Romper con los secretos familiares: El largo viaje de la sombra a la luz




A finales de mayo de este año Felipe Ayala (27) supo que su padre, quien lleva más de 30 años junto a su mamá, había tenido un romance largo mientras él estaba en el colegio. De esa relación paralela, de la cual la mamá tuvo conocimiento desde un principio, había nacido un hijo que ahora tiene 12 años. Y que tanto la mamá como el papá de Felipe decidieron apoyar económicamente. A cambio, limitaron la vinculación entre ambas familias a los cheques mensuales y se aseguraron de que nadie nunca se enterara. Felipe, de todas las personas, era según ellos el último que debía saber. De adolescente había sufrido de un trastorno depresivo y enterarse de que existieron engaños, mentiras y que tenía un hermano extra matrimonial del cual nunca nadie le había hablado, era, según sus padres, algo que solamente le causaría mayor angustia.

Esa había sido la excusa que los motivaría, según se enteraría Felipe más adelante, a guardar el secreto en un principio. Pero con el tiempo esa excusa perdió validez y lo que los detenía pasó a ser otra cosa: se habían vuelto víctimas del propio secreto. Y aunque en algún minuto quisieron destaparlo, temían que fuera muy tarde. Sería peor dar cuenta de que durante tanto tiempo habían priorizado mantener las apariencias y guardar el silencio. A costa, o en perjuicio, de aquellos que permanecieron en la oscuridad.

Hasta que en una comida familiar, hace un poco más de un mes, luego de que Felipe se trasladara a la casa de sus papás para pasar la cuarentena, el secreto vio la luz. Y una vez descubierto, no hubo vuelta atrás. “Cuando pienso en esa noche, que ahora se me hace tan lejana, me doy cuenta de que era cuestión de tiempo. Ese tipo de mentiras no se pueden sostener. Es como una olla a presión, tarde o temprano se desborda y explota. Y una vez que se llega a ese punto, es difícil hacer caso omiso”, cuenta Felipe, quien desde esa noche volvió a su departamento y pidió conocer a su hermano.

“Tenemos el derecho a saber de la existencia del otro y esa es información que no se nos puede negar. Es información que no se puede callar. Me imagino, por todas las conversaciones posteriores que surgieron luego de esa noche, que en un principio las motivaciones de mis papás tenían más que ver con intereses personales y egoístas, pero luego el silencio los encarceló y sintieron que si lo traicionaban, era más grande el daño que podían ocasionar. Lo que no sabían –y espero hayan entendido– es que es mucho más dañino no hablar. Dañino para ellos que tomaron esa decisión y para los que, como mi hermano y yo, estuvimos en las tinieblas sin saber, pero sintiendo que algo no estaba del todo bien”.

Historias como estas las hay de todo tipo: padres que le esconden algo a sus hijos, hijos que le esconden a sus padres y familias enteras que se ponen de acuerdo de manera incluso tácita para hacer desaparecer lo ocurrido y que nunca esté al alcance de terceros.

Como explica el psicoanalista y académico de la Universidad Diego Portales, Felipe Matamala, el secreto surge cuando hay experiencias dolorosas que no logramos procesar y que nos generan vergüenza, pudor, pena o miedo. Esas sensaciones nos hacen querer obviar o guardar la experiencia y no compartirla con nadie, justamente por la vergüenza o el miedo que sentimos. Pero, además, porque creemos que dicha experiencia dolorosa no solo nos afecta a nosotros, sino que también podría afectar a los demás. Muchas veces, por no querer hacer daño –o por creer que vamos a hacer daño– silenciamos lo que a nosotros nos aqueja. El problema de eso radica en el hecho que, aunque creamos que estamos protegiendo al resto, en realidad estamos agravando las consecuencias para nosotros mismos y también transmitiendo los impactos psíquicos que nos genera el no resolver o enfrentar una experiencia dolorosa.

Y es que el psicoanalista francés René Kaës postula en su investigación Pactos inconscientes: acuerdo familiar o grupal de no hablar de lo doloroso, que cuando las dinámicas familiares son permeadas por los secretos, lo que no fue resuelto en una generación se transmite a la próxima. En definitiva, se trata de que una generación aísla la experiencia doloroso al ocultarla y eso da paso a una pauta de comportamiento a nivel individual (para aquellos que guardan el secreto) que tiene repercusiones en el resto. Es decir, los actos individuales de unos influyen en los actos colectivos y familiares de las generaciones venideras, quienes crecen con el peso de saber que su familia adolece, pero sin saber por qué. Así se genera el secreto transgeneracional, cuyos efectos no son controlables y no se atienen únicamente a los que optaron por realizar un pacto de silencio.

