Historias de vidas que la agricultura sustentable cambió para siempre

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Mientras en las ciudades el encierro sólo permite mirar la naturaleza desde las pantallas, en distintos lugares del país hay personas que agradecen haber tomado la decisión de dejar la vida entre cuatro paredes y trabajar en el campo, en proyectos con profundo sentido ecológico y social.


Zona central, Rosa y el buen campo

Rosa Salinas responde desde el medio de su plantación que sigue la línea de la agricultura sustentable. Está en terreno, literalmente, en su campo en Chépica, en la Región de O’Higgins, rodeada de lechugas, coliflor y otras verduras que produce orgánicamente y vende a domicilio, en conjunto con su esposo, Ignacio Mebus.

Ella ha vivido casi siempre en el mismo lugar. Nació en el sector La Orilla de Auquinco y se educó en la escuela rural cercana. “A diferencia de muchos otros compañeros de curso, quería quedarme acá”, relata, destacando que desde esos días hasta hoy valora “la tranquilidad y la mesura del campo”.

Su primer quiebre con la vida rural fue partir al internado de San Fernando para la educación media. Luego, viajó a Santiago para estudiar una carrera universitaria relacionada al medioambiente, pero no le fue bien y volvió a San Fernando, donde se matriculó en Técnico Agrícola. Ahí conoció la ONG Desarrollo Rural Colchagua, especializada en la formación en agricultura orgánica, buenas prácticas agrícolas y gestión ambiental.

“Casi siempre he tenido la fortuna de trabajar en lo que estudié, dando clases de huertos orgánicos en colegios de María Pinto, asesorando a agricultores”, explica. Pero la excepción fue la que terminó por confirmar su opción por la vida campesina sustentable. “Una vez tuve que trabajar en venta de agroquímicos. Para mí, eso era casi venderle el alma al diablo. Cada vez que hacía una gran venta sabía lo que significaba… era súper inconsecuente conmigo misma. Me iba bien económicamente, pero renuncié y ese día pude mirar a mis hijitas a la cara, habiendo sido consecuente con mis valores”.

Actualmente, Rosa Salinas y su esposo gestionan BuenCampo.cl, donde producen y venden frutas y verduras con reparto a domicilio en Santiago, desde Lo Barnechea a San Miguel. El delivery lo tenían desde antes de la pandemia, pero la crisis sanitaria y las restricciones a la movilidad les dieron la oportunidad de crecer y hoy tienen tres trabajadores que los apoyan con los repartos, mientras Ignacio Mebus se dedica a la administración y Rosa Salinas a lo suyo, el proceso de siembra, cuidado de los cultivos y cosecha, de manera orgánica.

Su decisión de dejar la vida segura de vendedora y optar por formar una pyme de agricultura orgánica la mantiene optimista. Incluso su padre, productor tradicional, está cambiando su manera de cultivar. “Sin duda hay todo un movimiento de gente que quiere producir más limpio, una generación a la que le importa alimentarse saludable, jóvenes que han visto el daño que produce la contaminación y están preocupados de cuidar el planeta”, reflexiona.

De todos modos, cree que hay muchas tareas pendientes, entre ellas la formación profesional de los agricultores: “Falta que los agricultores de todo tipo vean lo orgánico no pensándolo para cobrar un precio mayor, sino como un ahorro y cuidado del suelo. Y muy importante: que sepan que van a producir salud. Debemos tener profesionales informados, que sepan los ciclos biológicos de las especies, rescaten el conocimiento ancestral y trabajen en la producción biodinámica”, remata.

Zona norte, Adelaida y el oro verde

Desde Socoroma, en la Región de Arica y Parinacota, Adelaida Marca ha forjado una historia de vida vinculada a la tierra y sus saberes profundos. De ancestros aimaras, nació en esa zona a 3.060 metros sobre el nivel del mar. Se casó joven, tuvo cuatro hijos y emigró a la capital regional. En Arica aprovechó sus condiciones para las matemáticas y se dedicó a vender lo que fuera conveniente, dedicándose al comercio tradicional.

“Vendía otras cosas, nada que ver con frutas o verduras, pero siempre añorando los aromas y sabores de mi pueblo. Y temía que esos conocimientos se perdieran, porque en esos momentos en Socoroma solo quedaban algunas familias, padres y abuelos, que son los depositarios de las semillas”, rememora. La oportunidad de cambiar de rumbo vino a partir de una crisis económica, que la dejó con las ventas en cero, separada de su marido y con su familia pidiéndole volver al pueblo.

Retornó a Socoroma y a valorar los conocimientos ancestrales. “La agricultura también es un legado patrimonial. Va más allá de las técnicas de riego, de la forma de realizar los cultivos, o de cómo acceder al agua; se trata de cómo respetamos nuestra Pachamama y cómo realizamos ritos y costumbres de nuestra cultura para poder trabajar la tierra”, cuenta.

