Columna de Ascanio Cavallo: "Faros y apagones"

Presidentes de América del sur firman acuerdo del Prosur

Firma del acuerdo para la creación de Prosur, en marzo de este año.



Argentina ha entrado en el vértigo electoral. O sea, no tiene otro tema. El 12 de junio toca el tercer hito de la carrera con obstáculos que son las presidenciales: la inscripción de las alianzas, donde ya se puede divisar la configuración que llevará cada candidato para el torneo de octubre. De todos modos, la política argentina está reducida a dos polos, el presidente Macri y la expresidenta Cristina Fernández. Faros muy opacos: el gobierno de Macri no ha logrado sacar al país del pantano económico y su carismática opositora es en buena medida responsable del pantano, además de cargar con un rosario de denuncias por corrupción.

Lo que Cristina Fernández representa de izquierda no es muy diferente del ala populista del peronismo (contraria, por ejemplo, al ala neoliberal de Menem), que ya ha gobernado varias veces. En estas elecciones, pasarán de 70 los años en que Argentina gira en torno al peronismo, un objeto político inexportable.

La expresidenta, consciente de sus niveles de rechazo y los procesos judiciales que se vienen, cedió su lugar en la dupla presidencial a Alberto Fernández, un hombre que venía de la derecha hasta que se convirtió en jefe de gabinete de Néstor Kirchner, a lo que renunció en el gobierno de Cristina Fernández. Ella será la candidata a vicepresidenta, aunque es imposible imaginar que se resignaría a ese cargo decorativo en caso de triunfar. Las encuestas, sin embargo, la favorecen por encima de la reelección de Macri.

En Perú, el gobierno de Martín Vizcarra no ha logrado superar su carácter provisional, por no decir accidental, y enfrenta la feroz oposición del fujimorismo, el aprismo y el etnocacerismo. Vizcarra, que llegó a su cargo por la renuncia de PPK, es un hombre de suerte, pero enfrenta a un sistema político invadido por la corrupción, con más de 2.000 autoridades bajo investigación, y a una economía que, pese a la vigorosa inversión pública y minera, no convence al gran movimiento sindical, ya levantado en pie de guerra.

Ecuador, donde Lenin Moreno gobierna borrando con el codo todo lo que hizo con la mano su principal promotor, el expresidente Rafael Correa, tampoco sale de sus problemas. Para este año se estima un crecimiento igual a cero.

La noticia más esperada de Brasil es el rompimiento entre el presidente Jair Bolsonaro y su ministro Paulo Guedes, que asumió como titular en un ministerio que absorbió a cuatro anteriores. De ocurrir, esta ruptura dejaría al gobierno sin su matiz liberal, con toda su panoplia de grupos populistas y de derecha ultraconservadora. Bolsonaro podría pasar a ser lo que sus adversarios han temido que fuese.

El gobierno de Iván Duque en Colombia, un novato que consiguió el 54% en segunda vuelta, se ha enredado en la idea de revisar los acuerdos de paz firmados con las FARC, compromisos que rechaza la derecha dura del ex presidente Alvaro Uribe y una parte no insignificante de los colombianos. La presencia de las FARC en el Congreso, con asientos asegurados, puede haber acomodado al sistema político, pero hoy es casi una garantía de que la izquierda no accederá al gobierno por mucho tiempo. Muchos colombianos preferirían que las FARC aceptaran de una vez que –como la ETA- simplemente se rindieron. En tanto, la economía se estanca, el desempleo pasa los dos dígitos y la devaluación azota los bolsillos.

En este estado de cosas, la Alianza del Pacífico, que fue la estrella de la década, luce exánime, sin vigor, incapaz incluso de prestar su apoyo –aunque fuese verbal- a uno de sus cuatro socios, México, ante la feroz agresión de Trump con el alza unilateral de aranceles contra sus productos. La gran defensora del libre comercio se quedó afónica. El Mercosur está momificado; Unasur, muerta; y la recién creada Prosur empieza a parecer sólo una unidad de países en cuidados intensivos.

Con la excepción de Chile –cuyas dificultades de gobernabilidad semejan jugarretas ante las del vecindario-, este panorama debería representar una amenaza para la derecha liberal hemisférica, que por primera vez en un siglo llegó al gobierno en todos los países mayores. Pero ahí está Venezuela, el hoyo negro que absorbe y anula toda energía contraria, toda utopía con tinte de izquierda. Maduro es el viejo del saco de las competencias electorales en Sudamérica: su alegre desprecio por las urnas resulta una invitación para no votar por nada que se le parezca.

De no ser por Maduro, la derecha regional tendría que enfrentarse a lo que tal vez sea su problema de fondo: su tendencia a fracasar precisamente cuando triunfa, como ha dicho Patrick J. Deneen, en un paso por Chile para presentar su libro ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? (Rialp). La tesis central de Deneen es que cuando tiene éxito, el liberalismo "genera patologías endémicas" cuyo efecto es "una cadena de apagones sistémicos en la política electoral, el gobierno y la economía".

Esta descripción calzaría con lo que ocurre en algunos países de Sudamérica. Pero no exactamente con el presidente Piñera, que apuesta a la heterodoxia no sólo para salvar sus proyectos, sino también porque percibe los elementos de racionalidad imperfecta que se imponen en la sociedad chilena. Una constatación de que la razón, tan cara al corazón liberal, no es el único motor de las naciones, ni siquiera el principal. Puede ser triste y deslucido, pero no descaminado.

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