Coronavirus, sistema inmune y la apreciación de la ciencia

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Algunos meses atrás hubiese sido imposible de imaginar para un ciudadano común que la humanidad estaría hoy haciendo frente a una pandemia gatillada por un virus desconocido, ni mucho menos presagiar que en este corto período de tiempo, SARS-CoV-2 habría infectado a más de medio millón de personas a nivel global, ingresando a gran parte de los países del planeta y alterando de manera radical nuestra forma de vivir como individuos de una sociedad moderna.

Dada la alta tasa de trasmisión de este virus, sumado a la inexistencia de terapias disponibles, la única alternativa eficaz para contener la infección es, sin duda, el aislamiento social estricto y el confinamiento prolongado. Sin embargo, urge la creación de un tratamiento sostenible para una pandemia de esta naturaleza, la cual involucrará inevitablemente la generación de conocimiento científico sólido acerca del funcionamiento del sistema inmune humano frente al SARS-CoV-2 y su entorno.

Como testigos de una enfermedad emergente, el foco se ha volcado a la investigación científica con los objetivos de generar terapias, ya sea para prevenir la infección, así como para diseñar tratamientos para casos más severos. En ambas condiciones, el éxito de muchos de estos prototipos radicará en su capacidad de entrenar a nuestro sistema inmune para hacerlo eficiente en la eliminación de este nuevo coronavirus.

Estos esfuerzos se centran en educar, a través de una vacuna a las células inmunológicas capaces de destruir al virus, ya sea de manera directa o también indirecta, mediante la producción de anticuerpos neutralizantes. La generación de una vacuna contra SARS-CoV-2 es parte de un esfuerzo a nivel mundial y se espera que sea posible contar con una alternativa concreta dentro de 12-18 meses, esto sin contar las etapas de validación mundial y escalamiento global. Una vacuna así permitiría lograr la tan anhelada “inmunidad de grupo” o “de rebaño”, que consiste en proteger indirectamente a la población de riesgo a través de la estimulación de una respuesta inmune efectiva –inducida por la vacunación- de un alto porcentaje de miembros de la comunidad, evitando de este modo el contagio de persona a persona.

Existen también estrategias inmunológicas adicionales que están apareciendo, tales como la obtención de sueros hiperinmunes de pacientes recuperados de esta infección para ser transferidos a personas aún con carga viral, con el fin de disminuirla. En este sentido, es indispensable disponer de los medios y estudios necesarios que garanticen la seguridad de un proceso de este tipo para lograr su implementación a nivel internacional.

Por otra parte, también se están diseñando terapias basadas en la administración de mediadores inmunológicos –como citoquinas o interferones- ya sea para promover un estado antiviral o para lograr controlar la reacción exacerbada de nuestro sistema inmune, la cual termina contribuyendo a la pérdida de capacidad pulmonar observada en etapas tardías de la infección.

La aplicabilidad y éxito de todas estas estrategias dependen de la obtención de conocimiento científico sólido en la respuesta inmune contra coronavirus. Al día de hoy, existen muchas interrogantes que como comunidad científica debemos intentar responder a la brevedad: ¿Qué tipo de respuesta inmunológica se genera contra este patógeno? ¿Cuánto dura esta respuesta inmune? ¿Cuál es la inmunopatología que termina provocando los síntomas finales de la enfermedad? Y no menos importante: ¿Por qué SARS-CoV-2 ataca de preferencia a adultos mayores o con preexistencias y no a niños?

El conocimiento de la respuesta inmune frente a esta infección está aún en sus inicios y será indispensable comprender cómo nuestro organismo reacciona frente a este virus. Resolver esta gran pregunta involucra un esfuerzo a nivel de sociedad, ya que para lograr respuestas relevantes, será necesario estudiar tanto a las personas infectadas como a las resistentes. La generación de este conocimiento fundamental debe adquirir la relevancia que le corresponde, a través de un plan sostenible y a largo plazo por parte de las naciones y no como iniciativas temporales implementadas como parte de la emergencia, que se desvanecen tan pronto como pasa la tormenta.

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