Columna de Óscar Contardo: La gran fatiga

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El retorno de Michelle Bachelet no fue el de una política, sino el de una salvadora con un tenue tono mesiánico. El desplome que tuvo su popularidad es una combinación de esas expectativas y la realidad con la que tuvo que lidiar. Durante su segundo mandato, los chilenos vimos cómo se derrumbaba ese cuento de hadas que nos aseguraba que en nuestro país la corrupción era un problema irrelevante.



Hoy, la derecha vuelve al gobierno. Las razones del retorno son variadas y la mayoría de ellas no deben buscarse en las virtudes de una plataforma presidencial que se preocupó de agitar su talismán de siempre -el crecimiento, el orden, la seguridad- para atraer a sus votantes fieles. Sebastián Piñera sólo ofreció lo que su sector sabe hacer: habrá más empleo y más dinero. No hubo más épica que esa certeza, totalmente coherente con el personaje que la invocaba y la coalición que lo rodeaba. Esa promesa fue aceptada por un amplio margen de quienes estuvieron dispuestos a ir a votar en cuanto el candidato aseguró que mantendría la gratuidad universitaria, una política que básicamente consiste en una bolsa de dinero público, que en su mayor proporción va a parar a instituciones privadas.

Todos los avances sociales, los índices en los gráficos que los expertos analizarán en el futuro, la prosperidad traducida en puntos porcentuales de bienestar que eventualmente pueda haber logrado el gobierno de Bachelet quedaron sepultados por cuatro años de un gobierno que la gran mayoría percibió como un período de fatiga extendida. Un agotamiento azuzado por los adversarios, pero originado a escala industrial por una izquierda -la que formó la Nueva Mayoría- sin más identidad ni perspectiva que conservar jirones de poder. Una especie de progresismo amodorrado en su pereza discursiva con la profundidad de una cuña de prensa: hablaron de retroexcavadoras, de apoderados arribistas, de patines, de canchas más o menos parejas. Parlotearon en la lengua de la competencia de patota de varones adolescentes, pensando en sus contrincantes políticos y no en la audiencia que los estaba escuchando. ¿Cómo conciliaban mensajes que apelaban insistentemente al individualismo competitivo con propuestas políticas que aludían al bienestar colectivo? ¿A dónde iban? No se sabía muy bien. Algunos confesaron, después de dos años en el gobierno, que ni siquiera habían leído el programa.

Los cuatro años del segundo gobierno de Michelle Bachelet son parte de un período de descalabro de la izquierda que ni siquiera la Presidenta -que llegó con la popularidad de una celebridad de rango mundial- podría haber evitado. Se subió a comandar un buque desgastado, una nave corroída, con una tripulación acostumbrada a manejarse en coordenadas dibujadas durante los entusiasmos noventeros, la década en que la generación de recambio del progresismo concertacionista se resignó a llevar maletines y desactivar conflictos con las organizaciones sociales, formando parcelas de poder a la sombra de sus mayores. Los músculos se transformaron en grasa y la autocrítica, en noches de copas de vocación abajista. Nadie entre ellos elevaba banderas nuevas, nadie escuchaba la voz de los postergados que comenzaban a sacarla, nadie supo auscultar las nuevas demandas ni los nuevos descontentos. Abandonaron las comunas populosas que ahora votan derecha. Los veteranos, en lugar de comprender el descontento encarnado en el Frente Amplio, se encumbraron en el podio que mantenían guardado, regañando a los recién llegados a la política, reprendiéndolos como se hace con los nietos mal comportados; cuidándose más de mantener su lugar en la historia que de darle a ese pasado un futuro.

El retorno de Michelle Bachelet no fue el de una política, sino el de una salvadora con un tenue tono mesiánico. El desplome que tuvo su popularidad es una combinación de esas expectativas y la realidad con la que tuvo que lidiar. Durante su segundo mandato, los chilenos vimos cómo se derrumbaba ese cuento de hadas que nos aseguraba que en nuestro país la corrupción era un problema irrelevante. La prensa hizo un trabajo de artesano, siguiendo hebras que llevaban a tramas intrincadas que permitían que el dinero de empresarios poderosos llegara a campañas políticas, asegurándose una legislación amable a sus intereses. Primero fue el caso Penta, que golpeó directamente a la UDI; luego Soquimich, que los salpicó a todos, dejando a la izquierda en el gobierno masticando perpleja la saliva del silencio. Aparecieron los fiscales, las boletas, las redes, los correos electrónicos, el entusiasmo por la justicia. Todo parece estar terminando en un festival de salidas alternativas, lo que en otros sitios se llama impunidad.

La corrupción estaba aquí, siempre estuvo, sólo que resguardada bajo otros nombres y una cultura que mantenía a la ética en el cajón del velador, junto a la billetera y la agenda de contactos. El progresismo fue cómplice de esa forma de vida. ¿Cómo podía construir desde ahí una estrategia para superar el derrumbe de la confianza en las instituciones? La cuenta de crédito que les concedía el hecho de haber recuperado la democracia ya no era suficiente. Los héroes que enfrentaron a la dictadura ahora aparecían demasiado satisfechos con sus privilegios parlamentarios, decidiendo los destinos del Estado entre los muros de una cocina. El pequeño comité sesionando en sobremesa: una imagen demasiado parecida a Los Sopranos como para pasar inadvertida.

El escándalo desatado por el caso Caval fue la constatación para la opinión publica de que en las cumbres del poder todos hablan un mismo idioma, que se reparten con alegría una torta secreta en una fiesta privada. Unos ponen el dinero, otros los contactos. Por mucho que la gran mayoría de los involucrados estén vinculados a la UDI, lo que perdurará es la imagen de los cercanos a la Presidenta especulando como se supone no deberían haberlo hecho. El punto final lo ha puesto el desplome de Carabineros, hasta hace unos años la institución que mayor confianza convocaba entre los chilenos y que en menos de un año acabó involucrada en un millonario desfalco y un montaje gravísimo del que ninguna autoridad se ha hecho responsable. Nadie da la cara, como siempre, como ya estamos acostumbrados.

El segundo gobierno de Michelle Bachelet tuvo algo de sacrificial. Ella asumió una tarea que nadie más podría haber asumido en ese momento, con una maleta de promesas que pocos en su entorno parecían dispuestos a cumplir. Hoy le entrega por segunda vez el gobierno a la derecha. Nada indica que esa izquierda progresista, heredera del triunfo del 5 de octubre de 1988, esté haciendo algo más que mirarse las heridas y culpar de una derrota propia a los adversarios, al Frente Amplio o, peor que eso, a los chilenos que dejaron de confiar en ellos.

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