Escolares felices por las vacaciones, pero ¿quién considera a los profesores exhaustos y estresados?

De su cansancio no se habla. Ni que terminan el año agotados emocionalmente por las demandas pedagógicas. Tensionados por trabajar con alumnos todos los días. Con frustración y estrés por las exigencias administrativas. Estudio en Chile revela preocupante nivel de agotamiento, tanto físico como mental.


Al fin se acabaron las clases. Las vacaciones ya llegaron para niños y niñas. Pero para los profesores aún queda. Antes de salir deben realizar actas, planificaciones, reuniones de coordinación, entrevistas de fin de año, cursos de capacitación, etc. Y pese a tener más vacaciones que el promedio de otros trabajadores, las condiciones estresantes de su labor, que no siempre son tomadas en cuenta, no es algo que se “pase” o “mejore” solo con descansar.

El testimonio de una profesora de enseñanza básica, con 15 años de labor académica, lo ratifica. Prefiere no dar su nombre ni nombrar el colegio. Es un tema complejo, dice. Reconoce que es demasiada la presión. Deben cumplir con requisitos académicos, pero nunca la programación es cómo se establece en las planificaciones. Por algún u otro motivo hay retrasos. A ello se suma la revisión de pruebas, trabajos y elaboración del material didáctico. Por otra parte, cuenta, no siempre es fácil la relación con los apoderados.

En ese escenario, días previos al Simce de este año, se sintió muy mal. Los colegios por un lado aseguran que no importa el resultado, “pero sí les importa”, dice. En plena clase empezó a ver borroso. “Sentí las piernas débiles, que me iba a desvanecer, pero no estaba mareada, no estaba ahogada, y eso me duró mucho rato”.

Sus alumnos no se percataron, estaban viendo un video. No sabía qué le pasaba. Al terminar la clase una colega le dijo que quizás era la presión, pero sus niveles eran normales. Luego fue al doctor y después de exámenes para descartar, entre otras cosas, un síndrome vertiginoso,  todo salió normal. Finalmente en consulta con un psiquiatra le diagnosticaron síndrome de Burnout. Tuvo licencia, tiempo en que vivió una crisis de ansiedad. Hoy, asegura, cuenta los días para salir de vacaciones.

El estrés en los docentes no es una situación tan simple, indica una investigación publicada este año, “Mediciones de Estrés Laboral en Docentes de un Colegio Público Regional Chileno”. Los profesores están expuestos al síndrome de Burnout, respuesta del organismo a situaciones prolongada de estrés, con manifestaciones como un gran agotamiento emocional, síntoma que en el estudio mostró una incidencia importante de 55,1% de los educadores y directivos encuestados. En tanto, problemas como despersonalización y de falta de realización personal en el trabajo, pese a que se detectaron en niveles bajos (16,5%) y bajo-medio (22,5%) respectivamente, también están presentes.

El trabajo analizó la existencia del síndrome en docentes de un colegio público de enseñanza técnico profesional de la ciudad de Coquimbo. Los resultados arrojaron que el nivel global de Burnout fue en promedio medio o bajo. Es decir en niveles aceptables, indica Sergio Zúñiga-Jara, profesor titular de la U. Católica del Norte, autor de la investigación, junto con Víctor Pizarro-León, docente de la misma casa de estudios.

Sin embargo, la evidencia de un alto nivel de agotamiento emocional, uno de los tres componentes de este síndrome, es preocupante. “El agotamiento emocional (EE, Emotional Exhaustion) fue medido a través de nueve preguntas que valoran si el profesor está exhausto emocionalmente por las demandas de trabajo, si el trabajar con alumnos todos los días es una tensión, mide los altos niveles de frustración en el trabajo, y el estrés alto por el contacto directo con los alumnos”, explica Zúñiga-Jara.

Efectos más allá de lo laboral

El estrés es una respuesta emocional, fisiológica y conductual. Es mucho más que sentirse cansado. Tampoco es algo que se “quite” con dormir. Y en el caso del Burnout, lo más complejo es que es un proceso continuo, que se inicia cuando las demandas laborales exceden los recursos de las personas.

En respuesta al exceso de demandas, se vive un sobre-esfuerzo que desencadena en fatiga y ansiedad. Luego la situación se hace insoportable. En este punto pueden no saber muy bien qué les ocurre, ni siquiera comunicarlo a otros. Pero el cuerpo sí, y lo manifiesta con dolores de cabeza, problemas de sueño, alteraciones gastrointestinales, pérdida de peso, dolores musculares (espada y cuello), asma, hipertensión arterial, y en las mujeres llega incluso a la pérdida de la menstruación.

Una vez presente influye en los profesores y en su resultado pedagógico. Las consecuencia es pérdida de motivación, que progresa a sentimientos de inadecuación y fracaso, sostiene Zúñiga-Jara. Se deterioran además la salud y las relaciones interpersonales, dentro y fuera del colegio.

Todo ello ocurre porque su trabajo implica un compromiso emocional, físico e intelectual muy alto. Su labor consiste, dice Julia Marfán, directora de la carrera Pedagogía en Educación General Básica de la U. Diego Portales, no solo en acompañar y asegurar los procesos de aprendizaje de las y los niños de su curso, sino también es contener, mediar con aspectos conductuales, afectivos de sus alumnos y familias.