“Si estos secretos no se conversan, a la larga se generan rupturas familiares y conductas sintomáticas que pueden afectar a nivel individual y familiar”, explica Matamala. Porque las experiencias dolorosas que quedan en el registro del silencio o el secreto tienen una manera de llegar a la superficie. “Cuando no se procesa y se opta por ocultar se da paso a la culpa y a la vergüenza, y eso termina arrastrando un dolor profundo y una eventual ruptura. En algunos casos se modulan sensaciones de melancolía, siempre ligadas al pudor, que pueden ser traspasadas a los hijos”.

Por eso, lo importante, según el especialista, es posibilitar el diálogo e invitar a que el tabú se pueda ir destapando paulatinamente. Patricia Vargas, psicóloga clínica de la Universidad Adolfo Ibáñez, especialista en psicología analítica junguiana, explica que la formulación de los secretos se debe a la necesidad de esconder las experiencias dolorosas que creemos que podrían generar un daño mayor si es que se destaparan. “Las familias que tienen secretos tienden a ocultarlos porque creen que puede ser peor hablar los hechos. En ese sentido, la pauta de conducta natural va a ser la de esconder y conectarse solo con la polaridad del dolor, pero lo que tiene que ocurrir es que se conecten con la polaridad de la limpieza”.

Vargas explica que desde la psicología analítica junguiana la especie humana tiene dos arquetipos estructurantes: por una lado está la sombra personal, que tiene que ver con la vida privada y todo lo que guardamos de manera consciente o inconsciente porque nos parece doloroso o vergonzoso. Y por otro lado, el que tiene que ver con la vida pública y relacional y que es facilitada a través de una máscara social cuya función es la de permitirnos fusionarnos superficialmente y funcionar bien hacia fuera. Pero la sombra personal de cada miembro de la familia tiene la capacidad de entretejerse con la sombra del sistema familiar completo, porque existe el temor simbólico de que algo pueda destruir el estatus quo de la familia.

En estos tiempos en los que hay un contexto socialmente importante, se da paso según la especialista a un escenario en el que se activan procesos individuales y colectivos pequeños que fueron obviados durante mucho tiempo. “Al estar encerrados hay cosas que perdieron valor. La salida a la fiesta, la salida a comprar y una serie de actividades a las que le destinábamos energía psíquica que ahora destinamos a otros aspectos de la vida personal, como mirar hacia adentro. Cae la máscara y emerge contenido que estaba más guardado en el inframundo psíquico, como nuestras miserias y dolores pendientes. La sombra o lo oscuro sale a la superficie cuando todo lo demás pierde valor”, explica Vargas. Y eso es una oportunidad.

En nuestra cultura en particular, este proceso cuesta más. Porque, según explica la especialista, hemos generado costumbres para parecernos y vernos como otros referentes externos y eso ha dificultado poder vernos como somos realmente. “La mezcla cultural de cierto tipo de personas que se instalaron en nuestro país dieron paso a una máscara colectiva que buscó ser mejor de lo que éramos. En definitiva, parecernos a la corona española. Eso ha consolidado una idiosincrasia que trataba de replicar una buena situación social, siendo que éramos colonia. Por eso también se tiende a ocultar lo socialmente bajo o lo oscuro y el aparentar se nos hace tan fácil”, explica.

Pero hay un momento donde inevitablemente los secretos salen a la luz, por mucho que se oculten. “Alguien se va enfermar, otros van a generar ciertas neurosis, otros se pueden deprimirse o andar irritables, porque los secretos familiares se sienten en un plano inconsciente y buscan ser conscientes. Por eso, tarde o temprano, encuentran la manera de salir. Y ahí lo importante es ponerlos en la palestra para poder enfrentar lo que de manera individual o colectiva hay que enfrentar”, señala Vargas.

Según Matamala, los secretos en familia se sienten como una especie de fantasma y esos silencios tienen efectos concretos. Por eso, la invitación en estos momentos es la de dialogar. O, como explica Vargas, de limpiar. “Es muy potente que tengamos que lavarnos las manos con tanta frecuencia. A eso deberíamos sumarle el lavado de las asperezas que dejan los secretos familiares”.

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