Política

Carlos Peña: “Transformar la condena de la violencia en un mero gesto neurótico que se repite una y otra vez no conduce a ninguna parte”

A siete años del estallido social, el rector de la UDP sostiene que Chile no ha logrado procesar el trauma de octubre de 2019 y que la condena de la violencia no basta para comprender lo ocurrido. El ensayista critica la ilusión revolucionaria de la izquierda, cuestiona la lectura del “estallido delictual” y advierte que las desigualdades que alimentaron el malestar siguen sin resolverse.

19/12/2023 CARLOS PEÑA, ABOGADO, RECTOR UNIVERSIDAD DIEGO PORTALES FOTO: MARIO TELLEZ / LA TERCERA MARIO TELLEZ

La imagen del edificio de Enel incendiándose fue una de las más impactantes que dejó el 18 de octubre de 2019. Esa noche, 20 estaciones de Metro ardieron bajo el fuego. Mientras el presidente Sebastián Piñera hablaba de un enemigo poderoso, en la izquierda tomaba forma la idea del “Chile despertó”. A dos días del inicio del estallido, Carlos Peña intentó una de las primeras interpretaciones de lo que ocurría en las calles: habló de una juventud defraudada en sus expectativas, beneficiada por la expansión del consumo, pero que igualmente experimentó la desigualdad y la diferencia de clases.

Semanas más tarde, Peña profundizó su análisis en el libro Pensar el malestar, donde afirmó que el estallido expresó las contradicciones de una sociedad que había experimentado una modernización acelerada. Chile había alcanzado niveles inéditos de bienestar, educación y consumo, pero ese mismo progreso había despertado expectativas que las instituciones no lograban satisfacer.

Hoy, cuando José Antonio Kast ocupa La Moneda, Peña vuelve sobre aquella paradoja. Considera que la lectura revolucionaria de octubre fue una ilusión de las élites, pero también rechaza reducir el fenómeno a una conspiración delictual.

Octubre del 19 está convertido en un trauma, en un evento que interrumpe la continuidad de la narrativa

¿Qué significado tiene hoy el estallido?

Tiene el significado de un trauma: Octubre del 19 está convertido en un trauma, en un evento que interrumpe la continuidad de la narrativa, y por eso cualquier evento de desorden o de violencia, como el que por estos días han experimentado las universidades, produce una especie de angustia, una angustia-señal, diría un psicoanalista. Pero, valga la analogía, un acontecimiento traumático que no se elabora mediante la reflexión vuelve como síntoma.

Peña agrega:

–Creo que fue uno de los fenómenos más significativos de nuestra historia reciente, porque de alguna manera mostró que la sociedad chilena se había modificado muy radicalmente y que los arreglos institucionales que habíamos hecho no estaban a la altura de los cambios que había experimentado.

El rector de la UDP detalla que “nunca la sociedad chilena había estado mejor. Nunca habíamos tenido tal masificación de la práctica educativa, tal expansión del consumo, ni las familias habían tenido en su horizonte expectativas de una vida mejor como las que existían en 2019. Y, sin embargo, nunca habíamos experimentado una mayor distancia entre las expectativas que cada uno tenía y la experiencia que vislumbraba en el futuro. Ese es el rasgo más fundamental”.

04 Diciembre 2024 Entrevista a Carlos Peña, Abogado y Rector de la Universidad Diego Portales. Foto: Andres Perez Andres Perez

Usted habló entonces de las patologías de la modernización. ¿Sigue pensando que esa es la explicación principal?

Sí. Yo escribí Pensar el malestar muy rápidamente, dos meses después de que esto ocurrió. Allí sugería que había una serie de patologías propias de la modernización que habían desatado ese fenómeno y que era un error, me parecía entonces y me sigue pareciendo, mirarlo como el fruto de una conspiración delictual, de un mero delirio ideológico o de una maquinación de la izquierda más radical.

Sin embargo, hay una interpretación que identifica la violencia como la gran protagonista del estallido. Pablo Ortúzar, por ejemplo, ha insistido en esa dimensión.

Es innegable que hubo violencia. Y una violencia que pocas veces había ocurrido, si bien había ocurrido antes en la historia de Chile. Pero reducir lo que entonces ocurrió a la violencia me parece un error. Hay que eludir el peligro –y no digo que sea el peligro en que incurre Pablo Ortúzar– de una mirada unilateral. Fue un fenómeno de masas bastante más complejo.