Tras años de trabajo y postulaciones, Adelaida Marca consiguió que el orégano de Socoroma tenga sello de origen, debido a las particulares características de producción: en terrenos ubicados por sobre los 2.800 metros sobre el nivel del mar, en una zona seca y con gran oscilación térmica. “Cuando llueve, acá hay algo particular en el ambiente. Nuestras plantas son aromáticas y se percibe algo especial cuando se sienten esos olores. Pero no es solamente la sensación, hay mucho trabajo detrás. Para conseguir el sello de origen, se logró demostrar científicamente que nuestro orégano es distinto”, remarca.

Sus productos crecieron hasta llamar la atención de chefs como Mikel Zulueta. La producción del orégano favorito de los chefs –de hoja grande- es más costosa e implica un mayor tiempo de trabajo, pero Adelaida Marca cree que vale la pena: “Hay una autenticidad, un cuidado por el patrimonio, un respeto por la gente que trabaja y un aprendizaje de años que se ha traspasado al producto y me gusta que eso se note”.

Actualmente, Adelaida Marca vende a través del contacto de su pyme familiar por WhatsApp, y en la plataforma Mercados Campesinos online, que INDAP dispuso para cientos de productores locales, en que se presentan distribuidos por región y que se pueden encontrar en el sitio www.indap.gob.cl/covid-19/mercados-campesinos-online/

Adelaida enfrenta actualmente las dificultades de distribuir sus productos. Pero sigue firme: “Cuando uno hace algo a gusto, por muy difícil que sea, lo hace con ganas. Más aún en nuestro caso, en que nuestra cultura es muy respetuosa de la tierra, de la naturaleza. Tenemos conciencia de que la extractividad, el sacar a destajo, es pan pal día hambre pa’ mañana. Aunque no tengamos un peso, tendremos nuestras semillas, porque nuestra idea es cuidar, cuidar y cuidar de la naturaleza”.

Zona sur, Javier Soler y la belleza del huerto

Javier Soler y su amigo Francisco Vío son ingenieros agrónomos de la Universidad Católica de Valparaíso. Fueron compañeros de curso y además hicieron voluntariado en distintos países, conociendo experiencias de agricultura. De ese recorrido, lo que más quedó como legado fue su período en la finca orgánica de Pacho Gangotena, en Ecuador, un agricultor que partió desde cero, endeudado y con una familia de 4 hijos, para transformarse en referente del trabajo con la tierra, en alianza con la naturaleza y la sociedad.

Con esas vivencias a cuestas, Soler y Vío desarrollaron proyectos de agricultura sustentable que los llevaron a distanciarse del camino usual para su profesión: “No sé si hay mucha gente que, siendo agrónomos, hayan implementado una huerta como la de nosotros. Nuestra vida cambió, porque ahora vivimos de la tierra: somos agricultores”, dice Soler en referencia a Huerto Cuatro Estaciones, www.huertocuatroestaciones.cl/, un espacio de agricultura sustentable en la Región de Aysén. Ahí no sólo producen, también enseñan a los campesinos de la zona, reciben estudiantes en pasantías y desarrollan un plan integral para proveer a la región de alimentos.

Soler y Vío tuvieron como primer aliado en este proceso a Douglas Tompkins, desarrollando un huerto en el Parque Patagonia. “Su rol fue propiciar nuestro primer escenario, donde pudimos jugar, experimentar. No era un contexto comercial: si fallaban los cultivos, seguíamos recibiendo sueldo. Ahí desarrollamos un sentido por la belleza escénica, por el orden, una mirada que todos los agricultores de gran éxito tienen”, explica Soler sobre la participación del fallecido millonario y ecologista y profundiza: “Fue como un escenario ideal, el piloto para lo que hoy es Huerto Cuatro Estaciones, que es cuatro veces el tamaño que tenía ese cultivo”.

Actualmente hay cinco personas trabajando en el huerto, número que aumenta en otros períodos del año, de acuerdo con el trabajo que se va desarrollando. Reciben decenas de solicitudes de estudiantes interesados en aprender sus métodos. Así, Soler mantiene confianza en la solidez de su propuesta.

Ante la pregunta “¿qué futuro ve a este tipo de agricultura?” responde: “Este tipo de agricultura es el futuro. Entendiendo los impactos negativos que está causando la agricultura tradicional no sólo en Chile, sino en el mundo, estamos claros que este tipo de agricultura es el futuro. La pandemia nos permite saber la importancia de que haya gente que produzca hortalizas y alimento de forma local, sin impactar el ecosistema”.

Su mirada es similar a la que tienen Rosa Salinas y Adelaida Marca, desde distintas zonas de Chile: “Nosotros vamos a dejar mejor el suelo de como estaba cuando llegamos”, asegura Soler, mientras complementa sobre los desafíos y necesidades para seguir avanzando en estas propuestas: “Hace falta gente que esté dispuesta a invertir en un negocio que tiene sentido. Y también es necesario implementar educación financiera. En Chile, lamentablemente, muchas pymes fracasan porque fallan en planificar económicamente y en este mundo hay ignorancia en el manejo de las finanzas de un huerto”.

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