Por Alfredo EnrioneNobel de Economía 2026, América Latina y el valor de la credibilidad

Robert Hall llegó a Stanford en 1978 y, casi medio siglo después, sigue ahí, en la universidad donde tuve la suerte de hacer mi sabático en 2014-2015. Este lunes ganó el Nobel de Economía junto a Michael Woodford, de Columbia.
Hall es un economista raro. Preside desde 1977 el comité del NBER, que fija cuándo empieza y termina cada recesión en Estados Unidos. Es el hombre que le pone fecha a las crisis. En 1981 propuso con Alvin Rabushka el impuesto plano, en las páginas del mismo Wall Street Journal que hoy lo celebra. Y en 1978 publicó el paper que ahora premian: si a usted le anuncian hoy un aumento para marzo, empieza a gastarlo hoy. Cuando llega marzo, su consumo no se mueve. Solo las sorpresas cambian lo que gastamos.
Woodford llevó esa idea a los bancos centrales. Su libro Interest and Prices (2003) es la base teórica de las metas de inflación. Mover la tasa sirve de poco si nadie cree lo que el banco promete. Y conoce bien a Chile: ha participado al menos cuatro veces en conferencias de nuestro Banco Central, y en 2016 publicó en Santiago un libro que editó junto a Elías Albagli y Diego Saravia, economistas del propio instituto emisor local.
En simple, la credibilidad es un activo. Y se puede depreciar.
Chile lo comprobó en agosto de 2022, con una inflación de 14,1%, la más alta en treinta años. No hubo pánico. El país le creyó a un Banco Central autónomo desde 1989, y a fines de 2023, el IPC ya iba en 3,9%. Argentina, con décadas de promesas rotas, cerró ese mismo 2023 en 211%.
Por eso, cuando un político pide que el Banco Central “ayude un poquito”, conviene traducirlo: está pidiendo gastar un capital que no es suyo. Brasil le dio autonomía a su Banco Central en 2021, y Lula fue el primer presidente en toparse con ella. Pasó 2023 atacando a Roberto Campos Neto por tener la tasa en 13,75%. No pudo sacarlo. Tuvo que esperar a que terminara su mandato, en diciembre de 2024, para nombrar a Gabriel Galípolo, un hombre de su confianza. ¿Qué hizo Galípolo? Subió la tasa hasta 15%. La institución pesó más que el nombramiento.
Lo mismo vale para una empresa. La confianza en un gerente, un controlador o un directorio es coherencia acumulada. Se construye diciendo lo mismo en la sala de directorio, en la junta de accionistas y en el pasillo, y cumpliéndolo cuando sale caro. Un equipo que escucha un discurso sobre integridad y al día siguiente ve premiado al que llegó a la meta a cualquier costo no recuerda el discurso. Recuerda la decisión.
Del dicho al hecho hay mucho trecho, y Hall y Woodford explicaron por qué los mercados cobran ese trecho con intereses.
(El autor es director del Programa ESE 100 del ESE Business School de la Universidad de los Andes)
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