La otra interpretación, desde la izquierda, vio al pueblo rebelándose.

Sí. Daban ganas de releer El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, de Marx. Marx decía que, en general, este tipo de revueltas se visten de acontecimientos pasados, renacen las viejas consignas, los viejos lemas de una rebelión anterior que había quedado apagada. Algo de eso ocurrió efectivamente. Hubo una reacción emocional, sentimental, de parte de la izquierda.

La izquierda está en un período de una crisis intelectual, en mi opinión, muy severa y larga.

¿La ilusión de que el modelo iba a caer?

Es raro lo que le ocurrió a la izquierda, porque después de liderar y conducir un proceso modernizador extremadamente exitoso, abrigaba en sí misma la sensación de que, conforme avanzaba su propio éxito, estaba dejando atrás algo de sí misma. Sentía que el precio que pagaba era traicionar sus viejos ideales: el antiimperialismo, la idea de los partidos de clase, en el caso del Partido Comunista, ese tipo de cosas. Y entonces bastó que el modelo, por llamarlo así, el proceso de desarrollo tuviese un tropiezo para que esa vieja ensoñación renaciera.

Carlos Peña recuerda la marcha del millón de personas:

–Fue una ocasión para que cada persona y cada grupo manifestara demandas muy distintas, sin ninguna agenda ideológica y sin ninguna orgánica. Demandas de género, de jubilación, de igualdad, ambientalistas, de ciclistas. Era una agenda variopinta, diversa. Las élites intelectuales que apoyaban esto lo transformaron en el signo inevitable, evidente, de que la sociedad chilena quería un cambio radical y sentar las bases de un nuevo orden social. La idea de que era posible retroceder a un momento cero de la historia o de la política fue tal vez uno de los mayores delirios que entonces se padecieron.

04 Diciembre 2024 Entrevista a Carlos Peña, Abogado y Rector de la Universidad Diego Portales. Foto: Andres Perez Andres Perez

Desde entonces, ¿la izquierda ha hecho una reflexión crítica de lo que ocurrió?

La izquierda está en un período de una crisis intelectual, en mi opinión, muy severa y larga. No fue capaz de comprender el tipo de sujeto social que brotó del proceso de mayor bienestar que ella misma impulsó. Y porque no logró comprender eso incurrió en las demasías en que poco a poco fue cayendo: el abandono de esa agenda y el echar la vista atrás para dolerse de lo que la propia izquierda había hecho, avergonzarse de su propio quehacer. En una segunda fase, que coincidió con octubre de 2019, se dijo que era posible radicalizar esa sensación, volver a un momento cero de la política y refundar el orden social. Hoy la izquierda no es capaz de comprender realmente lo que ha ocurrido.

Peña añade:

–La izquierda, o, mejor aún, las izquierdas, están en crisis, y ella no se superará identificando elementos accidentales (como la falta de conexión en los “territorios” o la necesidad de coordinar las votaciones en el Congreso), sino volviendo la vista sobre una cuestión teórica e ideológica: ¿Cuál es el sujeto social que la propia izquierda contribuyó a construir al empujar el proceso modernizador? ¿De qué manera ese proceso fue emancipador para las mayorías? ¿Cuáles son sus patologías? Todas esas preguntas, mal que pese, son centrales en cualquier proyecto político y conducen a que el único camino es una agenda dentro del capitalismo, es decir, una agenda socialdemócrata. Pero la izquierda hoy prefiere detenerse en detalles.

Desafíos

El presidente Kast fue uno de quienes enarbolaron la idea del “estallido delictual”. ¿Se queda corto el gobierno si mantiene esa lectura?

Yo creo que sí. Este tipo de diagnóstico de que fue un estallido meramente delictual da a entender que lo ocurrido fue fruto de un designio, de un diseño, de un pequeño grupo que, conspirando, logró desatar aquello. Esa es una manera demasiado simplista de ver el fenómeno. Siempre los movimientos sociales son animados por pequeños grupos consistentes. Esto lo decía Hume: no hay nada más sorprendente que la facilidad con que los pocos son capaces de dominar a los muchos. Pero ese rasgo no debe hacernos olvidar que para que eso ocurra se requieren circunstancias objetivas, que en el subsuelo de la vida social haya combustible de cierta magnitud, de tal manera que una chispa haga que eso prenda y estalle.