“Es una profesión que se basa en la relación permanente con otros que están a su cargo. Esto ocurre especialmente en el caso de las y los docentes de enseñanza básica, y frente a los cuales se colocan grandes expectativas“, dice Marfán.

Los más vulnerables son los docentes de los establecimientos educacionales del sector público. Ellos se enfrentan, dice Zúñiga-Jara, a un excesivo número de estudiantes en aula, indisciplina, falta de interés por aprender y materiales de trabajo inadecuados.

Cuentan con cerca de dos meses de vacaciones, pensar en que no se recuperarán durante sus vacaciones, a ojos de otros es algo improbable. Pero del agotamiento no es fácil recuperarse. Es tanto físico como mental y puede explicarse en gran parte “por el esfuerzo que implica para los educadores realizar su labor, lo que incluye no solo impartir clases, sino también otras actividades como la planificación y gestión administrativa”, advierte Zúñiga-Jara.

Si a eso se agrega la gestión directiva, que muchas veces está presionada desde el sostenedor cuyo norte es asegurar “resultados”, agrega Marfán, termina reduciéndose su trabajo solo al rendimiento académico o a la gestión orientada a lo administrativo y la eficiencia. Un ritmo que no considera las necesidades profesionales que requieren las y los profesores.

Además, un importante número de los educadores encuestados en el estudio, destaca Zúñiga-Jara, trabajan en más de un establecimiento con el objetivo de incrementar sus ingresos económicos. “Nuestro estudio observó que este problema afectaría a todos los grupos etarios de profesores de manera relativamente uniforme”.

Por último, las horas que pasan “frente al aula”, requiere un tiempo suficiente “fuera del aula”. Para poder trabajar no solo en la planificación de su gestión de aula, sino también para generar espacios de Consejos Pedagógicos, “donde se trabajen estas temáticas, se hable de las emociones de los profesores, se tomen acuerdos para el autocuidado y el mutuo cuidado entre todos los miembros de la comunidad profesional que pertenece al establecimiento”, sostiene Marfán.

¿Qué dice el Mineduc?

Las consecuencias del Burnout podría significar una menor capacidad para generar procesos de aprendizaje profundos en el alumnado, y en el caso de directivos, sostiene Zúñiga-Jara, podría afectar su habilidad de gestionar eficientemente los recursos del establecimiento. “Todo esto puede traer como consecuencia bajos puntajes en el Sistema de Medición de la Calidad de la Educación (Simce) y la Prueba de Selección Universitaria (PSU), afectando el prestigio de la institución, generando una baja en el número de matrículas”.

Es necesario recalcar, agrega Marfán, que es una enfermedad que no se inventa: la evidencia de cómo y qué la produce es cada vez más clara. Si Chile ha declarado una opción por mejorar la educación y, con ello, hacer un esfuerzo por revalorizar la profesión docente, cabe preguntarse, agrega: “¿son suficientes las acciones que se están llevando a cabo?, ¿estamos dando respuestas efectivas para que las y los docentes puedan desempeñar su labor en ambientes, condiciones y con las herramientas necesarias para hacerse cargo de lo que la sociedad demanda?”.

Desde el Ministerio de Educación (Mineduc) dicen que trabajan en el plan Todos al Aula. Buscan generar condiciones para que, tanto profesores, profesoras como directores y sostenedores, puedan dedicar más tiempo al trabajo al interior de la sala de clases y menos a las exigencias administrativas de planificación y gestión.

Para ello, en septiembre se realizó una jornada con más de 150 mesas de diálogo y en las que participaron cerca de 1.400 asistentes en todo el país.  Además en noviembre la comisión que lo compone entregó 46 propuestas al Presidente Sebastián Piñera, “las que buscan simplificar los instrumentos de gestión exigidos a los colegios, dar mayor autonomía y mejorar la entrega y solicitud de información entre escuelas y Ministerio entre otros objetivos”, indica Mineduc.

Por otra parte, en marzo de 2017 la ley de Sistema de Desarrollo Docente incrementó en 30% el tiempo de horas no lectivas (tiempo fuera del aula). En marzo de 2019, aumentarán a 35% de las horas de contrato para todos los docentes del sistema municipal y particular subvencionado. Y los establecimientos con 80% de alumnos prioritarios o más, deberán incrementar a 40% el tiempo no lectivo de los docentes de primer ciclo básico. “Cabe destacar que el Centro de Perfeccionamiento, Experimentación e Investigaciones Pedagógicas del Mineduc, está elaborando orientaciones pedagógicas para los establecimientos, con el objetivo de que estas horas no lectivas sean usadas para el desarrollo profesional de los docentes”.

En Chile los estudios sobre estrés en profesores son escasos. Es importante tener más antecedentes, subraya Zúñiga-Jara, porque ello afecta no solamente su relación con los estudiantes, sino también los niveles de aprendizaje final. “El nivel de estrés de los profesores, especialmente en colegios municipales y en colegios vulnerables, debería ser monitoreado regularmente”.  Sin diagnóstico no se pueden establecer medidas de apoyo a los profesores que están en situaciones límites.

 



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