiertas a la interacción respetuosa. Pero también han aumentado las discusiones. “Es cierto que tenemos una tendencia a que el modo de encontrarnos sea más peliagudo. Queremos que las dificultades se resuelvan asumiendo que hay una sola forma de resolverlas. O damos por entendido cierta perspectiva única”, reflexiona Salazar. Y muchas de esas discusiones parecieran no tener una finalidad en concreto más allá de imponer una verdad como absoluta, dando paso a una suerte de callejón sin salida en la que ni uno ni el otro crece o aprende.

Y es que, como explica el especialista, dentro de las principales diferencias entre la discusión y el diálogo, está el hecho que mientras la primera requiere de una actitud que se conecta con la intención de conseguir que el otro o los otros asuman la perspectiva propia, del diálogo uno sale transformado. “Se trata de predisposiciones distintas; en el dialogar hay una actitud más abierta a recibir los conocimientos, perspectivas y sensibilidades del otro, mientras que en la discusión queremos convencer al otro o imponer nuestra perspectiva como verdad absoluta. Por eso la discusión supone cierta rigidez y no permite una evolución, en cambio cuando se trata de un verdadero diálogo –que no tiene por qué ser con tono alegre ni color de rosas, de hecho requieren de mucha valentía– hay cierto intercambio, flexibilidad y acercamiento que permite que haya una transformación en ambas partes, aunque sea pequeña. Algo del otro se incorpora; un sentimiento, un pensamiento o una reflexión”.

Salazar agrega que si pudiéramos analizar a los protagonistas de una discusión in situ, nos daríamos cuenta rápidamente de que los ánimos se exacerban, va escalando y a veces termina en agresiones y violencias. Si pudiéramos entrevistarlos después de la discusión, probablemente ninguno de los dos estaría contento con lo que hizo el otro. “Se quejarían de que el otro no escuchó o no entendió. Y es que en una discusión, generalmente, no hay acercamiento, sino que se mantiene la postura inicial con rigidez y muchas veces incluso se distancian más. Mientras que la predisposición inicial del diálogo permite un acercamiento y lo que llamamos una transformación en convivencia”.

En un artículo reciente en el medio británico The Guardian, el columnista Nesrine Malik postuló que detrás de la lógica del debate, hay una provocación –muy propia de cuando estábamos en el colegio– que tiene dos posibles resultados: “enganchas y terminas en un altercado sin sentido y rencor o te niegas y te acusan de ser frágil”, relata. El problema, según explica, es que las plataformas que estamos eligiendo para estos debates –como lo son las redes sociales– están diseñadas estructuralmente para exacerbar las diferencias, más que para examinarlas. Porque tampoco se trata de estar de acuerdo, sino que de poder estar en desacuerdo de manera constructiva.

Para eso, según explica Salazar, es fundamental contar con flexibilidad cognitiva, una función ejecutiva que se relaciona con la capacidad que tenemos de poder cambiar nuestros puntos de vista y flujos de pensamiento. Se trata, en otras palabras, de poder cambiar nuestra línea argumentativa para transitar en distintas líneas de pensamiento sin perder la propia. “Esa capacidad no la tenemos todos igualmente desarrollada, pero se puede desarrollar porque se trata de una capacidad innata en el ser humano. Es poder incorporar otra visión y seguir el curso de las ideas del otro, lo que a su vez nos permite movernos entre lo que el otro está diciendo pero acordar y respetar lo que yo venía pensando. Como un ir y venir en los dos flujos de información”, explica.

Por otro lado, según explica el especialista, otra habilidad para construir condiciones ideales para el diálogo tiene que ver con el presuponer la buena intención del otro. “Si tengo un prejuicio previo, voy a desconfiar de entrada. En esa línea, el psicólogo norteamericano de la corriente humanista, Carl Rogers, planteó que para que dos seres se encontraran de manera auténtica había que dar paso a ciertas condiciones que facilitaran ese encuentro, tales como aceptar la humanidad del otro –que no significa aceptar todo lo que diga o haga, sino que aceptarlo en su condición humana–, no mentir y ser uno mismo y ser empáticos. “Tiene que ver con resonar con los sentimientos del otro”, explica Salazar.

Por su lado, el psicólogo y académico de la Universidad Adolfo Ibáñez, Claudio Araya, explica que lo que se da con frecuencia es que gente de opiniones y las plantee como afirmaciones o, por otro lado, se relativicen las afirmaciones (como en el caso de que alguien ponga en duda o cuestione las violaciones a derechos humanos). Esos son vicios del lenguaje, lenguaje que se traduce en actos. Pero lo más importante es generar condiciones para el diálogo y una comunicación no violenta. “Eso significa respetar al otro y también cuidar los espacios que no sean anónimos para que la persona que opine lo haga desde un lugar y también asuma la responsabilidad. Todo esto por supuesto tiene matices, porque a veces para denunciar hay que hacerlo anónimo, pero si se trata de una opinión, hacerla desde una postura”, explica.

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