Yo no creo que Chile sea hoy día ideológicamente de derecha, como no creí tampoco nunca que fuera ideológicamente de izquierda por el hecho de que había ganado Boric.

¿Los ecos del estallido contribuyeron a la reacción que permitió que Kast llegara al gobierno?

Yo recuerdo haber observado muy tempranamente, en los mismos días de octubre de 2019, que si no había una represión legítima por parte del Estado de la violencia que entonces se experimentaba, iba a cundir el miedo y la inseguridad y la derecha se iba a hacer del poder. Porque la derecha, desde el punto de vista de la cultura espontánea de las mayorías, tiene una relación más amistosa con la autoridad y con el control del orden, cuestión que no le ocurre a la izquierda. En una sociedad desordenada, con amplios ámbitos de anomia en la esfera de la cultura y en las calles, y con mayorías temerosas por la migración y por la inseguridad social, quien pusiera en la agenda política una oferta plausible de seguridad iba a ganar la adhesión de la ciudadanía. Pero no una adhesión ideológica. Yo no creo que Chile sea hoy día ideológicamente de derecha, como no creí tampoco nunca que fuera ideológicamente de izquierda por el hecho de que había ganado Boric.

El ministro Quiroz, para seguir con el análisis, tiene como su “ideal del yo” a Büchi o Sergio de Castro, esas son las figuras por las que se mide y a las que aspira, ser el reconstructor de las bases de la economía chilena.

¿Y cómo interpreta las prioridades del gobierno de Kast? ¿Ve sensibilidad social?

El gobierno ha hecho un diagnóstico del estado actual de la sociedad chilena que pone eso que llamamos sensibilidad social en un plano no del todo prioritario. Su diagnóstico, hasta donde uno lo entiende, es que el entorno de la toma de decisiones de los agentes económicos es tan defectuoso que, de seguir las cosas como están, la sociedad chilena no va a despegar. Entonces, el esfuerzo que está haciendo este gobierno, para leerlo en su mejor versión, es sentar las bases para que se produzca el despegue económico y productivo, aun a costa de una alta desaprobación. Yo creo que en el imaginario de este gobierno está aquel momento en que se hizo la gran reforma de la economía chilena. El ministro Quiroz, para seguir con el análisis, tiene como su “ideal del yo” a Büchi o Sergio de Castro, esas son las figuras por las que se mide y a las que aspira, ser el reconstructor de las bases de la economía chilena, el impulsor de una segunda modernización de la estructura económica.

En un sistema educativo como el chileno, severamente estratificado, que prácticamente reproduce la estructura de clases existente en la sociedad, la educación pierde este componente de promesa meritocrática.

Usted identificó una serie de patologías. ¿Se han enfrentado? ¿Podrían generar un nuevo malestar?

Siguen pendientes. Ahora, no un malestar de la índole de 2019, por supuesto que no. Todas las sociedades conviven permanentemente con un cierto malestar. Lo dijo Freud en un famoso libro, El malestar en la cultura. En el caso actual de Chile hay algunas cosas que requieren urgente corrección y me parece que una agenda política debiera estructurarse en torno a ellas. La primera es la cuestión educativa, porque la educación es finalmente la promesa que una sociedad hace a los jóvenes y a los niños de que su futuro, su propia trayectoria vital, dependerá del esfuerzo y del talento que cada uno sea capaz de desplegar. Esta es la promesa de la educación, que es por esencia una cuestión meritocrática. Pero en un sistema educativo como el chileno, severamente estratificado, que prácticamente reproduce la estructura de clases existente en la sociedad, tanto a nivel escolar como, desgraciadamente, está ocurriendo en el universitario, la educación pierde este componente de promesa meritocrática.

Usted habló también de la vejez.

El otro tema es la vejez y la enfermedad, porque son experiencias que igualan a los seres humanos. Todos vamos a envejecer, todos nos vamos a enfermar. Son las flechas del destino, decía Shakespeare, y repite Freud persistentemente. La sociedad tiene que ser capaz de compartir los riesgos de esa experiencia inevitable, y eso supone un mejor sistema de pensiones y de salud. Esos son, creo yo, los grandes desafíos de la sociedad chilena en el tiempo que viene.

¿Ve preocupación del gobierno actual por estas materias?

Hay una preocupación de este gobierno que tiene toda mi simpatía, a pesar de que es bien contraintuitiva viniendo de un rector universitario, y es la preocupación por la primera infancia. En los primeros años de existencia de las personas es cuando se establecen las conexiones neuronales, cuando se aprende bien la lengua materna, se adquieren las habilidades de lectoescritura y los hábitos con los libros y con los objetos materiales de la cultura. Todo eso tenemos que ponerlo al alcance de los niños, especialmente de los niños pobres. El empeño del gobierno por poner más recursos allí, aunque haya que restarlos marginalmente al sistema universitario, me parece una decisión correcta. Cualquier esfuerzo de imparcialidad obliga a reconocerlo.

Desgraciadamente veo que las personas que participan de la esfera pública, los columnistas, las personas que opinan, tienden a estar todavía atrapadas en el trauma.

¿Cómo deberíamos recordar el estallido social? ¿Qué reflexión tendría que hacer el país?

La manera de superar los momentos traumáticos es procesarlos mediante la palabra. Para eso se requiere reflexión y trabajo intelectual, en vez de simplemente quedarse en el trauma. Pero desgraciadamente veo que las personas que participan de la esfera pública, los columnistas, las personas que opinan, tienden a estar todavía atrapadas en el trauma. Echan la vista atrás y, sobre todo, lo que hacen es condenar lo que entonces ocurrió. Creo firmemente que hay que condenar la violencia y reprimirla legítimamente. Pero eso no nos exime de pensar el problema. ¿Qué procesos sociales subyacentes se configuraron para que eso pudiera ocurrir? ¿Cuánto de esos procesos sociales persiste todavía hoy? ¿Qué debemos hacer para resolverlos?

La condena de la violencia está muy bien, y yo mismo la formulé muy tempranamente; pero transformar la condena de la violencia en un mero gesto neurótico que se repite una y otra vez no conduce a ninguna parte.

Creo que no hay ningún motivo para indultar. No lo había para los así llamados “presos de la revuelta” y no lo hay para los agentes del orden público que, transgrediendo la ley, causaron lesiones graves a las personas.

El presidente Boric indultó a los llamados “presos de la revuelta”. ¿Qué le parece la posibilidad de indultar ahora a policías condenados por hechos ocurridos durante el estallido?

Creo que no hay ningún motivo para indultar. No lo había para los así llamados “presos de la revuelta” y no lo hay para los agentes del orden público que, transgrediendo la ley, causaron lesiones graves a las personas. Es imprescindible que el poder punitivo del Estado se ejerza particularmente sobre los agentes estatales cuando ejercen la fuerza de manera ilegítima. Porque el Estado se caracteriza por monopolizar la fuerza y los ciudadanos lo autorizamos a ejercerla. Pero la condición que ponemos, y que no puede ser nunca relativizada, es que esa fuerza tiene que ejercerse sobre la base de reglas para ser legítima. Si un agente estatal se salta las reglas, actúa ilegítimamente y daña a un ciudadano, tiene que ser castigado. En cambio, creo que los violadores de derechos humanos que están a las puertas de la muerte, desmemoriados, que ya no son un sujeto sino un cuerpo que no sabe por qué está allí, deberían poder morir en su casa.

¿Por qué hace esa diferencia?

Porque en un caso hay razones humanitarias. En el caso de los violadores de derechos humanos que están al borde de la muerte, desmemoriados, sufriendo, padeciendo, que son un cuerpo doliente, me parece un ensañamiento seguir castigándolos de esa manera. Pero eso es distinto de un agente estatal en pleno uso de sus facultades que abandonó las reglas y causó daño, y que lo hizo dolosamente. Yo no veo razones humanitarias en ese caso, como tampoco las vi cuando se indultó a los presos de la revuelta.

Pensar el malestar, de Carlos Peña (2020) Las columnas dominicales del rector de la UDP no son el contenido de este libro, aunque en ambos casos hay preguntas de base que se hermanan. Por ejemplo, si en el fenómeno de octubre hubo un rechazo a la modernización o, más bien, este fue uno de sus síntomas.
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